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Desde hace algunos años, demasiados ya, mi vida discurre en una frecuente inmersión en el magma de percepciones suprasensoriales. Es decir, todo lo que nos rodea y llega “a pesar” y al margen de los sentidos tradicionales como supuesta única  fuente para identificar e interpretar la información que recibimos del exterior de nosotros mismos.

Muchas serían las anécdotas que podría narrar acerca de sucesos presentidos, intuidos o percibidos como premoniciones, pero respetando los límites establecidos, me limitaré a la más reciente de ellas.

Hace poco, fui invitado a la presentación del Libro 1 de Desafíos Literarios. Confirmé mi asistencia, pues brindaba la oportunidad de conocer personalmente a mis amigos Mercedes y Enrique, a los que he llegado a apreciar sinceramente.

A fuer de ser sincero, mi motivación principal era ésa y una cierta curiosidad por el libro de relatos del colectivo que justificaba su existencia, pero sin la menor pretensión de comprarlo por las limitaciones de un presupuesto en franco desequilibrio frente a la lista de libros para comprar que me crece día a día, por no mencionar el volumen desmesurado de los que tengo pendientes de leer.

Circunstancias imprevistas truncaron mi propósito y, lamentándolo sinceramente, no pude asistir a la citada presentación. Tuve que conformarme con la retransmisión del vídeo que se hizo del acto… Algo es algo y, como dije entonces, fue otra forma de estar presente.

Hasta aquí, nada especialmente notable que justifique este breve relato.

Sin embargo, y sin motivo aparente, sentí la necesidad de enviar un mensaje a Mercedes pidiéndole que me reservaran un ejemplar del libro dedicado por ella y por Enrique, con el que más tarde podía tener un encuentro en cualquier otro momento.

Puedo asegurar que no fue una decisión racional. Fue cualquier cosa menos eso, por los motivos ya expuestos. Yo mismo me sorprendí y traté de encontrar una explicación para ese impulso repentino que no tenía lógica alguna en mis circunstancias.

Hoy, cuando ya lo he leído y me alegro de que esté en mi biblioteca, comprendo que lo ocurrido fue una premonición de que acabaría contándolo aquí.

Francisco Rodríguez Mayoral
Soy un madrileño universal que se impregnó de luz mediterránea en Barcelona y Cataluña durante la mitad de su vida. Ahora resido cerca de Madrid, después de haberme embriagado de naturaleza en el pueblecito Revilla de Pomar de la Montaña Palentina. Mis pasiones son mis tres hijas, mis cuatro nietas, el amor, la pintura y la lectura. Mis aficiones incurables, la fotografía, la música, pensar, escribir y las tertulias interminables con amigos. Mi mayor vicio adictivo, la curiosidad insaciable que me arrastra inevitablemente a buscar nuevas respuestas a las viejas preguntas y a plantearme nuevas preguntas sobre las viejas respuestas. Diletante autodidacta y heterodoxo en la práctica de la pintura artística y la redacción de textos y construcción de poemas.
Francisco Rodríguez Mayoral

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