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A algunas personas les cambia la vida sin que ellas se den cuenta. Ahora que soy viejo y poco me queda por ver, me pregunto cuándo cambió la mía. Siempre tuve la sensación de que fue el día en que conocí al Patrone, pero quizás me equivoco. Las cosas ocurren por algo y si yo no me hubiese tirado a la mujer de O’Donnell quizás Beppe Bartali no me hubiera llamado. Pero si O’Donnell no hubiera matado a mi padre, quizás hubiera salido huyendo asustado el día en que aquella mujer se me insinuó. Al fin y al cabo, cuando lo empecé a hacer, sabía que su marido era un gánster de gatillo fácil, de ahí su alias.
En toda familia hay un padre y un hermano mayor. Estaba claro que en aquella familia me correspondía ser el benjamín, el recién llegado. Pero Bobby Farrell me adoptó como el hermano pequeño que nunca tuvo. Desde ese primer día en que íbamos a ver al Patrone, comenzó a hablarme sobre cómo debía de comportarme y qué se esperaba de mí. Estuvo hablando conmigo de camino a la taberna del ahorcado en donde desayunamos y también después, de camino a ver a mi madre.
Cuando el Buick se detuvo en el 23 de la 32 en dónde vivía, Mike, que no había abierto la boca salvo para eructar complacido tras dar cuenta de aquellos gloriosos huevos trufados, me advirtió de algo.
– Chico, tienes que saber que anoche tu madre no se tomó nada bien que no fueras a dormir. Tendrás que soportar una reprimenda. Lo harás sin inmutarte, como los hombres. Se suave con ella.
Salí del coche, pero apenas había iniciado el camino en dirección al portal, cuando Mike volvió a llamarme obligándome a girarme de nuevo.
– Psss – me chistó.
Por la falta de costumbre no sabía dónde poner el revólver. La noche anterior, cuando me abordaron vestía un pantalón, con camisa y chaleco fino de lana. Era una noche cálida de verano y no hacía falta mucha más ropa. Al principio me había metido el revólver en uno de los amplios bolsillos, pero al salir de la taberna del ahorcado después de desayunar me lo había metido en la cintura por dentro del pantalón con la culata hacia fuera de tal modo que se veía el arma.
– Chico, si llevas así el revólver, un día te vas a quemar los huevos… eso si no te trinca la pasma antes. Mejor guardarlo en un bolsillo hasta que te demos una funda para ocultarla bajo la americana.
Cuando entré en mi casa, lo primero que vi, fueron los ojos preocupados de Ornella que salía de la cocina con su camisón de dormir llevando una taza humeante de café en las manos. La depósito con cuidado en la cómoda del recibidor y me abrazó dándome un tierno beso en el cuello.
– Hermanito, creo que ésta noche sí que la has liado. La “Mamma” está muy enfadada. Mejor que pases a la sala, le llevaba éste café, ¿quieres tú otro?
– Ya desayuné hermanita. Voy a verla. Ya se lo llevo yo – dije tendiéndole la mano a la taza.
– De acuerdo, tenéis cosas que aclarar. Estaré en la habitación si me necesitas – me dijo dándome otro beso.
Recuerdo como si fuera hoy mismo la actitud de mi madre sentada en la pequeña mesa camilla de la sala. Los codos apoyados en ella y las manos entrelazadas adelante. La cabeza abajo y la mirada perdida en las filigranas del mantel como si repasase que todo estuviera en su sitio y ningún ornamento se hubiera fugado. Me acerqué y le di un beso en la mejilla que pareció no sentir.
– Buenos días madre – dije dejando la taza delante de ella.
Isabella Marconi se levantó, me miró a los ojos de frente y sin mediar palabra me cruzó un bofetón en la cara que encajé con entereza como me había indicado Mike. No me dolía el rostro, a pesar de la violencia del cachete, sino el corazón, pues era la primera vez que mi madre me ponía la mano encima. Tuve que tragarme mi orgullo y, de paso, devorar en un segundo los restos del niño que llevaba dentro. Ahora era un hombre y los hombres no lloran ni se quejan. Si cualquier chico de la calle se hubiera atrevido a hacerme eso se hubiera tragado el adoquín más cercano hasta que todos sus dientes le saltaran de la boca y no comiese más que papillas el resto de su vida. Pero era mi madre quien me había golpeado. Le aguanté la mirada unos segundos interminables. Ni siquiera me toqué la mejilla en un acto reflejo. Simplemente encajé como encajan los hombres.
– ¿Estás enfadada? – acerté a preguntar.
– ¿Enfadada? No Luca, no es eso. Nunca te he pegado y si lo he hecho ahora es para que recuerdes siempre éste día: el día que decidiste hacerte un gánster y traer la desgracia a ésta familia. No tuvimos bastante con lo de tu padre y ahora tú… – mi madre se rompió y comenzó a llorar tapándose la cara con las dos manos.
