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Los carnavales en mi barrio han desaparecido. Eran poco más que una fiesta impúdica donde los vecinos miraban desfilar a comparsas improvisadas y festejaban sus rimas soeces. “Los nenes de la Loma”, “Los divorciados de Paternal”, nada tenían en común con las Scolas do Samba de Río, ni lo pretendían. Se limitaban a una marcha desarticulada con disfraces improvisados, que daban excusa a la intendencia para cortar la Avenida San Martín y a la gente para arrojarse bombitas de agua y, de manera más disimulada, rociarse con lanza-perfume.
En uno de esos desfiles, en una noche de calor apabullante, conocí a quien sería coronada como Reina del Carnaval de Tres de Febrero. Yo tenía poco más de doce años y ella debía andar por los veinte. Era tan mayor para mí como inalcanzable. Era la abanderada de la comparsa “Los de fuego”, que venía de los confines de un barrio retirado e intransitable.
Me enamoré de ella como suelo enamorarme desde entonces: de inmediato, sin límites, esperanza ni consuelo. Gracias a que mi abuelo era el presidente del club Italiani Uniti, lugar del concurso y la premiación, pude acercarme más de lo que hubiera imaginado. Pude ponerle la banda, mientras que mi abuelo le entregaba el cetro y la corona. Recuerdo mis palpitaciones al acercarme a su cuerpo moreno, apenas cubierto por una malla mínima, brilloso por efecto del maquillaje y del sudor. Su olor fue desde entonces para mí el olor de la mujer y ya no pude olvidarlo.
Luego de muchos años el carnaval y el barrio se convirtieron en recuerdos difusos. Primero el proceso militar y luego las sucesivas crisis económicas confinaron la festividad a unos pocos bailes conmemorativos. Incluso estos desaparecieron en medio de la indiferencia de una sociedad amargada por tantos pesares.
Hace poco tiempo volví a encontrarme con aquella reina del carnaval en un inmenso espectacular donde aquella misma sonrisa pero en un rostro más relleno y deteriorado, prometía más trabajo y mejor paga para los trabajadores de Tres de Febrero. Me las arreglé para conseguir un reportaje como periodista de un medio nacional. Esta vez yo recurría a un disfraz para acercarme.
Al verla me entristeció la comparación con aquella mujer que idealicé desde entonces. Trataba de mejorar su imagen con demasiado maquillaje, tan brilloso como aquel que usaba en la comparsa, sin conseguirlo.
Estuve tentado pero no le conté nada de nuestro pasado en común, efímero y, sin embargo, indeleble. Mientras la observaba anotaba distraído sus consideraciones políticas, repetidas y vacías.
Sin embargo logró arrancarme una sonrisa cuando mencionó su proyecto de impulsar nuevamente el Carnaval del barrio.
-Con reina y todo, imagino -agregué.
Entonces sonrió y, sospecho, pudo recordar.

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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