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Hermosa tú, lozano yo; aquel mediodía del seis de julio, abrazados presenciamos como desde el balcón del Ayuntamiento, lanzaron el chupitazo. Estábamos felices, como lo estuvo Hemingway cuando disfrutó los encierros, los kilikis y zaldikos. “Te amo”, me dijiste tierna. Te confesé que estaba perdidamente enamorado de ti. Me miré en tus ojos de miel. Te tomé de la cintura y te atraje hacia mí. Luego, platicamos simplezas y nos reímos de ellas. Te envolví en mis brazos, suspirabas y musitabas al oído mi nombre. Tal vez para los demás no era nadie, pero para ti era todo. Habíamos comprendido que la vida era una valija de experiencias para regocijarse, no para sobrevivir. Sin importarnos el tumulto, nos fundimos en un ardiente beso.
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Sin saber cuánto tiempo duré con la mirada perdida, los gritos de una vendedora de flores me regresó a la realidad, le hice una seña, ella acudió a mí, compré dos ramitos y le murmuré: “Dame uno y llévale el otro a esa pareja que está besándose”.
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Presuroso, caminé para Roncesvalles. Quizá vuelva a encontrarlos al final de las fiestas cuando cante con ellos el “Pobre de mí”.

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