“Tú, hijo mío, llegarás a algo en la vida”. Levantó el cuerpecito que acababa de estrenar el mundo fuera del cuerpo de su madre y pronunció aquella sentencia como si, por el hecho de decirla en voz alta, fuera a convertirse en realidad. “Llegar a algo”… Ahí llegamos todos, pero el “algo” de Luis tenía que ver con una abultada cuenta bancaria y una posición social que tenía poca relación con nobleza de carácter y espíritu. Más tarde descubriría que los hijos sí tienen que ver en algo con las transacciones bancarias que estaba habituado a gestionar a diario. Son préstamos, los hijos son préstamos y la única inversión en ellos debe consistir en lanzarlos al mundo. No deben después de eso poner su vida a disposición de los sueños paternos.

La madre contemplaba, convaleciente de la batalla que acababa de librar, como el pequeño no inspiraba en su padre ternura sino la posibilidad de moldear a aquel “miniyo” a su imagen y semejanza. Los pálpitos que tenía respecto a las cosas y personas que amaba, rara vez no se cumplían. No le sorprendió que su valiente hijo pusiera, veinticinco años después, en manos de su padre las llaves del deportivo y del piso de la playa, y renunciara a seguir sus pasos como economista para irse al otro lado del mundo, a una ciudad pequeña donde no sería “algo” pero sí ALGUIEN.

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
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Comments

    1. Gracias Jota Émme. No debemos olvidar nunca que los hijos son sólo un préstamo, un regalo que ayudamos a crecer, independientes en su propia esencia desde el mismo momento en que respiran por sí mismo. Jamás un “miniyo”. Besos.

       

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