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El verdugo podía permitirse parecer más lento o dar la impresión de volar sobre el suelo (firme y duro bajo sus pies), porque sabía que tarde o temprano su hacha cumpliría su cometido. Daba igual que esperara tres horas (con todos y cada uno de sus 180 minutos) o tres años cuyos minutos eran siempre demasiados como para que cupieran en el calendario del condenado. Nadie parecía prestarle atención y no era porque fuera invisible sino justo por todo lo contrario, su presencia era inseparable del devenir de los acontecimientos, tanto que acababa pasando desapercibida. Desde el comienzo del episodio (aquel primer grito que exhalaba un mundo) hasta el epílogo donde los pulmones se cerraban para siempre, el verdugo sabía que era el encargado de abrir y cerrar la historia. La inconsciencia de hombres y mujeres era tal que, aún sabiendo que nunca se detendría, creían ganarle la partida al Tiempo y se demoraban en banalidades dejando dormir “para luego” corazón y mente. Acababan descubriendo la importancia del camino recorrido justo cuando el paréntesis se cerraba.

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
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