Luego del terremoto, queda un único testigo de esa mansión decadente, abandonada ya desde hace cien años: un secreter del S.XVIII que no necesita restauración sino desciframiento.
Una joya oculta bajo los escombros, sólo por un milagro conservada casi sin daño bajo una gris capa de polvo.
Mi curiosidad de anticuario no se detiene en la vida de sus dueños. Siempre trato con vestigios de historias que no quiero conocer.
Los cajones de esta maravilla son incontables. Los grandes ocultan otros más pequeños, que se desdoblan a su vez en diminutas joyas de ebanistería.
Las puertas disimuladas, que parten al secreter en dos o revelan pequeños huecos, se reproducen a medida que voy encontrando sus resortes ocultos. Un mecanismo de relojería regula la vida interior de esta máquina.
En el cuarto nivel de acceso de este enigma, apto sólo para las confidencias más privadas, encuentro el cajón más escondido, una miniatura que se activa al tacto en el lugar preciso.
En él, sobre una gota de sangre fresca, yace un diente humano recién arrancado.

Desafío espeluznante
Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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