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Jamás se vieron nubes más hermosas, por eso nuestra comunidad en la selva lacandona era todo un éxito. Cuando mis padres con una visión distinta me mandaron a estudiar en Tuxtla Gutiérrez, la capital del estado, jamás imaginaron que al regresar mis ideas serían la base para que nuestro pueblo cambiara.
Hoy, después de ocho años de luchar junto a todos los pobladores y cuando nuestro sueños ya se han hecho realidad con el éxito del centro eco turístico ejidal que hemos fundado, la lluvia me despierta como cada mañana, desde que regresé al culminar mis estudios, recorro los caminos que me llevan hasta el mirador de “los cedros intocables” y al observarlos ahí majestuosos y en todo su esplendor, no puedo sacarme de la cabeza la sensación de que ambos quieren contarme algo, pero esa sensación desaparece cuando el sol comienza a abrirse paso entre las nubes y me recuerda que debo regresar pues los turistas ya deben estar listos para comenzar su aventura después de desayunar.
– Buenos días, les presentí a Yunuen, él será su guía el día de hoy – dice Dayami (diosa del río) al verme entrar al comedor del centro eco turístico
– Su nombre significa “príncipe del agua” y en verdad es el rey de este lugar, por favor sigan sus instrucciones y ante cualquier duda o necesidad que tengan durante el recorrido diríjanse a él por favor. Espero que tengan un día maravilloso.
Así comenzó el trabajo de ese día, pero en cuanto vi su rostro, me di cuenta que este sería un día especial. Seguí todo el protocolo: Me presenté en espalo y en inglés, de igual forma les di las instrucciones básicas del paseo y para romper el hielo hicimos un pequeño juego con el fin de conocernos y que todos se presentaran. Al final de esta actividad, todos escribieron su nombre en un papel que pegaron a su ropa, el nombre de ella me sorprendió: Theés.
El grupo era pequeño, no más de quince personas, algo sorprendente para ser temporada de lluvias, pero muy satisfactorio pues hablaba del éxito del parque.
El día pasó sin ningún percance y con la satisfacción de los visitantes, sin embargo, yo me sentía insatisfecho al haberme percatado de Theés parecía rehuirme.
A las diez las luces se apagaron, a lo lejos el agua de las cascadas servía como arrullo, invitando a todos a dormir. Después de intentar hacerlo y no conciliar el sueño, saque el pequeño cabo de vela que guardaba para esas ocasiones, saque mi cuaderno y comencé a escribir hasta que la luz se extinguió.
El día siguiente los turistas gozaban de un día libre en la comunidad, y nosotros solo vigilábamos a una distancia prudente que no sufrieran ningún accidente. Como era costumbre yo era el vigilante del Mirador de “los cedros intocables”, lugar en el cual los enamorados del rappel, no en pocas ocasiones, aún los más expertos habían tenido problemas para llegar por la pared escarpada hasta esos gigantes que parecían impedir con algún hechizo que alcanzaran su cumbre. En ese lugar me encontraba intentando dibujar a los dos enormes árboles para desentrañar su secreto, cuando escuche unos pasos ligeros pero apresurados que se acercaban. De alguna manera, antes de verla, sabía que era ella.
En su rostro se dibujó la sorpresa al verme, pero su educación le impidió volver sobre sus pasos. Yo le saludé educadamente y continué con mi trabajo.
Ella llevaba en sus hombros una mochila con todos los implementos necesarios para escalar la pesada pared y al observar de manera disimulada como se aprestaba a acometer la montaña me di cuenta que era una mujer versada en estas actividades. Me mantuve callado durante todo el tiempo, pero expectante. Mi admiración creció al verla subir sin dificultad alguna, pero al bajar y cuando ella se encontraba a mitad de la pared, algo sucedió, no fue impericia ni negligencia, más me pareció que alguien había intentado desde el mirador que coronaba la escalada hacerle daño, intentando aparentar un accidente. Afortunadamente era una experta y pudo evitar la caída, pero se encontraba en peligro, así que me vi en la necesidad de auxiliarla. Cuando al fin tocamos el piso su sonrisa fue mi mejor premio.
