Esta historia me la contó mi padre.

Estaba en un campamento militar en Cabo Ifni (África) sirviendo a la patria. Una patria desangrada por la lucha entre hermanos. La vida era muy dura, se alimentaban básicamente de arroz. Era dura para todos, tal vez más para los “mandos” que para la tropa ya que la mayoría de ellos eran muy jóvenes y a esas edades por dura que sea la vida siempre se encuentra algo que impele a seguir adelante. Un capitán con más años que ganas, lo pasaba bastante mal y solía paliar la alta tensión que lo enardecía con una botella de alcohol.

Un día mientras dormía la “mona”, uno de sus perros preferidos amenizó la siesta del dormido con sus ladridos hasta que lo despertó. El capitán montó en cólera, cogió la pistola y la descargo sobre el animal creyendo que así suavizaría aquel estado de tensión que ya no soportaba. El perro, aullando de dolor, salió del campamento y desapareció.

Todos pensaron que el animal había ido a morir en el desierto. Al cabo de poco más de una semana el perro volvió. La mano insegura del capitán, a causa de la borrachera, no acertó con todo el cargador y el animal quedó herido solamente.

Llegó con su manera perruna de andar y moviendo la cola alegremente al saberse otra vez en “casa”. Lo primero que hizo fue llegar hasta el capitán y lamer la mano que lo había herido.

Aquel hombre, con los ojos llenos de lágrimas, derrumbó como un castillo de naipes, la tensión tan altamente acumulada y dejó de beber.

 

 

Desafío Relámpago
Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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