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No quiso que nadie lo ayudara a sacarse la armadura; el dolor del hombre que se humillaba a sus pies, un rey, un padre, no merecía más testigos.

Se desató despacio las grebas, rodilla en tierra, mientras observaba como Príamo estiraba una mano hacia el cadáver lacerado de su hijo. Héctor había sido arrastrado tres vueltas alrededor de la pérfida Troya, mientras desde las murallas bajaban los gritos de dolor por el héroe preferido de esa nación.
Aquiles sintió un escalofrío de piedad. Cuando él muriera en el campo de batalla no habría un padre que pidiera por su cuerpo.
Porque allí moriría. Y pronto. Ya había elegido. No habría para él una vida larga y anónima en los sembradíos de la fértil Ptía. Su vida sería breve y heróica, y los cantos de los hombres harían perdurar su fama por generaciones, pero él no los escucharía. Ya había elegido esa opción en el dilema que los dioses habían fijado como su destino.
Cuando el perro de Agamenón, jefe de los hombres pero líder sólo de su propia ambición, le arrebató a su esclava Briseida, Aquiles lloró por el odio que le produjo la injusticia. Pero luego de que la ira abandonara sus ojos, pudo ver una oportunidad. Se retiraría de la guerra. Se refugiaría en sus naves y dejaría que su cólera fuera la excusa para cambiar su destino con honor. Había conocido el fragor de la batalla y el gusto de la matanza. Era suficiente. Tal vez una mujer y un campo de trigo, sus propias aceitunas y su propio vino, serían un destino más propio a la naturaleza de un hombre, aunque menos atractivo para la lengua de los poetas.
Príamo se arrancaba sus propios cabellos, grises por el tiempo y la ceniza que se arrojaba. Suplicaba por cosas sencillas. Quería lavar el cadáver para tratar de reconocer los rasgos amados debajo de esa mugre de tierra y sangre coagulada. Quería vestirlo con sus mejores ropas. Quería rendirle homenaje junto a la madre, la esposa y los hijos del héroe. Quería convocar al llanto del pueblo que gobernaba y al que había conducido a esa catástrofe. Aquiles escuchaba y recordaba.
En el período en el que duró la cólera del Peleida, los griegos retrocedieron hasta las naves sin poder frenar el avance de los troyanos, envalentonados por la ausencia del mejor de sus enemigos. Los muertos se acumulaban y la guerra parecía perdida.
Fue entonces cuando aparecieron las armas de Aquiles en la batalla. Pero bajo el engañoso disfraz estaba Patroclo, el amigo amado del héroe. A escondidas quiso poner en balance el destino de la guerra. Pero las armas no hacen al combatiente. Héctor lo retó a combate singular y ganó. Sin saberlo, puso un límite a su destino y al de su enemigo.
Aquiles se reconoció en Príamo cuando lloró por días y se arrancó sus cabellos ante el cadáver de Patroclo. Luego de tomar un baño y ofrecer vino al afligido rey, Aquiles consintió en devolver el cadáver de Héctor.
Todos somos víctimas y victimarios en esa cadena de destrucción que tanto satisface a los dioses, da material a los poetas y por la cual funciona la historia, pensó. Pero a nadie confesó sus razones. Podían considerarlo débil. Y eso no lo permitiría.

Photo by kyllaris

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Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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Comments

  1. Espléndido relato. Además de la cuantiosa -y valiosa- información encerrada en un texto tan breve, has escogido unas estupendas composiciones para formar las frases. Aunque no soy muy ducho en el tema -la mitología me gusta, pero con tanto héroe griego me pierdo- me ha encantado la historia que has compuesto, inspirada, supongo, en la Ilíada. Felicidades.

     

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