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Aquella noche no pudo dormir obsesionado por el misterioso hallazgo. Nunca recordaba haber oído hablar de semejante objeto. Tampoco lo había visto jamás en manos de su abuelo, por mucho que había intentado bucear en lo más profundo de su memoria. En cuanto se levantó por la mañana bajó al pueblo y compró tinta negra en la primera papelería que encontró. A continuación, se dedicó a escribir con fruición a viejos amigos y conocidos de los que no había sabido nada en muchos años. Eran cartas bastante tópicas, en las que les daba cuenta de su vida actual y preguntaba, de manera cortés por la de sus amigos: si se habían casado, si habían tenido hijos, si su vida les satisfacía… ¡En fin!: si habían logrado de algún modo realizar sus sueños de juventud. En realidad, las cartas no eran más que una excusa para utilizar esa pluma que lo tenía absolutamente fascinado.
Dedicó algunos días más a seguir revisando las cosas de su abuelo, pero no encontró nada tan interesante, ni de lejos, como la pluma. Tan solo algunos viejos libros, ya descatalogados, los consideró dignos de ser conservados. Como esos días coincidieron con un periodo vacacional en su universidad, decidió pasar algunas semanas más en la vieja casa de su abuelo. La anciana Rosalía lo seguía tratando como cuando era niño, obsequiándole, además de con su cariño incondicional, con sus maravillosas comidas caseras y sus exquisitas meriendas. Le pasaron los días casi sin sentir. A pesar del motivo luctuoso de su viaje, se había reencontrado con la patria de su niñez y fueron, en cierto modo, días felices.
Sin embargo, cuando llevaba dos semanas de agradable estancia en el caserón, comenzaron a llegarle mensajes inquietantes en relación a las cartas que había escrito. Todos tenían contenidos similares. En algunos casos escribía la viuda, en otros el padre, la madre e incluso en un par de ocasiones los hijos de sus antiguos amigos, ya huérfanos. «Lamento informarle de que mi querido esposo, hijo, o padre ―según fuera el caso― ha muerto de forma inesperada a causa de…», y ahí era donde había mayor número de variantes en cuanto a las explicaciones: un repentino accidente, un ataque cardíaco, un infarto cerebral… Las personas que enviaban las misivas se excusaban, aun en su dolor, por tener que darle tan ingratas noticias respecto de sus familiares recién fallecidos. Todo aquel aluvión de fatídicas noticias lo desconcertó y entristeció mucho. En la práctica, se podía decir que la mayoría de sus amigos de juventud habían fallecido en el plazo de unos pocos días. Todo aquel cúmulo de fatales coincidencias sumadas a la pérdida de su abuelo, había ensombrecido su ánimo. De pronto, encontró lúgubre aquella casa en la que antaño había sido tan feliz y decidió adelantar su regreso a Nueva York, aunque optó por llevarse la pluma consigo. Se había encariñado tanto que le resultaba imposible desprenderse de ella.
Al cabo de dos meses regresó de nuevo a España, ya que el notario tenía que dar a conocer, de forma oficial, las últimas voluntades de su abuelo. Llegó con el tiempo justo para la lectura del testamento. Como es lógico, no hubo muchas sorpresas ya que él era el heredero universal. Era libre para disponer de la herencia de su abuelo y vender la vieja casa, algo que, después de los últimos acontecimientos, estaba deseando hacer. Además, el dinero obtenido por la venta le vendría de maravilla, porque estaba preparando su boda para el siguiente verano. Había conocido Tracy en la misma universidad donde él trabajaba, ya que había sido becaria en su departamento. Al terminar ella los estudios fue cuando formalizaron su noviazgo. En cierta forma, pues, también le debía al abuelo la felicidad y estabilidad personal de la que gozaba, ya que de no haber aceptado el aquel puesto nunca hubiera conocido a la que pronto sería su esposa.
Le sorprendió que el testamento hiciera referencia, de manera expresa, a la pluma. Aunque era bonita y elegante, no debía de tener un gran valor material. Se la legaba, por descontado. No obstante, y eso es lo que encontró extraño, le prohibía de manera taxativa, aunque sin dar explicación alguna, que la utilizara para escribir cartas personales. De repente, un retazo de su memoria tomó forma y recordó cómo, del bolsillo de la chaqueta de su padre, el día del fatídico accidente, se había rescatado una misiva del abuelo. Se acordaba a la perfección de su esmerada letra y la escritura magnífica que debía de corresponder, sin duda alguna, a aquella pluma. Entonces, fue capaz de revivir con nitidez el mensaje: «Queridos hijos, disfrutad de vuestros bien merecidos días de descanso que yo, mientras tanto, me ocuparé de mi nietecito». Y en aquel preciso momento fue capaz de establecer la relación entre veto de su abuelo respecto de la pluma, y el escueto mensaje recuperado del cadáver de su padre. Y a continuación, también, con las extrañas muertes acaecidas a todas aquellas personas a las que él había escrito con ese artículo, al que ahora ya no dudaba en calificar de siniestro. Por un momento, sintió que su corazón se constreñía como si se lo apretaran con un puño de hierro, mientras era presa de un dolor insoportable que lo traspasaba de parte a parte, al mismo tiempo que le venía a la memoria, ya con el terror reflejado en el rostro, la nota de despedida que le había escrito a su novia con esa pluma maldita, justo antes de partir hacia España. Se la sacó del bolsillo de la camisa y la estrelló contra el suelo preso de una furia incontenible. Esta quedó rota en mil añicos que refulgían desde el suelo y parecían burlarse de su infinito dolor. Por primera vez en su vida su corazón albergó un oscuro rencor hacia la figura de su abuelo, y sin poderlo evitar, maldijo su nombre, Edelmiro, en voz alta.

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitariotengo dos libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños", un libro de realtos "Y amanecerá otro día" y una novela "La luna en agosto". Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

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