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Aprendí a leer tan temprano que ni siquiera soy capaz de recordarlo. De manera vaga me veo a mí misma con cuatro o cinco años, o quizás menos,  preguntando a mis padres cosas cómo en qué siglo estábamos o el significado de cualquier palabra «difícil» para mí. Tal vez en aquellas ocasiones me limitaba a alguna obrita infantil, apropiada para una niña de tan tierna edad. Sin embargo, con el tiempo mi avidez por la lectura  fue llegando a tal extremo que solía coger ―la mayoría de las veces sin permiso― los libros de la nutrida biblioteca de mis padres. Aquella costumbre se fue intensificando conforme me iba haciendo mayor y necesitaba ampliar mis horizontes, porque ya comenzaban a aburrirme aquellas lecturas «apropiadas para mi edad». Desde luego, yo alimentaba cuanto podía esa afición por la palabra escrita que tantas alegrías me ha proporcionado y me sigue proporcionando todavía en la actualidad. Sin duda, el hecho de que fuese algo «prohibido» fomentaba cierta vena transgresora que siempre tuve bajo la apariencia de una niña tranquila.

De aquella época recuerdo algunos títulos gloriosos como David CopperfieldLos miserables, Anna Karenina o Crimen y castigo. Parecía que cuantas más páginas tuviera el volumen en cuestión, más atracción ejercía sobre mí. También más o menos por entonces ―no recuerdo si antes o después― leí Los cipreses creen en Dios de José María Gironella, que me aportó una visión de la España anterior a la Guerra Civil  algo pacata, que luego quedó complementada, desde un punto de vista mucho más radical, por la trilogía La lucha por la vida, de Pío Baroja con sus tres partes: La busca, Mala hierba y Aurora  Roja. La verdad es que me sentí mucho más cercana al relato de Baroja que al de Gironella. Lo que más me impactó de Baroja fue  aquel estilo suyo, tan seco y escueto, desprovisto del más mínimo artificio. También su extremo realismo.  Todo lo que narraba contenía una gran dosis de fealdad: personajes poco agraciados; bastante ruines en ocasiones; existencias miserable en lugares decrépitos; sentimientos nada idealizados… Y pese a ello, conseguía encontrar cierta belleza dentro de toda aquella degradación. Yo creo que esa parte positiva emanaba de la propia humanidad del escritor que me llegaba a través de los personajes por él creados.

Pero, de entre todas aquellas lecturas semiclandestinas hubo una que me cautivó desde el principio por encima de todas las demás y a la que recurría de manera reiterada. Es lo bueno que tiene la poesía cuando te gusta de verdad, que no cansa nunca. Se trataba del Romancero gitano, de Federico García Lorca.  No fue mi primer contacto con el género lírico porque en mis libros de texto había una amplia selección poemas. Todavía recuerdo cómo, cuando más o menos tenía unos 10 años, me sabía de corrido La canción del pirata, que me encantaba recitar a todas horas y cuyo estribillo me parecía todo un himno de rebeldía:

Que es mi barco mi tesoro,

que  es mi Dios  la libertad;

mi ley, la fuerza y el viento;

mi única patria la mar.

Las rimas de Bécquer, con su trasnochado romanticismo, también se encontraban entre mis favoritas y llegué a aprenderme algunas de las más tremebundas, que eran las que más excitaban mi fantasía y trasladaban mi mente soñadora hacia escenarios  repletos de amores imposibles o desgraciados, exaltando mi lado más romántico.

«Tú eras el océano y yo la enhiesta

 roca que firme aguardaba su vaivén:

¡tenías que romperte o que arrancarme!

¡No pudo ser!

Tampoco me puedo olvidar de Rosalía de Castro, tan sentida y que yo prefería leer en gallego, aunque no supiera hablarlo y la edición fuese bilingüe. No sé muy bien por qué, pero tenía la impresión de que en aquella lengua hermana sus versos sonaban con mayor musicalidad. Lo mismo me ocurría con algunos poemas en catalán, aunque este idioma me resultara mucho más familiar que el gallego. Los encontraba también, aunque tan escasos que los hubiera podido contar con los dedos de una mano, en mis libros de literatura. Recuerdo en particular La vaca cega, de Joan Margall, porque sentía mucha lástima por ella cada vez que lo leía y me hacía llorar.

Sin embargo, el efecto que causó en mí el Romancero gitano fue algo más profundo. La viva imaginación del poeta hizo que la mía se desatara. Toda su  simbología ―aunque entonces yo todavía no supiera que se denominaba así―  me llenaba de fascinación. ¿Cómo se le podría haber ocurrido a nadie que no fuera él vestir a la luna con un polisón de nardos? Por no hablar de sus senos de duro estaño… A día de hoy todavía me parece que nadie ha sabido jugar a las metáforas mejor que Federico y la prueba de ello es que siguen de plena actualidad. ¿Quién no ha pensado en este Romance de la luna, luna al escuchar el gran éxito de Mecano, Hijo de la luna. Para mí, la conexión es inmediata.

Por el contrario, había otros versos del Romancero gitano que conectaban con mis instintos más primarios. En aquel momento fronterizo entre la infancia y la juventud, con mis hormonas comenzando a despuntar, me producían una sensación turbadora difícil de explicar, aunque todavía no fuera capaz de comprender sus claras connotaciones sexuales. Es el caso de Preciosa y el aire:

Niña, deja que levante

tu vestido para verte.

Abre en mis dedos antiguos

la rosa azul de tu vientre.

 

Preciosa tira el pandero

y corre sin detenerse.

El viento-hombrón la persigue

con una espada caliente».

Ya he hablado de mi afición a declamar. Para mí, es escuchando un poema o recitándolo yo misma cuando adquiere todo su sentido, cuando alcanza la plenitud. Y tengo que decir que yo, con los versos de Lorca, practiqué mucho. Y hoy en día sigo recitando con el mismo placer íngrimo de entonces cada vez que la luna viene a visitarme con su polisón de nardos.

 

 

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitariotengo dos libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños", un libro de realtos "Y amanecerá otro día" y una novela "La luna en agosto". Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

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