La encontró en el desván de la vieja casa de su abuelo, cuando fue a poner todas sus cosas en orden tras su repentino fallecimiento. Él era su único pariente vivo, ya que su padre, hijo del finado, había muerto en un trágico accidente junto a su madre, cuando él era todavía muy niño. También la esposa y los hermanos del abuelo habían tenido a bien abandonar este mundo de forma anticipada, así que Edelmiro había pasado los últimos años de su vida en una soledad casi monacal, al cuidado de la fiel sirvienta Rosalía, que lo había querido y mimado hasta el último momento. Ella era quien con su presencia y afecto había aliviado al anciano el tránsito hacia su última morada. Fue también Rosalía la que cumplió con el triste encargo de darle aviso, al percibir próximo su fin. Pero una desafortunada fatalidad hizo que su vuelo desde Nueva York, ciudad en la que residía desde hacía algunos años por motivos laborales, se retrasara lo suficiente como para no haber podido despedirse de su querido abuelo en vida. Lo cierto es que tenía muchas razones para sentir afecto por él. A la muerte de sus padres, en aquel desgraciado accidente, se ocupó de darle un hogar y trató de mitigar la terrible pérdida que había sufrido del mejor modo posible. Se entregó a él en cuerpo y alma, ejerciendo casi más como padre que como abuelo. También insistió en darle una exquisita educación que le había permitido ganarse la vida con solvencia. Siempre le decía:
―Yo ya soy muy viejo, hijo. Sabes que no podrás contar conmigo durante mucho tiempo y tendrás que sacarte tú solo las castañas del fuego.
Cuando, por azares del destino, le surgió aquella oportunidad, como profesor de español en Nueva York, le insistió mucho para que la aceptara.
―Es tu momento ―le dijo―. Tienes que mirar por tu futuro. Yo ya no tengo nada más que el despertar de cada mañana. Y a regañadientes, aceptó el puesto.
No se podía, siquiera cuestionar el hecho de que su abuelo le había aconsejado casi siempre bien y esa no había sido una excepción. Gracias a su insistencia llevaba una vida acomodada y era respetado en la universidad donde impartía sus clases. La única pena que le atormentaba era que, desde que se había marchado de España, no había vuelto a verlo en persona, a pesar de que lo estimaba y quería como a un padre. En compensación, habían mantenido una cálida relación epistolar que había persistido en el tiempo tan fresca e intensa como el primer día y que solo se había interrumpido con la muerte del abuelo. Por eso le pareció bastante insólito que nunca le hubiera escrito con aquella magnífica pluma que acababa de encontrar entre sus artículos personales y que un objeto de semejante calidad y belleza estuviera relegado a un rincón olvidado del desván. Se trataba de una pluma enteramente de cristal. La empuñadura tenía un dibujo de rayas negras y blancas, más gruesa por la base y en disminución conforme ascendía en espiral, adaptándose al calibre de la misma. El plumín también era de un cristal transparente, exquisitamente tallado. Lo primero que se le ocurrió fue que, tal vez, tuviera alguna tara y su escritura fuera defectuosa, pero tras revolver algunos cajones encontró un tintero con algún resto de tinta fresca y pudo comprobar, a pesar de su primera sospecha, que su escritura era bella y perfecta.

Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. Empecé con relatos y poemas y acabo de publicar mi primera novela, La luna en agosto.

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