– Gracias, no sé qué habría hecho si no hubiera estado ahí- me dijo con una voz que me hizo ponerme a volar-
Por primera vez en años, no pude contestar pues mi voz temblaba y no se atrevía a salir de mi garganta. Theés tomó mi mano en señal de agradecimiento, y de alguna manera mis brazos con voluntad propia la rodearon, sin que ella los rechazara, echándose a temblar, desahogando así la tensión de la que había sido presa. Así nos quedamos durante algunos minutos que a mí me parecieron los más hermosos de mi vida. Después ella con delicadeza se soltó de los mismos, levantamos su equipo y nos dirigimos a las cabañas del centro.
Esa noche, al dormir una serie de pesadillas turbaron mi sueño, en ellos si bien lograba que Theés me amara, seres invisibles nos separaban de una u otra forma, haciendo que nuestra unión fuera imposible.
Al día siguiente agotado comencé la visita con el grupo de turistas hacia el Cañón del Arco iris, y la licuadora para finalizar en las pozas donde ellos podían disfrutar de las aguas del río sin peligro alguno.
Mi sorpresa se hizo mayúscula cuando Theés, me saludó cordialmente desde el primer momento, acompañándome durante todo el camino sin alejarse nunca de mí. Nuestra plática parecía como si fuéramos dos personas que nos conociéramos de toda la vida. Por fin me enteré que sus padres eran de ascendencia griega, de ahí su nombre. Pero fuera de eso, parecía que nuestros gustos coincidían en todo: Música, actividades deportivas, afición al cine, gusto por la pintura y la lectura, así como por escribir en nuestros ratos de ocio. Ese día me pareció el más corto de mi vida y tal vez lo fuera, pero también el más feliz.
Cuando llegó la noche, nos despedimos con ganas de que pronto fuera de día para vernos nuevamente.
El día llegó con la brisa matutina de una lluvia pequeña. Las Nubes se despertaban a la vida, llenas de los cantos de las aves y el color de las mariposas. Ese día nos tocaba realizar senderismo hacia el Cañón de Peña alta hasta llegar al Mirador de “los cedros intocables”. Todo parecía perfecto, ya en las alturas, los visitante podían regresar en el momento que quisieran siguiendo el camino que se encontraba señalizado. Uno a uno los visitantes fueron alejándose, pero Theés se quedó conmigo hasta el final. La tarde comenzaba a caer y la lluvia amenazaba con ser torrencial, el negro del cielo así lo presagiaba. Ella se negaba a dejar el lugar, pues la vista desde ese lugar es la más maravillosa.
– Debemos irnos –la conminé-
– Pero estoy tan a gusto aquí, me parece como si yo fuera de este lugar
– Será porque tu belleza se une con la de la naturaleza.
Ella me sonrió.
– Eres muy amable
– Simplemente estoy maravillado con tu persona
– Haces que me sonroje
– Porque eres una chiquilla dulce
– Cuántos años tienes tú – me preguntó inquieta-
– Soy lo bastante viejo para saber que debemos irnos
– Dime tu edad
– 32 años
– Yo tengo 19
Cuando ella me dijo eso me sentí un anciano. Pero las primeras gotas me sacaron de mis cavilaciones.
– Debemos irnos a prisa, o de lo contrario podemos correr peligro.
Ella me tomó de la mano y me dijo: Corramos
Yo me sentí feliz, por su gesto, pero mi mente me advertía que habíamos esperado demasiado. Por ello en lugar de dirigirme hacia las cabañas, encamine nuestros pasos hacia un refugio cercano a la licuadora y en pocos minutos llegamos hasta ahí, pero estábamos completamente empapados.
Ya en el lugar traté de resguardarnos lo mejor que se podía cerrando las puertas del albergue, y para entretenernos, saque la libreta que siempre me acompañaba y comencé a leerle un cuento que había escrito de un sueño recurrente y sin sentido que por años sentía que me atormentaba. Ella, con sus dedos tocó mis labios y me dijo hablemos de otra cosa.
