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El aprendiz de escritor describió perfectamente a una bella mujer con un sugerente vestido negro lleno de encajes. Nadie más aparecía en la escena, sin embargo, ella, con toda la fuerza de la seducción y la mano derecha, levantó su vaporosa falda lo justo para mostrarnos, ante el espejo, una liga donde portaba un arma. La matajari empuñó la pistola sin terminar de sustraerla de la liga cuando el escritor fue interrumpido.
En la mesita quedó el principio de su primera novela, o tal vez un simple relato apenas despuntando. Pasaron días e incluso semanas sin que nadie se ocupara de aquel cuadernillo. Llegaron los carnavales cuando el autor quiso acordarse de que había dejado una historia pendiente, se preparó un café pensando en llevar a su protagonista a un divertido baile de disfraces; leyó su breve texto, entusiasmado con lo que intuía estaba creando, pero su personaje, aburrido de pensar en “a qué se debía su existencia con esa guisa”, sin pretender dañar a nadie, ya se había suicidado.
Las lágrimas surcaron su rostro empapando buena parte del escrito. Con las manos sobre la cabeza y los codos encajetillando su historia, lloró desconsoladamente un buen rato, hasta llegar a su ventana voces alegres y divertidas. La algarabía de los carnavales desfilaba por su calle con instrumentos de percusión. Sintió deseos de unirse a alguna de esas comparsas, quitarse la máscara y reírse de sí mismo. Ya se imaginaba entre la corte de de la sirenita donde podría estar entre otras truchas sin llamar la atención. Entonces le vino a la mente el juicio del fondo del mar, en el que se condenaría al besugo , por secuestrar a la sirenita de quien se había enamorado, tal y como era tradición en su villa marinera. Pero se le antojaba que esta vez el acusado sería él si se atrevía a confesar su condición sexual. Aún así, se repitió como un mantra que nadie se iba a reír.
El tiempo apremiaba. Con decisión y pareciese que con rabia, se soltó la coleta, fue al baño, se depiló el pecho, se puso el traje que había prestado a su personaje de ficción, enfundó el revólver en su liga se dijo ante el espejo: Nadie se va a reír. Hoy cumples un cuarto de siglo y es hora de desprenderte del disfraz. A vivir en color. Se colocó como tocado, la larga pluma purpura con la que le gustaba escribir y se aventuró a la calle.

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Autora de" Su destino en la tatión" , novela interactiva publicada en 2001, además de algunos micro-cuentos y relatos desperdigados por la red. Reiniciando me.

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