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Caminaba dando tumbos apoyándose, con cierto esfuerzo, en los postes de las farolas que amablemente iluminaban la noche a tales horas de la madrugada.

De repente, saliendo de entre las sombras, atravesó su camino un gato negro, enorme, sucio y repulsivo, fija su mirada en él, como queriendo escudriñar, con esa curiosidad felina, el color de sus entrañas. No le gustó al hombre que una bestia así tuviera la insolencia de observarle con semejantes ojos despectivos y, tras unos segundos usados para digerir el pasmo, le lanzó una botella, ya medio vacía, que llevaba como único equipaje.

El animal saltó lanzando un bufido furioso y desapareciendo como un espectro. Pero apenas dio dos pasos que lo vio de nuevo, esperándole con su mirada penetrante desde el suelo.

Como no parecía tener intención de apartarse, el borracho hizo ademán de asustarle propinándole un puntapié en el pescuezo. Pero el gato no se movió, recibiendo el impacto en su cabeza, la cual salió rodando mientras el resto del cuerpo desparramaba tripas hediondas, salpicando los zapatos de nuestro héroe.

El sobresalto le hizo caer al suelo, no sin volcar un par de contenedores que se encontraban a su espalda. Y, tras el golpe, multitud de gatos negros, feos, iguales que el primero, se abalanzaron sobre él, sin respeto alguno por el pavor que invadió su mente al verse rodeado de espantosas criaturas que aparecían de la nada.

Aún tuvo el acierto de defenderse, agarrando el cristal roto de su botella. Con la destreza que le permitían el espanto y la embriaguez, abrió en canal a cuantos pudo, dejando al descubierto sus entrañas, desperdigándolas a base de manotazos y patadas, antes de sentir que tanta víscera sobre su cuerpo le oprimía el corazón y le asfixiaba el alma.

La sorpresa se la llevaron, al día siguiente, los trabajadores de la limpieza, cuando hallaron un cadáver junto a dos contenedores tirados, cuyas bolsas de basura habían sido abiertas y esparcidas por todo el callejón. Paisaje extraño y poco habitual que, desde un tejado, observaba impasible un enorme, sucio y repulsivo gato negro de mirada penetrante.

 

Photo by pulguita

 

Juan Sauce

Lector y dibujante de cómics desde que tengo memoria, descubrí mi interés por los libros a una edad tardía, casi acabada la adolescencia, con dos obras muy concretas: “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry y “El joven peregrino”, de Helen L. Taylor. Ambos relatos repletos de metáforas; quizá por eso es mi forma favorita de narrar, una manera imaginativa de compartir mis ideas. Me gusta la fantasía, la ciencia ficción y la aventura. Me interesa la psicología, la religión y la naturaleza. Sueño con escribir para niños y jóvenes, aunque desde esta ventana voy a intentar llamar la atención de lectores de todas las edades. A ver si lo consigo...

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