La abracé tan fuerte y tiernamente como pude. Dejé que entre sollozos me dijera que sabía a qué se dedicaban los dos hombres que vinieron anoche a verla. Que sabía para quién trabajaban y que se pasó la noche rezándole a San Jenaro para que me protegiese y no me pasara nada. Finalmente se sentó abatida y bebió un poco de café. Yo me senté a su lado cogiéndole la mano hasta que se calmó un poco. ¿Qué menos se debe hacer por una madre?
– Dime la verdad, Luca. Sé que no has ido a Janesville a descargar un camión. ¿Te has metido en algún lío?
– No madre. He pasado la noche con una mujer – dije en un arranque de sinceridad –. Voy a trabajar con Beppe Bartali. Aún no sé en qué. Voy a verlo ahora. Tengo que ducharme y cambiarme de ropa. Me están esperando abajo.
– ¡Espera! ¿Vas a dejar a tu tío Carlo tirado con lo que ha hecho por ésta familia? Te recuerdo que cuando mataron a tu padre él siguió dándome toda su paga todas las semanas, aun cuando tú no hacías todo su trabajo sino sólo una parte.
– ¿Si? ¿Por eso has aceptado ese trabajo en esa casa? ¿Desde cuándo no te da el jornal íntegro? Ahora soy yo quien te pide que no me mientas madre.
Mi madre agachó la cabeza un tanto derrotada. Le levanté el mentón con dos dedos obligándola a enfrentar mi mirada. Una lágrima se fugaba de sus preciosos ojos negros dejando una estela de tristeza en su camino al sur.
– No es sólo el sueldo lo que tu tío ha hecho por nosotros. Nos dio la posibilidad de cambiar de vida. En Nápoles nos hubiera comido la miseria. Él nos acogió, se desvivió por nosotros. Hay que entender que las cosas no le vayan bien a él tampoco – rodeó para evitar contestar de frente a lo que le pregunté.
– ¿Desde cuándo madre? – le repetí.
– Hace seis meses – confesó al fin – me dijo que no podía darme más que la mitad de lo que ganaba tu padre.
– Tío Carlo ha hecho mucho por nosotros, madre. No lo voy a dejar tirado pero deja que encuentre el modo de sacar ésta familia adelante. No dejaré que te rompas el lomo limpiando la mierda de ese ricachón. Por si no te has fijado, ahora soy el hombre de la casa y te sacaré de ahí. Cuanto antes lo aceptes será mejor para todos.
– ¿Cómo Luca? ¿Dando tiros? ¿Matando gente? No es eso lo que tú padre y yo te hemos enseñado – me dijo volviendo a sollozar.
Me levanté sin contestar. No me convenía seguir ese camino dialéctico pues mi madre sabía cómo arrinconarme en ese terreno. Lo que ella no sabía es que yo me había dado cuenta hace tiempo que las cosas no nos iban bien y cuando Beppe Bartali me propuso trabajar para él vi en ello la oportunidad que buscaba.
– Me están esperando madre, voy a ducharme. Prepárame un sombrero de los de papá, por favor.
Le di un beso en la mejilla y di media vuelta.
– Luca – me llamó cuando había dado un par de pasos.
Me giré y vi por primera vez una Isabella rendida por las circunstancias.
– Te prepararé también un traje. Ya estás tan grande como él. Supongo que te irán bien – se levantó y se fue acercando a mí mientras hablaba hasta que estuvo tan cerca como para cogerme de los hombros como sopesando al hombre que tenía enfrente – ya eres el hombre de la casa hijo mío.
Volvió a resbalarle una lágrima por la mejilla, aunque ahora no estaba seguro si contenía orgullo, preocupación o una mezcla de ambas.
A mi madre le divertía mucho que en mitad de una conversación grave fuera capaz de decir una tontería. “Mis gansadas” las llamaba. Por eso, me toqué la mejilla enrojecida y caliente por primera vez.
– Pegas duro madre – dije guiñándole un ojo.
– Pero que ganso eres por muy hombre que ya seas – me dejó ir sonriendo por primera vez.
Al empujar la puerta de la sala que permanecía cerrada me topé con Ornella que, por supuesto, había permanecido con la oreja pegada a la puerta todo el tiempo.
– Hermanita… si sabes que te lo cuento todo – le dije haciéndola una carantoña en su mejilla.
– Me comía la impaciencia hermanito, ya sabes cómo soy…
Ornella era impaciente e impulsiva. Dulce e inteligente y con un concepto de la vida y la libertad muy adelantado a aquellos años. Y sin duda la mujer, junto con mi madre, a la que más he querido toda mi vida…pero eso es otra historia.

Photo by Daran Kandasamy

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