Son las tres de la tarde y es sábado. Tengo 7 meses de embarazo, espero un niño a quien llamaré Juan Sebastián. Me hace sentir feliz mi dulce espera, pero al mismo tiempo hoy me siento triste porque mi niño parece que llega pronto y sus pulmones no se han desarrollado lo suficiente para los siete meses de embarazo que tengo. Estoy esperando a Clara, mi prima bacterióloga que muy amablemente se ofreció a ponerme las inyecciones para madurar los pulmones de mi niño. Estoy orando a Dios para que él nazca sin problema alguno de salud, pero es una falacia ya que el líquido anmiótico se ha vaciado un cincuenta por ciento ya, me dijeron los medicos ayer. Me pongo a cantarle “Pinocho es un mueco muy majo…” y me quedo mirando mi pino canadiense que está justo frente a la ventana de mi cuarto. De pronto veo una cajita pequena blanca, es su ataud, está allí Juan Sebastián. Me desperté atónita de lo que vi y lloré mucho. Es una premonicion cumplida. Mi hijo nació 4 días después un miercoles y vino a este mundo llorando. Eran las diez de la noche y ya me habían aplicado valiun para dormir ante tanto dolor en mi corazon pero no lo lograba. Me levanté de la cama y me fui al escritorio de las enfermeras para preguntar por mi hijo pues estaba en cuidados intensivos de neonatos  porque tenía una infección en todo su cuerpo. Había muerto diez minutos antes.

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