– De acuerdo- le dije- ¿De qué quieres que hablemos?
– Sabes por qué no me atrevía a hablarte –me dijo Theés-
– Pensé que te era antipático.
– En absoluto, desde que llegué sentí que estaba predestinada a quedarme en este lugar, y cuando te vi, no pude ni hablar
– ¿Tanta fue tu animadversión?
– Creo que algo nos une desde hace mucho tiempo – fue su respuesta-
La tormenta afuera arreciaba. Los rayos surcaban el cielo como si lo estuvieran desgarrando. Sin embargo, sin razón alguna todo quedó en silencio. Eso me produjo un desasosiego inmenso, por lo que le pedía a Theés que callara, pues no era normal que una tormenta amainara de esa forma. Por ello me dirigí hacia las puertas del albergue y lo que vi me hizo regresar a una vida pasada. Al darme cuenta de eso, me volví hacia Tés. Ahí estaba ella, tan asombrada como yo.
Ambos estábamos ahí, pero parecía como si hubiéramos regresado el tiempo en un instante. Nuestras ropas no eran las mismas, yo volvía a ser el “príncipe del agua”. Entonces lo comprendí todo. Estábamos condenados a revivir esa historia una y otra vez. Ella también lo intuyó y se abrazó a mí. Fuera de la cabaña, estaban su pueblo y el mío, enojados a punto de la guerra. Ambos habíamos cometido el pecado más grande que pudiere darse. Theés era la prometida de mi padre, su pueblo la había llevado a nuestro reino para evitar una guerra, pero ella me amaba a mí. Eso no podía ser. Nuestro amor era prohibido y ahí estaban ellos para hacer justicia en nosotros. Yo estaba condenado a morir, y ella a ser la reina del lugar. Entonces, tome el cuaderno y de manera apresurada escribí: Esta no es una historia más para desafíos literarios, esta es la verdad que se repite nuevamente. Coloque el cuaderno en uno de los estantes del albergue, miré a Theés a los ojos, y entonces nos dimos cuenta que ambos sabíamos lo que teníamos que hacer.
Corrimos hacia la pared de “los cedros intocables” y ayudándonos por las lianas que crecían en la selva comenzamos a subir. Muchos Guerreros de ambos pueblos corrieron en pos de nosotros, pero no pudieron darnos alcance. Entonces trataron de cortar las lianas, pero parecía que la madre naturaleza estaba a favor de nuestro amor. Sabíamos que si alcanzábamos las alturas, se nos perdonaría la falta. Entonces fue cuando escuche la voz de mi padre y del padre de Theés que con voz firma y fuerte ordenaban a los guerreros tomar sus arcos y flechas para disparar contra nosotros.
Theés volvió su mirada hacia mí, faltaban escasos dos metros para llegar a lo más alto, sabíamos que podíamos hacerlo, entonces vi en sus ojos el dolor. Una flecha la había alcanzado. Rápidamente me balancee en la liana y aún pude alcanzarla, pero sus ojos se veían ya velados por espeso manto de la muerte. Sus manos soltaron la liana, pero yo pude tomarla con un brazo, finalmente logre rodearla con ambos brazos, al momento que nuestros cuerpos unidos caían hacia el abismo. Cuando al fin tocamos el suelo, nuestros corazones dejaron de latir al unísono. Entonces la tormenta comenzó de nuevo, haciendo que el camino se volviera un río de rápidos furiosos, que así unidos nos condujo hasta el fondo del terrible remolino conocido como la licuadora.
Al día siguiente, comenzó la búsqueda, pero esta resultó infructuosa, la licuadora no regresa nada.
Ambos observábamos con atención desde nuestra posición privilegiada en el cañón de peña alta, coronado por nosotros “los cedros intocables”, en espera de que nuestra historia se repita una y otra vez.

Maradentro

Me enamoré de los relatos siendo una niña sobre el regazo de mi madre, desde entonces los libros me acompañan, con ellos viajo a mil lugares. Mis cuentos en ocasiones ficción, en otras realidad o combinación de ambas, quién lo sabe...

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