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Eso de ser madre es una monserga. Quien diga lo contrario te miente con alevosía. Algo te impulsa a tratar de ser perfecta, y no falta el pequeño detalle que te convierte en el monstruo de mil cabezas.
Martha me insistió tanto en ir a bailar con sus amigos que no pude resistirme. Hacía años que no salía, la atención a mis hijos como prioritaria me lo impedía; de no hacerlo así, tal vez perdería la ayuda de mi familia.
Ese viernes mis principios flaquearon: ¡Qué ganas de olvidarme del trabajo y las obligaciones! ¡Qué deseo de divertirme y bailar como antes, sin parar toda la noche, de tomarme un tequila! Tomé el auricular y le avisé a mi hijo mayor: Voy a salir con mi amiga, duérmanse, llego más tarde.
Fue una noche para olvidar. Bailé hasta agotarme, bebí no uno sino más de tres tequilas, disfruté la música, la comida y el espectáculo tahitianos. La madrugada nos sorprendió en casa de Martha: No puedo dejarte ir a esta hora, descansa y temprano te vas mañana; tus hijos deben estar dormidos, no te preocupes.
Ese paréntesis me costó la pérdida de mi estatus como buena madre. Hasta el día de hoy, mi hijo sólo recuerda el día que los dejé desamparados.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.