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Llevaba tiempo allí aislado, en completo silencio y soledad. No recordaba desde cuando esto se había transformado en rutina; solo me dejaba llevar, con la mente en penumbras y el pensamiento difuso.

Sin embargo aquella noche algo sucedió, algo que demolió la placidez de mi perenne monotonía. Entre la bruma rojiza que me rodeaba constante, alcance a divisar el dolor de un rostro frente a mis ojos y, si he de ser sincero, únicamente lo percibí porque…me resultaba familiar.

Siempre consideré que estaba muerto y obviamente, enterrado en mi propia tumba. Un fantasma negándose a partir – eso, si es que existía otro plano más allá de la finitud de nuestras cortas vidas –

-¿Qué estaba sucediendo? – me pregunté mientras destellos principiaban a irradiar fulgores contorneando formas a mi alrededor. Retrocedí, esto no era en modo alguno una manifestación espectral y mucho menos, una tumba.

Poco a poco comencé a recuperar algunos de mis sentidos, mis manos temblaban, mi ropa humedecida. Entonces, tenue, una premonición se hizo tangible en este extraño despertar de lucidez incipiente.

Los sonidos también se hicieron claros. Especialmente el acelerado trepidar de mi corazón. Cuando intenté restregar mis ojos note que en una de mis manos sostenía un objeto alargado. Centrando la vista sobre el mismo, note el brillo platinado y metálico de la hoja ensangrentada de un cuchillo cazador. Fue cuando miré hacia abajo y la vi. Estaba muerta, desmembrada y era nada menos que mi esposa. Grite.

–¡Cariño qué sucede! ¿Otra vez la misma pesadilla?—preguntó ella encendiendo la luz de la veladora junto a nuestra cama.

–Si—contesté lacónico—esto debe terminar ¡Ya no lo soporto!—exclame repentino mientras daba un salto fuera de la cama.

Contemplé a mi mujer con honda pena…y fui la cocina en busca de mi cuchillo cazador.

© MARCELA ISABEL CAYUELA
(Derechos Reservados)

Photo by Flor de suenio

Marcela Isabel Cayuela

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