Al ocupar el departamento me percaté del mural en el edificio de enfrente. Era una enorme gata negra con ojos ambarinos,  extrañamente emotivos. Al verla, una sensación helada recorrió mi espalda. Quise averiguar quién era el autor pero nadie supo decirme.

Desde la primera noche, sentí que aquella imagen me observaba. No sé describir con precisión las emociones que despertaba en mí. A veces sentía una gran curiosidad por su expresividad, otras estaba tentado a salir y cubrir la pintura, pero la más de las veces un temor inmenso recorría mis entrañas.

Cuando la veía fijamente, parecía que la gata cobraba vida y me veía inquisitiva. Coloqué persianas oscuras para no ver la pintura, sin embargo, cada vez que acudía a cerrarlas  algo me impelía a detenerme y observarla.

Una noche de fines de octubre  el mural había desaparecido. En cambio, vi a una hermosa joven en la acera mirando el espacio vacío. Pensé que alguien cansado de la misma imagen por fin la habría cubierto. Mi sueño en esa ocasión fue agitado y febril. Vislumbré a la mujer de la calle con ojos llameantes.

Desperté sobresaltado. Me dirigí a la ventana justo cuando la mujer de mi sueño, saltaba con agilidad y se estampaba contra la pared. Cerré los ojos por instinto. Al abrirlos la gata estaba otra vez en el lugar de siempre. Mi corazón latía apresurado. ¿Estaba delirando?

El primero de noviembre acudí como siempre al camposanto. Las tumbas estaban cubiertas de flores y velas. Los deudos compartían con sus difuntos. Yo no lo haría, algo me hizo regresar a mi departamento a la media noche.

Me asomé a la ventana. La gata no estaba. Con horror seguí una mancha oscura escurriéndose por la pared hasta el piso. Después como niebla se elevó hasta formar un cuerpo de mujer. Volteó a mirarme fijamente con sus ojos de fuego y voló hacia el cielo nocturno.

Huí al día siguiente. El mural estaba en su lugar. Desde entonces la gata me visita en sueños con esa mirada flamígera y promete que un día me llevará.

Desafío espeluznante
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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