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Lo primero que he hecho tras salir del psiquiátrico esta mañana, tras mes y medio de estadía y pensar tanto que casi enloquezco de veras, es tatuarme un punto y coma tras el lóbulo de la oreja derecha, por si había dudas. El distintivo de los suicidas vivos, un recordatorio para no olvidar, cincelado con cierto disimulo para acreditarme como parte del selecto club, más numeroso del que nadie querría reconocer. Además, no puedo ocultarlo: el episodio fue tan sonado que se enteró todo el mundo, así que lo mismo da esa cicatriz. Ya he tenido que escuchar los “ni se te ocurra volver a…” y esas lindezas que rayan en lo teológico. Lo que no saben es que estoy embarazada. Una vez quise morir por ello, tan incapaz me autovaloré; lo he reconsiderado y creo que sólo más vida saldará cuentas con esta perra vida. Punto.