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Este relato no ha sido pensado para competir en el “Desafío Espeluznante” ni cumple con los requisitos.

Es cierto que te encuentro espeluznante.  Una palabra que puede descubrir muchas cosas y encubrir otras. Hay algo terrible en ti. Tu mediocridad, por ejemplo. Unida a tu afán vano por sobrevivir, puede llevarte a hacer cosas tremendas, como dar la nota cuando deberías callar. Y no digamos tu deseo de prevalecer sobre los demás. Es la rabia que te da ser en el fondo pequeño. Eres un quiero y no llego. ¿A qué no puedes llegar? ¿Cuál es tu fantasía? Acepta que eres un ser prescindible, Todos lo somos, pero unos más que otros, claro. ¿Por qué no te calmas? La quietud, la serenidad, podría ser tu aliada. Así aprenderías a no despreciar a todos. A los que son mejores y a los que son peores que tú, pero sobre todo a los mejores. Ellos son para ti un latigazo en los testículos. Y hay tantos que te superan… Crees que puedes tapar el talento de otros estirando el cuello. Trata de comprenderme. Sé razonable, como creo que yo lo estoy siendo contigo. No estoy dispuesto a dejar que sigas estropeando el mundo con tu memez y con tu agresividad. No puedo. Tu soberbia nos molesta cuando charlamos sobre física en el club, con nuestro café o té en la mano y nuestros periódicos. Nos apreciamos unos a otros y nos respetamos. Y tú vienes a imponer tu voz desafinada, tus registros disonantes y tus malos modales. ¡Cómo estropeas la armonía de fondo de música clásica! Pisas la voz del científico de Badajoz, Martínez-Trecho, que es el que más sabe de todo lo que hablamos, exceptuándome a mí. Su cerebro está muy por encima del tuyo, que es un órgano amazacotado. Ignoras lo que te cuenta López Albor. Ese hombre tiene algo que decir, y puede enseñarte lo mucho que ignoras. El otro día dijiste que se te había ocurrido una teoría que conocemos hace décadas. Eres un pésimo diletante. Tú interrumpes con lo baladí, hablando de cosas que ya damos por triviales. No descubres nada, ni nada aportas salvo necias interrupciones. Cuanto más liderazgo reclamas, mayor rechazo nos generas, y te aíslas más. Las conversaciones agudas sobre ciencia y filosofía que mantenemos un día por semana en el edificio modernista del Casino, mientras escuchamos a Haydn, entre esas columnas de piedra que imitan formas vegetales, y esas vidrieras de colores, son para mí la mayor gratificación que obtengo por observar el mundo. No estás a nuestra altura. Óyeme bien: no voy a prescindir de tan gratos momentos por tu insolencia. Solo pretendo darte una lección de buen comportamiento y de respeto. Si te mutilo es por tu bien. Comprendo que no me entendieras cuando te corté el primer dedo. Estuviste rabioso e indignado. y te agitabas dentro de tus mordazas y ataduras. Te advertí: cuando me veas llegar y me sonrías, será que has aprendido y te perdonaré. Pero no me escuchaste. Tu narcisismo te mantuvo como siempre ajeno a todo lo que no fueras tú, y en este caso, tu dolor era lo único que contemplabas, como si nada más importase en el mundo. Lloraste, te retorciste… Solo pensando en tu martirio y en tu tormento, pero no tuviste la generosidad ni la humildad de escucharme. Esto parará cuando aprendas a sonreír cuando yo llegue, ya te lo dije. Te voy a adiestrar en cordialidad. Después de todo, soy tu anfitrión. Mío es el jergón sobre el que yaces, y mías son las vendas y trincas con las que por tu bien te mantengo trabado; de mi propiedad es este sótano que compartes con mi coche antiguo, mi moto y mis herramientas de bricolaje, que tanta ayuda me prestan para poderte mortificar. Tan solo te pido una sonrisa… No creo que sea para tanto. ¿Hasta cuándo pretendes que te siga cercenando? Muchas molestias me tomo por ti, ¿sabes? Cada día debo seccionar y separar de tu cuerpo alguna parte sobrante, aligerarte, dejarte en lo esencial. Me deberías pagar por eso. Te estoy purificando. Cuando menos, agradécemelo. Has emprendido un viaje a tu alma, mientras te voy despojando de lo accesorio, de tu periferia corporal; deshojándote cual margarita del amor. ¿Crees que esto me gusta? Estoy verdaderamente enojado con tu comportamiento. Esos lloriqueos de maricona me parecen de todo punto insoportables. Si pensaras un poco en los demás, digamos en mí, dado lo reducido de tu actual universo, no gemirías tanto. Presentas un espectáculo penoso con tanta lágrima. Yo me he tenido que molestar en curarte cada vez, desinfectar tus muñones con alcohol, vendarte, cauterizar tus heridas y darte a beber agua con antibióticos y antitérmicos… Tienes que vivir lo suficiente para aprender a sonreír mientras te amputo un miembro u otro. Todas estas tareas roban mi tiempo. ¿Crees que mis obligaciones se resuelven solas mientras me ocupo de ti? Ese egocentrismo tuyo… Yo te lo estoy arreglando. Rebanarte es como podar un seto para hacerlo más bello, sin ramitas que tengan la petulancia y la osadía de sobresalir sin haber acreditado antes méritos suficientes. Así es como quedarás a medida que pasen los días: yo no diría amorfo, sino redondeado y bien recortado.

