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Muchos pensarán que soy un excéntrico, pero en realidad  soy  uno de esos hombres tan corrientes, que viven solo por y para su negocio. Desde pequeño, mi padre me inculcó el amor al trabajo y me fue introduciendo poco a poco en las artes comerciales. Cuando él falleció, a muy temprana edad, di por finalizado mi   periodo de aprendizaje y tomé las riendas del negocio familiar. A pesar de que yo entonces era muy joven, me vi en la tesitura de levantarlo, pues a mi padre en los últimos tiempos no le había ido muy bien, debido a su mala adaptación a las nuevas tecnologías. Sin embargo, constituía nuestro único medio de subsistencia y no me quedó más remedio que hacer de la necesidad virtud y tratar de reflotarlo a toda costa. Mis desvelos dieron su fruto y al poco tiempo de hacerme cargo, comenzaron a disminuir las pérdidas. Al cabo de unos pocos años el balance ya era positivo y en algunos más nuestra expansión fue espectacular. Claro, que todo eso tenía el precio de mi dedicación exclusiva, aunque yo lo pagaba gustoso, con tal de ver a mi familia, especialmente a mi madre, viviendo con una comodidad y desahogo que, por desgracia, en tiempos de mi padre nunca habíamos conocido.

El tiempo transcurría deprisa, y casi sin darme cuenta, me encontré cumpliendo treinta y tantos con mi madre ya bastante mayor, pidiéndome a gritos que formara mi propia familia y le diera nietos. Yo nunca había tenido tiempo para enamorarme pero, dispuesto a cumplir sus deseos, comencé a buscar la candidata ideal para el puesto de forma parecida a como hacía con mis secretarias. Reconozco que el método no fue el más idóneo, pero imbuido como estaba por la ética y la estética del trabajo, no se me ocurrió otro mejor. Aunque para mi descargo tengo que decir que la elección parecía, de entrada, bastante acertada. Si bien es cierto que nunca vivimos un amor apasionado fue una buena esposa y madre, al menos mientras permaneció junto a mí, y fue capaz de aguantar mis ausencias y mi taciturno humor durante muchos años. No obstante, tampoco yo fui un mal hombre, pues mientras estuvieron conmigo, y aún después, tanto ella como nuestros hijos tuvieron todo cuanto necesitaron. Por desgracia, al final ella se cansó de mí, de no poder contar conmigo en los momentos críticos, tan dedicado como estaba a mi negocio. Aguantó el tipo hasta que se enamoró de un hombre que ganaba mucho menos dinero que yo, pero que por el contrario, le dedicaba todo su tiempo. Se fue con él y se llevó a mis hijos, que en adelante y a pesar de que yo pagaba todas las facturas de sus caprichos por extraños y estrafalarios que fueran, no quisieron saber nada de mí.

Por todos esos motivos estuve volcado, más si cabe, en mi negocio. La oficina constituyó mi único y verdadero hogar y los empleados mi familia. Puesto que yo tenía colmadas todas mis aspiraciones económicas me dediqué a las suyas e hice mías todas sus reivindicaciones. Mis empleados eran los mejor pagados de todo el país, los que más vacaciones disfrutaban, los que trabajaban en mejores condiciones… Pero esto también ha pasado a la historia. Sin saber el porqué, el negocio comenzó a ir mal. Me vi obligado a vender propiedades y aun así mis deudas fueron aumentando de manera inexorable hasta que al fin me veo en la ruina. Ahora que ha llegado la hora de la verdad, hasta mi perro me ha abandonado. Esta tarde, en la reunión del consejo, he sido destituido de mi cargo. Yo, que durante todos estos años he sido el  alma mater de la empresa, me veo en la calle. Ya no me queda nada pues como acabo de relatar  mi familia hace años que me abandonó, la mayor parte de mi fortuna la perdí tratando de salvar el negocio, que ya no es mío, y amigos, lo que se dice amigos, nunca los he tenido: no se puede ser un hombre de negocios y tenerlos al mismo tiempo. Al único que podía considerar como tal es a Federico, pero él también me ha desamparado. Lo acaban de nombrar presidente. A él, que ni siquiera es de la familia. Y, ahora que tiene poder, me da la espalda. Y pensar que yo le apoyé cuando era un don nadie… Me ha ofrecido empleo como simple oficinista:

―No te preocupes, puedes comenzar mañana mismo ―me ha dicho el muy hipócrita.

No me lo puedo ni creer, toda una vida dedicada al trabajo, solucionando problemas ajenos y ahora, que soy yo el necesitado, todos me olvidan. Pero no estoy preocupado, sé que fracasarán sin mí. Soy el único que entiende de este negocio y no conseguirán reflotarlo porque mis contactos son necesarios y no se los voy a proporcionar. Si es necesario morirán conmigo. Estoy harto de todos, de velar por ellos y no recibir nada a cambio. Me he cansado de luchar, de vivir de esta manera. Nunca he disfrutado de lo que la vida me ofrecía, he estado siempre en función de las necesidades de los demás, pero ya es hora de que todo cambie.

Mi primera reacción, después de todas estas adversidades, ha sido pensar en el suicidio. Hubiera resultado tan fácil… Habría podido saltar por la ventana de la oficina ―nada menos que un piso veintiséis― y todo habría terminado ya. Pero por primera vez en mi vida he sido un cobarde y no me he atrevido. Luego he cambiado de parecer, no iba a dejarme amilanar por tan poca cosa. Además, no podía dejar que se salieran con la suya.

Por suerte, soy aún no soy viejo del todo. Hace unos años, en secreto, aparté algo de dinero por si venían tiempos difíciles y lo evadí a las Islas Caimán. No voy a precisar la cantidad, pero sin duda, bastará para cubrir mis gastos mientras viva. De manera que me iré al extranjero y empezaré una nueva vida. Lo que dejo atrás ya no me importa nada. No estoy dispuesto a trabajar para mantener a nadie que no sea a mí mismo. Me darán por desaparecido y mi familia, que tanto me ha explotado, dejará de recibir dinero de la empresa, que, por otra parte, ya no me pertenece. Les estará bien empleado. Tendrán que trabajar  para vivir. En cuanto al negocio, estoy seguro de que sin mí no podrá prosperar, desaparecerá y todos esos empleados a los que yo cuidaba como a la niña de mis ojos, tendrán que buscarse la vida en otra parte.  Ni qué decir de Federico… Dentro de poco será, presidente, sí, pero  de nada. Me da risa sólo de pensarlo. Y yo, yo por primera vez, viviré a cuerpo de rey. Nunca es tarde para disfrutar de la vida… Será mi venganza, la venganza de un hombre corriente. Ha llegado la hora de la verdad.

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitariotengo dos libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños", un libro de realtos "Y amanecerá otro día" y una novela "La luna en agosto". Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

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