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La vista del apartamento en el que íbamos a pasar unos días de descanso me dio mala espina desde el primer momento. Era bonito y bien amueblado y mi marido adujo que ya no podíamos cambiarlo después del dinero que habíamos dado por adelantado. Dejando de lado mi aprensión, accedí para instalarnos. Total, solo íbamos a estar cinco días.

Preparé a los niños y después de tomar un suculento almuerzo, nos fuimos a la playa. El día era precioso y lo pasamos estupendamente. Ya de vuelta, entramos al super para comprar algo de cena. No había ascensor y entre los bártulos de la playa, las bolsas y los niños, llegamos agotados al cuarto piso. Mi marido abrió la puerta y al empujar para entrar casi se rompe la nariz: la cadena estaba echada.

Soltó un taco y nos quedamos mirándonos asombrados. ¿Quién se encontraba dentro…?

Era nuestra planta y la llave abrió la puerta del apartamento por lo tanto, no nos habíamos confundido.

Hizo sonar el timbre unas cuantas veces,  y cuando ya estaba a punto de dar una patada para acceder al interior, la cara asombrada de un joven desnudo apareció por la rendija que dejaba la cadena.

—¿Qué pasa…? — dijo casi gritando. ¿Cómo han abierto la puerta…?

Mi marido, enfadado contestó también de mal humor

—Tenemos alquilado este piso y no se porqué no puedo entrar. ¿Qué haces tú aquí…?

El chico quedó en silencio de repente. Cerró de golpe y oímos como le decía a alguien que tenían que marcharse.

Al poco, abrieron la puerta y ante nosotros pasaron dos chicas, el joven que nos había increpado y otro más. Sin decir una palabra, bajaron por las escaleras dejándonos estupefactos y bastante enfadados.

El hijo, sin saberlo su madre, utilizaba el apartamento como lugar de encuentros para parejas.

 

 

Nicole Regez

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