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Me llamo Manuel Fernández, soy un pedazo de viejo y me encuentro al final de mi vida, lo sé. ¡Ya ni siquiera puedo valerme! Y por mucho que estas almas cándidas, que ahora están a mi cuidado ―Dios las bendiga―, traten de engañarme con sus mentiras piadosas, sé que en cualquier momento partiré hacia mi último viaje. Solo puedo decir una cosa: no siento ningún miedo. Más bien, por el contrario, creo que encontraré por fin la paz y el descanso que tanto necesito, aunque no sé si merezco.

Siempre fui un hombre errante. Mi vida no ha sido otra cosa que un constante ir y venir; un eterno trajín entre maletas y estaciones. Siempre lo atribuí al hecho de que vine al mundo de manera anticipada y por sorpresa en un tren entre Barcelona y Madrid, muy cerca de Alhama de Aragón. El tren iba abarrotado y mi madre, al sentir  que iba a parir allí mismo, pidió ayuda al revisor, quien poco pudo hacer por ella, aparte de acomodarla en un rincón del vagón, a salvo de las miradas indiscretas del resto de viajeros. Ella, que era muy dispuesta, supo parirme sin la ayuda de nadie. Al pobre revisor, que a buen seguro nunca se vio en otra igual, le tocó la tarea sencilla pero importante, de anudarme el ombligo con uno de los cordones de sus zapatos.

A pesar de mi prematuro nacimiento, gané peso rápidamente y me crié sano y fuerte.  Sin embargo, aquella forma de nacer tan poco convencional debió de marcar de algún modo mi destino de viajero incansable. Por otra parte, soy aragonés, ni que fuera por mero accidente. A ese hecho le debo, según siempre afirmó mi madre, el carácter tozudo y la franqueza en el hablar. A lo largo de mi vida me la han reprochado demasiadas veces porque, de tan excesiva, traspasa con demasiada facilidad los límites de la insolencia.

Aunque naciera cerca de Alhama, lo cierto es que también me considero madrileño, ya que pase mis primeros años en el barrio de Malasaña. Mis padres, pese a que no eran ricos, se preocuparon por darme una educación, algo que tengo que agradecerles de corazón, ya que me ayudó mucho a desenvolverme en los primeros años de mi vida adulta. Lo dicho, mientras vivía en Madrid, y a una edad muy temprana, comencé a ir a la escuela. Pero, cuando tenía alrededor de siete años, mi padre falleció de manera repentina y mi madre me llevó con ella a Valencia, ciudad en la que consiguió un empleo en una de aquellas envasadoras de naranjas. Ella se empeñó en cumplir el sueño de mi padre: que yo culminara con éxito mi formación académica, y me pagó los estudios hasta que me hice bachiller. Por aquel entonces llevábamos una existencia más que modesta. Ni siquiera cenábamos todas las noches. A pesar de ello, el benigno clima y el ambiente festivo de esa bonita ciudad, que también llegué a considerar como propia, compensaban todas nuestras penurias.  Al final he de confesar que los años que pasé en Valencia fueron agradables, casi felices diría, ahora que lo veo con la suficiente perspectiva. Y, aunque luego viví  en otros lugares cercanos al mar, he de reconocer que la luminosidad de esa tierra es inigualable. Aún llevo grabados en mi retina aquellos atardeceres de verano en la playa de la Malvarrosa, los más hermosos que nunca he visto.

Pero mi sueño mediterráneo terminó cuando me llamaron a filas para cumplir el servicio militar. De buenas a primeras me vi de vuelta en las áridas tierras mesetarias. Fue un cambio muy drástico en mi vida, más todavía si se tiene en cuenta la época que me tocó, en plena posguerra. Por suerte, el hecho de ser bachiller me dio cierta ventaja sobre otros reclutas menos afortunados. Pasé la mayor parte de los muchos meses que dediqué al ejército empleado en las oficinas. Gracias a ese hecho tan simple estuve a resguardo tanto del calor sofocante del verano como del frío helador del invierno. Cuando me licenciaron ya no tenía dónde volver, porque mi madre, la única familia que me quedó tras morir mi padre, falleció mientras yo todavía servía. Ni aun a su entierro pude asistir, ya que mis superiores, en un acto de crueldad gratuita que jamás llegaré a perdonarles mientras viva, me denegaron el permiso.

 

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitariotengo dos libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños", un libro de realtos "Y amanecerá otro día" y una novela "La luna en agosto". Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

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