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Vivir se escribe entre paréntesis, largos e inabarcables paréntesis colmados de puntos suspensivos, admiraciones e interrogaciones. Vivir supone aceptar que en cualquier momento, un golpe de dados pueda hacerte volver a la casilla de salida, entender que ningún camino conduce a Ítaca, esa isla ingrata que nunca enriquece; vivir es viajar y viajar hasta que de repente descubres que realmente tú eres el camino, y que el azar no existe más allá del amor y el deseo. Deslumbrado por la apuesta, yo tan ingenuo que nunca supe elegir la compañía adecuada, me lancé a un abrir y cerrar paréntesis, historias en las que iba dejando mi alma, sin entender que la pasión, con ser mucho, nunca era la única forma de viaje. Afortunadamente me quedó la poesía, mi semejante, aquella que sin preguntas, aceptó ser siempre mi cómplice. Ella me salvó tantas veces permitiéndome elegir entre contarlo todo tal como fue, o como si realmente hubiera sucedido de otra manera. Fue mi “arma cargada de futuro”, me enseñó a resistir y a no aceptar el fracaso como respuesta definitiva. Con ella pude amar de nuevo, reír, confiar, entender que si estás atento a los signos, aparecerá la musa que llenará de bellas historias lo que pensaste que había sido tu última apuesta. Alguien que lejos del desamor, te acompañará un tramo más del camino. De ella aprendí que no importa que sea o no la primera vez, sino que lo verdaderamente importante, es que todo suceda como si fuera la primera vez