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Cuando al día siguiente hablé con Paulina, ella se echó las manos a la cabeza.

― ¡Pero, alma de cántaro! Si mis padres jamás te hubieran aceptado como yerno con un empleo tan modesto, menos lo harán si no tienes ninguno. ¡Tienes que ponerte a buscar un trabajo ahora mismo!

Hice todo lo que pude durante las dos semanas siguientes, pero corrían malos tiempos y los empleos bien pagados no crecían en los árboles. Desesperado por no conseguir lo que quería, le propuse a Paulina mi nuevo plan: que se viniera conmigo a Nueva York, donde yo llevaba idea de establecerme por mi cuenta. Contaba con la ayuda de un primo hermano que llevaba un par de años allí. Para mi sorpresa, Paulina, que siempre me tuvo una confianza ciega, accedió. Me dijo que prefería cualquier destino por incierto que fuese antes que perderme. Ahora reconozco que fui un necio por hacerle aquella proposición descabellada. Tan solo diré en mi descargo que era joven e inconsciente.

A la semana siguiente, nos embarcamos rumbo a la tierra de las oportunidades, como se consideraba entonces a los Estados Unidos. La travesía fue larga y penosa. Un par de temporales nos alcanzaron y temimos por nuestras vidas. Pese a todos los contratiempos, al cabo de cuatro semanas, atracamos sanos y salvos en el puerto de Nueva York. Mi primo nos acogió en su casa mientras yo buscaba algún trabajo con el que pudiéramos salir adelante. Al final me coloqué de soldador en una metalurgia, siempre pensando que era algo provisional. Pensaba ahorrar lo suficiente para poder abrir mi propio bistró, que era mi sueño desde que había dejado el Pierrot. Era un trabajo duro, aunque bien pagado en comparación con el sueldo que cobraba en mi empleo parisino, de modo que en poco tiempo estuvimos en disposición de mudarnos a nuestra propia casa. Justo el día que lo hicimos, Paulina me reveló que estaba encinta. La nueva situación me produjo sentimientos encontrados: aunque era un motivo de alegría, una boca más no dejaba de ser una carga en nuestra difícil situación. Sin embargo, pronto me hice a la idea y los dos esperábamos ilusionados el nacimiento de nuestro retoño.

Paulina tuvo un embarazo complicado. Se encontraba mal día sí, día también. Vomitaba sin cesar y le dolía la cabeza. Los pies se le hinchaban como botas. Aunque no le dábamos demasiada importancia, pensando que se trataba de las molestias típicas de su estado. Tampoco nos sobraba el dinero y guardábamos nuestros ahorros para hacer frente a los gastos del parto y poder luego cuidar de nuestro hijo como es debido. Pero una noche, cuando estaba en el séptimo mes de embarazo, Paulina sufrió una especie de ataque con convulsiones. Me la encontré tirada en el suelo al volver de la fábrica. Pedí ayuda de inmediato y la trasladaron al hospital en una ambulancia. Por desgracia, padecía algo de lo que nunca había oído hablar: eclampsia. Los médicos hicieron todo cuanto pudieron, pero ni ella ni el niño sobrevivieron.

A partir de aquel momento mi propia vida dejó de importarme. Tan solo pensaba en que había perdido para siempre a mi querida Paulina y no dejaba de culparme por el desenlace atroz en que había desembocado mi loca aventura americana. Estaba convencido de que, de habernos quedado en París, nada malo le hubiese sucedido. Después de aquella desgracia, mi vida comenzó un declive permanente. Han pasado muchos años, pero todo lo que ocurrió a partir de ese momento lo recuerdo de forma vaga, como envuelto en una nebulosa. Me di al alcohol y me despidieron de la siderurgia. Luego perdí mi casa. Entonces regresé a España, y sin fuerzas para sobreponerme al desastre en que se había transformado mi vida, me convertí en un vagabundo. Malvivía aceptando cualquier trabajo, por mal pagado que estuviese. Reconozco que durante aquel tiempo, no siempre estuve dentro de la ley. Ciertamente, me preocupaba bien poco acabar en una celda, ya que no había para mí peor prisión que mi propia existencia. Durante demasiados años fui de acá para allá, sin un techo donde guarecerme, sin arraigo de ninguna clase. Las estaciones de tren fueron mi cobijo, lo más parecido a un hogar que tuve a raíz de perder a Paulina. Mendigué durante varios años en Atocha y también en Santos,  donde estuve a punto de arrojarme a las vías en un momento de flaqueza, aunque por cobardía desistí en el último instante. De allí,  volví a Valencia, buscando otra vez el recuerdo de los atardeces de mi playa querida. Y aquí estoy, en este hospital de la Malvarrosa, a orillas del Mediterráneo, esperando que una tarde, al ponerse el sol, la muerte me lleve en volandas a reencontrarme con mi querida Paulina y nuestro hijo. A estas alturas ya no puedo ni quiero aspirar a nada más.

 

 

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitariotengo dos libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños", un libro de realtos "Y amanecerá otro día" y una novela "La luna en agosto". Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

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