La frente perlada de sudor frío y el corazón a mil por hora la despertaron en medio de la noche. Observó cómo a su alrededor en apariencia todo seguía en orden, pero la opresión que sentía en el pecho parecía indicarle lo contrario. Mentalmente pasó revista a sus seres queridos y pensó que no había de qué preocuparse: todos se hallaban en lugar seguro. Del susto se le había resecado la boca, de modo que se levantó a beber a agua.
A continuación se mantuvo asomada al balcón durante unos minutos porque la vista de los árboles del parque siempre le producía paz y la llenaba de armonía: un pedacito de naturaleza del que le gustaba disfrutar. Luego se volvió a acostar tratando de conjurar aquella pesadilla que la había perturbado. Pero no era fácil. Estaba más nerviosa de lo que quería reconocer. Hizo todo cuanto sabía por volver a coger el sueño, desde el tradicional contaje de ovejitas a técnicas de relajación de lo más sesudas. Nada parecía surtirle el efecto deseado.
Continuó dando vueltas en la cama hasta que empezaba a clarear. Oía también cantar a los pájaros, que a su manera daban la bienvenida al nuevo día. Casi sin querer y cuando ya prácticamente era la hora de levantarse, se quedó dormida. Entonces casi se le para el corazón al oír el inmisericorde sonido de la alarma. «Me parece que va a ser un mal día», pensó mientras distraída apoyaba el pie izquierdo en el parqué.

 

Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. Empecé con relatos y poemas y acabo de publicar mi primera novela, La luna en agosto.

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