Tu fragilidad mental me irrita en algunos momentos, pero en otros me produce una gran condescendencia, y aunque me burle, logras que me compadezca. Sé que te has vuelto loco. No creo que venga de las últimas semanas en las que has perdido el rastro de tus extremidades. Quizás fue ya el segundo día, cuando te arranqué otra falange del segundo dedo. Te manchaste, puerco, eso no te lo perdonaré. Tuve que preparar tu camastro para que tus heces cayeran directamente a un cubo con agua y lejía, e introducir tu birrioso y ridículo apéndice en una manguera para drenar tus secreciones. ¡Cómo te asustaste! Pareces un niño. Y si te lo hubiera cortado también, ¿qué? ¿Qué te importa? ¿Acaso estás en situación de pensar en esas cosas? Sí, amigo, sí. Te has vuelto majara. De no ser así, no habrías permitido que tuviera que ir haciendo rodajas de ti, como si fueras uno de esos vulgares embutidos artesanales de tu pueblo. He tenido que secuestrar también a esta pobre mujer encadenada que se encarga de administrar por mí los recipientes fecales, así como de ayudarme a curarte. Y lo hace muy bien… No sé por qué parece tan aterrada… ¡Si yo estoy muy contento con ella! Aunque es la culpable de que, gracias a sus cuidados, tu sufrimiento se prolongue. Sabe que, si tu faltases, Dios no lo quiera, ella sobraría en este sótano…Y parece que en el fondo le encanta sentirse imprescindible, ya sabes cómo son las mujeres. Así que te he conseguido la enfermera perfecta. Lástima que no os hayáis podido conocer en mejores momentos. Los dos parecéis buenos chicos, ahora que te has vuelto más discreto.

Conste que guardo todos tus trocitos en el congelador, envueltos en papel de aluminio. Más que nada para que no te preocupes. Si un día los necesitas, sabes que ahí los tienes. Ya son más de 90 piezas de cochino arrogante. Todas numeradas como las fotos que he ido tomando para registrar mi actividad quirúrgica. Si hiciera falta, podría recomponerte otra vez entero, aunque no sé si estarías muy guapo cosido a tantos despojos. Quizás sea mejor idea que te los haga comer el día de tu cumpleaños. Tendremos que celebrarlo.

Respirabas mal por la nariz. Te ahogabas con las mordazas y claro, no podía verte sufrir así. Tuve que quitarte las mordazas, pero no me gustan los chillidos de socorro ni tus sollozos desesperados, así que te tumbé con tranquilizantes y te corté la lengua. Después de todo, siempre fuiste un deslenguado. Luego, desde el cuello, aprendí a seccionar cuerdas vocales. No sabes lo que sufrí porque creía que te morías. ¡Qué cantidad de sangre! Puede que no lo ejecutase muy bien, no soy cirujano, pero lo hice solo por ti, para que pudieras respirar sin mordazas. Incluso te corté la nariz, era para ti otro ornamento sin utilidad práctica. ¡Fuera estorbos!

He decidido no límpiate más las hormigas. Que ellas recorran lo que queda de ti, que entren por tus heridas y tomen todo aquello que no necesitas ya. La naturaleza les ha otorgado una gran función que debemos respetar, ¿no crees?

¿Te cuento una cosa? Esta mañana me ha parecido que al verme llegar sonreías por fin y saludabas con la cabeza. He sentido la satisfacción de un mentor al saber de tus progresos. Ya sabes que, cuando trates de ser agradable y correcto, he prometido dejar de ¿recortarte? ¿abreviarte? ¿esculpirte? Y sí, efectivamente, me ha parecido que esas muecas eran un saludo de buenos días… Pero voy a seguir con mi arte, dado que no puede averiguarse de modo preciso lo qué son tales gestos. Puede que ya sonrías como un buen vecino en el ascensor, pero, la verdad: no veo ya tus dientes. Están todos en el congelador, donde he tenido que colocarlos por tenerlo todo junto. Bueno, “junto”, no es la palabra adecuada. En el mismo lugar. Ya sabes que lamentablemente los has ido perdiendo…Ni labios te quedan ya. ¿Cómo voy a saber si sonríes? Quizás llorabas, no lo sé. Tú trata mañana de que esas supuestas muestras de alegría al verme llegar sean un poco más notorias. Más expresivas de tu simpatía y respeto hacia mi persona. Convénceme, y veré lo que hago.

Siempre me parece que ya va a ser imposible seguir, pero al final, uno encuentra algunos pequeños salientes en tu cuerpo y en tu personalidad que deben ser corregidos por tu bien. Así que hoy seguiré con lo mío, extirpando de entre tus intersticios cualquier foco de espeluznante mediocridad, hasta dejarte liviano, totalmente limpio, como un pescado antes de hornear; aliviado del peso de lo superfluo, que tanto te lastraba para razonar con lucidez.

Photo by My Buffo

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Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
Enrique Brossa

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