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Peligros del laberinto: Por Puri Díaz de Lamadrid
Con 625 palabras
Aquel antro estridente y oscuro, alteró su estado de ánimo. Era tarde para echarse atrás. Pasaría la noche ahí tal y como se prometió, pese a la lugubredad del ambiente.
Una corriente de frio se acentuó entrando por la pequeña ventana cubierta por telarañas que ahora se aireaban. Quiso cerrarla, pero los polvorientos cristales del marco, vibraban con cada pequeño intento de ser movidos; la vieja madera se resistía atascada por una antigua humedad. El continuo sonido chirriante y desapacible del techo no ayudaba a tranquilizarse.
Volvió a pensar en su idea de descansar ahí esa velada. Al mirar tras la ventana, alguien le parece correr entre las sombras de la noche sin ningún motivo aparente.
-¿Quién anda ahí? Preguntó alzando al viento la voz temblorosa. El bulto en movimiento se paró en seco mirando a su dirección abanderando unas faldas o túnica tal vez azulada. De pronto le acariciaron la cara las telarañas mal quitadas y entre polvo y aire le irritaron los ojos.
Al agudo sonido del ambiente se le sumó una música tántrica cuyas palabras no le aportaban ningún significado nuevo. Sólo miedo; un miedo excitante, eso sí. Quien corría cambió de dirección, alejándose. Entonces, los ojos de la misteriosa mujer que había advertido en el parque, sin entender muy bien por qué, se presentan revoloteando en sus pensamientos.
Sin motivo también comenzó a imaginarse rodeado de gente. Afrontar esa noche acompañado hubiese sido mejor idea que venir solo, recapacitó sabiéndose perdido en el laberinto.
Debió acercarse a esa mujer de ojos penetrantes. Caminaba muy segura. Como si ella si supiera por donde se andaba; pensó. Encendió un cigarro. Hacía frio y aun no sabía donde se encendía la luz. Aquellas paredes no tenían contactos o interruptores por ninguna de las entradas que palpaba entre la tenue claridad de pequeños rayitos casi estelares que venían desde el castillo de arriba. Siguiendo uno de esos potentes focos, deslumbró una extravagante llave. La llave brillaba potente tirada en un rincón. Se acercó a cogerla de un impulso, como si ésta le imantara. Al llegar a ella, una simple mota de polvo, le llamó poderosamente la atención.
Advirtió de pronto que la música armoniosa no se percibía ya, como tampoco las sonoras estridencias anteriores. En la mano, la llave le relievaba un ojo con la pupila de polvo, y sus siete dientes, le mordieron a buscar que abrir con ella. Empezó a sentirse eufórico y moverse nervioso por lo que en un principio había considerado antro. El refugio que había elegido para parar en tal laberinto, podría estar lleno de sorpresas e incluso, tal vez, de las respuestas que necesitaba.
Ruidos de afuera volvieron a inquietarle descubriendo otra ventana por donde asomarse; oscura como la boca de la noche, la ventana, manifestó un grupo de gente con linternas que se amontonaban a saber porque motivo en un espacio abierto. Volvió la música tantrica desde lo que parecía un viejo transistor de los años ochenta, a hombros de un fornido tipo.
La desconfianza que le impidió acercarse a la última mujer que había visto por los contornos, también le alarmaba ahora. Sin embargo, esa gente, bien podría estar en su misma situación buscando una salida.
Apretó la llave en su mano izquierda y sigiloso salió, para espiar al grupo de cerca. Cuando, al dar la vuelta de la casa, acercándose, el grupo ya se iba alejando, remando por un río. Las linternas se iban apagando con la mirada adelante. Sólo quedó una discreta que guiaba.
“¿Sólo o acompañado?” Esa era la cuestión. Antes de que le diera tiempo a vocearles, sintió una penetrante punzada en la nuca. _¡MUJER!¿ Pero tú sabes los ojazos que tienes?
Mira que la monto, pensó ella riéndose al verle caer al agua.

Autora de" Su destino en la tatión" , novela interactiva publicada en 2001, además de algunos micro-cuentos y relatos desperdigados por la red. Reiniciando me.

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