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Un olor a carne comienza a inundar la estancia. El agua corre por mis manos desde el grifo pero esta llega hasta el desagüe con otro color, similar al carmín que usaba Susana cuando le visitaba a su casa y salíamos a la plaza. Detrás de mí, en el suelo, el cuchillo de cocina se encuentra manchado con parte de Melkor, ese maldito gato a quien creí mi fiel compañero.
Su cadáver está en el otro cuarto, junto a la entrada principal, abierto como un cabrito para asar, su hocico abierto de par en par deja entrever sus blancos colmillos que en otro tiempo sostuvieron los ratones que llevó ante mí como surreal regalo.
Le conocí hace seis meses, tras la muerte de Susana. La amaba con todo mí ser. Cuando todos se habían marchado del cementerio, incluso sus padres, el animal llegó ronroneando desde la cercanía, negro como una noche sin estrellas, solo para acurrucarse sobre la tierra recién aplanada por las palas y me miró con unos ojos tan profundos que me obligaron que llevarle conmigo de buen agrado.
Ella había sido arrollada por un auto en la avenida Paseo Tabasco mientras intentaba cruzar la calle rápidamente. El chofer solo dijo que se había aparecido de repente y esta fue la historia que quedó asentada en el caso policiaco, tras la captura del infractor. Entonces, ¿qué hacía el gato este día sobre el buró de mi habitación, sosteniendo a Andrea, la muñeca que Susana había perdido en su temprana niñez?
“Ella poseía un vestido blanco como la nieve, con una figura de patito rosa en el pecho. Sus ojos aguamarina me llenaban de júbilo porque mostraban inocencia. Su cabello era muy lacio y castaño (le peinaba a diario), y sus piecitos se adornaban con unos zapatitos rojos. Una tarde se esfumó de mi vida… haría todo por recuperarla.” Había dicho una vez Susana.
Y al verle hoy mordiendo dicha muñeca reconocible sobre el mueble, llena de hollín y tiempo, supe que él había provocado su muerte, pues ella le habría perseguido con el botín. Ellas se reencontrarán…

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