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Era un verano caluroso, entre la mies amarilla y crujiente a punto de pasar  bajo la guadaña, había un árbol seco; en él tenía su atalaya la cigarra. Cantaba al dios de su corazón y aunque sabía que no iba a pasar más allá del invierno, se consideraba el ser más feliz de la tierra. Al pie del árbol había un nido de hormigas que trabajaban sin descanso. Era el momento adecuado para recoger el trigo temprano que ya dejaba caer sus granos maduros sobre la hierba.

Entre ellas, había una hormiga vieja que estaba muy molesta con el canto de la cigarra. La oía día y noche, año tras años, sin parar en todo el verano “rac,rac” ¡Estaba harta! Por eso decidió subir al árbol y enfrentarse a tan desagradable vecina.

La cogió por sorpresa cuando, alzando su voz lo más que pudo, le gritó.

—¡He tú! ¿Por qué no te callas? Estoy cansada de oírte cantar, perezosa.

La cigarra calló por un instante buscando entre las ramas secas el lugar de donde procedía la voz. Allí, imperiosa, enfadada, estaba una pequeña hormiga desafiándola sin temor a la diferencia de estatura.

—¿Perezosa yo? —Le contestó sorprendida.

—Sí, perezosa. No trabajas, no haces nada, no haces otra cosa que cantar. Veras, veras cuando llegue el invierno y las nieves de la montaña enfríen el aire, y el agua del río muestra su capa helada: no tendrás nada para comer. No esperarás que nosotras te alimentemos después de todo un verano tan ocioso. Mira que te digo: además de vaga eres estúpida.

La cigarra, antes de contestar, observó a la hormiga y admitió que el objetivo de su clan era de una labor sin precedentes, pero ella no se sentía identificada.

—Mira —le dijo— Te comprendo. Vosotros sois así. Trabajáis sin tregua ni descanso todo el verano para llenar vuestros almacenes; luego, en invierno, os encerráis, coméis, engordáis y procreáis. Así viven también muchos hombres: trabajan sin descanso, adquieren muchos bienes y si la vida lo permite, los disfrutan de formas muy estúpidas. No viven, no son capaces de cantar o respirar el aire de un  amanecer; contemplar el vuelo de una mariposa, o deleitarse con el canto de un ruiseñor. Mueren sin haber vivido. Yo no quiero una vida así. Supongo que en otro estado de vida fui hormiga como tú, y el sudor perló mi frente, y supe del peso de un grano de trigo sobre mis costilla. Tal vez evolucioné y me convertí en una hormiga voladora acabando en el buche de una golondrina. Ahora soy así. El campesino oye mi canto y sabe que en la sobremesa puede dejarse caer en el letargo porqué la tarde es joven y calurosa. Me deleito cantando a este sol que madura las espigas y hace florecer las amapolas. Mi canto lo ofrezco a la vida y cuando llegue el frío sabré que ha acabado mi labor.

Dicho esto, se dio la vuelta y empezó su canto de nuevo.

Mientras, la hormiga descendía del árbol moviendo la cabeza a uno y otro lado porqué no entendió. “Además de perezosa, pensaba, la cigarra ha perdido el seso”. Y, cuando llegó al suelo se unió a la larga hilera de congéneres para seguir su labor de recoger comida para el invierno.

 

 

 

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Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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