Los dos detectives se dirigieron rápidamente hacia allí. No les apetecía en absoluto dar la mala noticia al padre, pero era parte del trabajo.
Eljall estaba alojado en una suite. Les recibió en la sala previa al dormitorio y les invitó a sentarse en el inmenso sofá.
—Señor Eljall. ¿Desde cuándo no ve a su hija Lamya? —Fue Schneider quien habló.
—Hace su vida en Londres y apenas la he visto en los últimos años. —El rostro de Eljall se crispó cuando comenzó a hablar de ella. Se notaba que abordaba un tema espinoso—. Fue una etapa muy difícil de superar porque no acataba mi autoridad ni la de su madre y no quería seguir nuestras normas. Ahora ya no pertenece a nuestra familia. Ella lo quiso así…
No se esperaban ese tipo de respuesta. El hecho de que la relación entre ambos fuera tan tensa acababa de convertir al padre en su primer sospechoso.
—Me apena oírle decir eso —dijo Farid circunspecto—. Aún así, tengo la triste obligación de comunicarle que esta mañana se ha encontrado su cuerpo en el Isar.
A pesar de la fatal noticia, el rostro de Eljall se mantuvo pétreo, sin rastro de emoción.
—Me haré cargo de sus restos. Cumpliré con esa dolorosa obligación —contestó de manera escueta, aunque con un ligero temblor en la voz—. Es lo último que puedo hacer por ella.
—Me temo que no es tan sencillo, señor Eljall. En estos momentos hay una investigación abierta. Hasta que no concluya no le podremos entregar el cuerpo. Dígame: ¿Sabía que ella estaba en Munich? — añadió Schneider.
—Sí —admitió sin ambages—. Nos vimos ayer por la tarde en los jardines situados bajo el puente de Maximilians.
Schneider y Farid pusieron los ojos como platos. Nunca habrían esperado tanto de lo que, en principio, tan solo era una visita de cortesía.
—¿Y qué pasó? ¿Nos lo puede contar? —le preguntó Farid.
—No se imaginan lo que sentí al verla después de tanto tiempo. ¡Mi única hija! ¡Mi niñita! ¡Estaba radiante! Olía a jazmines y tenía la mirada serena. Vino con su niqab, lo cual me complació. Entonces hicimos las paces. ¡Ojalá todo hubiera quedado ahí!
Los dos detectives cruzaron entre sí una mirada cómplice, pero permitieron que Eljall continuara hablando sin interrumpirle.
—Entonces le desprendí el velo para besarla, vi esa cosa horrible que llevaba en el labio y se me volvió a romper el corazón Me puse furioso, pero me contuve. Tan solo le supliqué que se la quitara…
—¿Y ella le hizo caso? —le preguntó Farid, al ver que se había detenido.
—Todo lo contrario. Se exaltó y discutimos de manera acalorada. Me dijo que quería vivir la vida a su manera. Que yo no tenía ningún derecho a entrometerme. Que ese era el motivo por el que jamás volvería a casa. Luego me confesó iba a tener un hijo sola. No tenía intención de casarse con el padre. Estaba completamente decidida. ¿Se figuran el dolor que eso me produjo…?
Su rostro perdió la rigidez por unos instantes y dejó escapar un sollozo apagado, pero se recompuso al instante.
—¿Entonces, qué más ocurrió?—dijo Schneider muerto de impaciencia. Sabía que Eljall estaba a punto de caramelo.
—Simplemente perdí los estribos. Quise abofetearla pero ella me esquivó. Forcejeamos y le arranqué el maldito piercing, o cómo se diga de un manotazo. Vi la sangre correr y en ese momento me volví loco. La agarré por el cuello y apreté y apreté… hasta que se desplomó en mis brazos como una muñeca de trapo. Luego me di cuenta de lo que había hecho y la arrojé al río. Fue lo primero que se me ocurrió. Pensé que la sangre y el agua se unirían para lavar mi afrenta. Eso es todo, agentes.
Los detectives habían escuchado el testimonio con mucha atención. Fue la confesión más fácil que hubieran obtenido nunca. Se alegraban enormemente de haber resuelto el caso con tanta rapidez. Schneider tendría su fin de semana libre y ambos se ahorrarían otra engorrosa visita al doctor Neumann. Pero Farid no pudo resistirse a hacerle una última pregunta.
—¿Por qué nos lo ha puesto tan fácil, señor Eljall?
—¡Veo que quieren saberlo todo! Una actitud muy previsible por su parte. —Sonrío con sarcasmo—. Se lo diré. Desde que les vi entrar, supe que antes o después averiguarían toda la verdad, de modo que no tenía ningún sentido demorar lo inevitable. Ahora, si me permiten despedirme de mi esposa iré adónde quieran llevarme. Y por favor, una última cosa. ¡No me juzguen con demasiada dureza! Lo crean o no, yo quería a mi hija.
Fin

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitariotengo dos libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños", un libro de realtos "Y amanecerá otro día" y una novela "La luna en agosto". Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

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