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—¡Mamá! ¡Papá! —exclamó Matilda—. ¡No quiero ir con vosotros!
La señorita Honey, de pie junto a la niña, se cubrió la boca con las manos. Una gélida brisa recorrió la urbanización, acariciando su vestido de flores. Sus ojos, temblorosos, abiertos como dos lunas llenas, miraban a las alturas.
—¡Quiero quedarme aquí!
«No lo hagas, Matilda…».
—¡Quiero vivir con la señorita Honey!
La bella profesora se estremeció al oír su nombre. Un escalofrío arrasó su cuerpo hasta morir en su garganta, apretándola, ahogando su respiración.
—¡Podría quedarme con ella si me dais permiso!
La señorita Honey miró a la niña, pero al instante sintió la necesidad de devolver su atención al cielo. Hacia el Mercedes Negro.
—¡Vamos, papá! ¡DÍ QUE SÍ!
El coche de la familia Wormwood seguía allí, en el aire, flotando a diez metros de altura, como una pompa de jabón de dos mil kilos.
El señor y la señora Wormwood chillaban y pedían auxilio asomados a las ventanillas. Matilda imaginó a su hermano lloriqueando y acurrucado en el asiento trasero. La imagen le causó un salvaje estallido de placer.
—¡Matilda, por favor! —rogó la señorita Honey—. Dijiste que tu poder había desaparecido. ¿Recuerdas? Estabas tan contenta… ¡Querías ser normal! Por favor, cariño… baja el coche.
Matilda parpadeó muy despacio. Y sonrió.
El Mercedes Negro cayó en un repentino descenso, brusco, antinatural. Se estrelló contra el suelo, escupiendo metales y rajando el asfalto como si fuera de cristal. Los músculos de la señorita Honey se contrajeron en tensión. Los desgarradores aullidos de los Wormwood se disolvieron en la distancia mientras el coche familiar, comprimido como un viejo acordeón, ascendía de nuevo.
El segundo aterrizaje fue más violento, más seco, rabioso. Matilda no pudo reprimir una pícara risita. ¿Te importo ahora, papá? ¿Me prestarías atención, mamá? Ya no me pegarás más, ¿verdad hermanito?
El coche aporreó el suelo sin descanso, arriba y abajo, como el martillo de un herrero poseído. Los chirriantes sonidos metálicos mutaron en ruidos toscos y graves. El chorreo de un líquido aceitoso se unió al desafinado concierto.
De pronto, el coche explosionó y ardió en llamas.
—¡Ya basta! —gritó la señorita Honey.
Transformado en una siniestra pila funeraria, el coche descansó al fin sobre la carretera.
—Ellos no me querían, señorita Honey —Matilda la miró con ojos dulces—. Pero tú sí lo harás. ¿Verdad?
La señorita Honey retorció su pálida expresión y echó a llorar compulsivamente. Alargó los brazos para abrazar a la niña, pero de inmediato se recogió, asustada, repelida, incapaz de aquella interpretación.
—Entonces arda en el infierno, señorita Honey.
Matilda apuntó con la palma de su mano a la profesora. Sus ojos infantiles se calentaron como dos bolas de lava hasta sentir el peso de la señorita Honey en su mente.
La profesora, al sentirse despegar, chilló con todas sus fuerzas. Se retorció en el aire, intentando librarse de aquella fuerza. Inútilmente. Matilda colocó a su profesora favorita sobre el coche en llamas.
La tranquila urbanización se vio invadida de repente por el olor a carne quemada de los pies de la señorita Honey. Las flores de su falda parecían marchitase ante danzantes lenguas de fuego.
—¡¡MATILDA!! —gritó por última vez.
—No. Ya no me llamo así —respondió la niña mientras un líquido caliente, viscoso y rojizo le resbalaba por la entrepierna.

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Escritor a media jornada. Técnico Deportivo el resto del tiempo. Licenciado en Periodismo Internacional. Máster en Periodismo multimedia. Jerezano afincado en Sevilla. Padre adoptivo de un perro fantástico. Mal amante de las auto-descripciones.

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