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Estoy presa. Que en apariencia pueda moverme libremente es un engaño.
Ella me retiene.

Llegó un día sin avisar y se instaló sin que me diera cuenta.
Se volvió mi sombra.
Intento evitarla, pero no es fácil. A veces la veo, como se ven esos destellos molestos por el rabillo del ojo. Cuando esto sucede, me concentro en otra cosa para descartar su imagen lo más rápido posible. Porque me repugna. Es de lo más extraña y ajena.
La vedad, por más que hago, no logro entender cómo terminó acá, conmigo.
Sé que antes llegaron otras, pero me eran más afines. Como más semejantes. Además, casi ni reparaba en ellas.
En todo caso, cuando me topaba con alguna, el rechazo no era tanto. Hasta me despertaban cierto respeto. Algunas, hasta aprecio.
Aunque también es cierto que, en retrospectiva, las últimas ya me vaticinaban la de ahora.
La de la caricatura grotesca.

Trato de consolarme pensando en su destino.
Debo confesar que, en ese momento, siento algo de pena por ella.
No tiene ni idea de la que le espera. Ser desplazada así, por otra.
¿No es raro despreciar tanto a alguien y, al mismo tiempo, tenerle conmiseración?
Pero: ¿y si ella también sabe que todas pasan? ¿Que las que la sucedan van a ser peor?; ¿Que yo seguiré acá, presa, viendo como todo se degrada y sin poder hacer nada para evitarlo?
La escucho.
No sé si ríe o es que también está llorando

 

mariamercedes

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