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No sé por qué se ha puesto tan furiosa Amanda. Total, yo no he hecho nada malo. Solo le he preguntado qué había para comer. Me ha contestado como si le hubiera hecho la misma pregunta ochenta veces. ¡Es que no hay quién la entienda! ¡Si yo lo único que pretendía era echarle una mano! Sí… me trata mal esta hija mía. Ayer mañana, sin ir más lejos, comenzó a gritarme como una energúmena:

―Sí, son las once. ¡LAAAS OOONCEEE! ¿Es que no lo has oído todavía, mamá? Las once y para una hora entera.

Solo por preguntar la hora. Yo no sé qué pasa en esta casa. Todos me hablan como si yo no anduviese bien de la azotea. Me miran a la cara fijamente y me repiten las cosas, cómo si yo no fuera capaz de entenderlos a la primera. ¿Qué creerán,  que los viejos somos todos tontos o qué…? La gente joven de ahora ya no respeta a los ancianos como antes. En mis tiempos nadie replicaba a una persona mayor, ni aunque tuviera razón, eh… ¿Cómo han cambiado las cosas? Ahora, por menos de nada, hasta los nietos le sacan los colores a una. El otro día, sin ir más lejos, Fernando, el mayor, se puso conmigo hecho una furia y ni si quiera me acuerdo del porqué. Digo yo… que no sería la cosa para tanto, pero me contestó con unos modos… Anda, que si hubiera sido yo su madre se habría ganado un buen bofetón. Pero… ¿En qué estaba yo pensando…? Ah, sí, que la gente no respeta a los mayores. Da igual que tengan estudios o no. Son todos unos maleducados y mis nietos también, que yo en eso no hago favoritismos. Por poner un ejemplo, la semana pasada el médico ―yo no sé qué bicho le habría picado—, pero me habló de una manera… Total, para decirme que yo estaba bastante bien. Pues si yo, a mis años, estoy bien: ¿cómo tiene que ser el estar mal? Pero, oye, que hasta Amanda se puso de su parte. Me cogió por el brazo y me sacó a cajas destempladas de la consulta, que si no, le hubiese soltado yo cuatro frescas al doctorucho aquel…

Y es que a las personas mayores nos se nos tiene en cuenta para nada. El pasado jueves, en el supermercado… ¡Bueno…! Amanda no me suele dejar salir sola de casa, pero aquello era una emergencia y el súper está a la vuelta de la esquina… Lo que iba diciendo, que después de estar un cuarto de hora esperando en una caja, que yo estaba la primera, que conste. Pues va y se me acerca una señorita, la llamo señorita porque yo sí soy educada, y va y me dice que por esa caja no podía pasar, que tenía que ponerme en la otra, que había una cola que ya ves… ¡Y hala! A esperar otra vez el turno. Pero, es que, cuando subí a casa hecha un basilisco, porque, claro, había estado ahí, media hora para comprar dos barras de pan, resulta que Amanda no me hizo puñetero caso. Y luego dice que me quiere, que soy yo la que agoto su paciencia y que a veces la hago llorar. ¿Pero, qué dice? Si la que se pasa el día entero llorando soy yo. Y todo, porque se empeñó en traerme a vivir con ella. Con lo bien que estaba yo en mi pisito, a mi aire, haciendo de mi capa un sayo. Más grande y más soleado que este es, seguro. ¡Qué digo yo…! Si tanto la molesto, que me hubiera dejado como estaba, que a mi ella no me hace ninguna falta, pero que ninguna. Pero empezó… que si tú, mamá, ya estás muy mayor, que si ya no te puedes valer bien… ¡Ya ves tú…! ¡Que se me olvidaban las cosas! ¡Vaya tontería! Yo no le hacía ni caso, pero como caí enferma por una subida del azúcar y me ingresaron, al salir de la clínica ya me llevó directamente a su casa. Pues no me echaba a mí, encima, la culpa de ponerme mala: que no cuidaba la dieta; que  me olvidaba de los medicamentos; qué sé yo… Nada, que no me dejó ni opinar. Pidió un taxi y me trajo para acá. Y es que se comporta conmigo… ¡Mamá!, no puedes comer de esto. ¡Mamá!, no puedes hacer lo otro. ¡Mamá!, estate quieta. ¡Mamá!, cállate  de una vez… Vamos, que como en la cárcel me tiene. Y mis nietos… Bueno, de Fernando ya he hablado, pero Isabel, la pequeña, es todavía peor. Se pone unas pintas para salir a la calle, que yo no sé cómo su madre lo consiente. El pelo de unos colores… y una ropa, que parece una pordiosera. ¡Que la deje estar! ¡Que es la moda! Pues vaya una moda, si parece un adefesio. Que ir a la moda será para estar guapa. ¿Digo yo, no…?

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitariotengo dos libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños", un libro de realtos "Y amanecerá otro día" y una novela "La luna en agosto". Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

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