El guarda del muelle era un buen hombre, rehén de una familia numerosa que pedía más de lo que ofrecía. Seis niños de corta edad, una mujer alcohólica y una suegra impedida demandaban más de lo que su jornal daba de sí, así que, había aprendido a aceptar propinas, aunque tampoco le hacía ascos a una buena caja de ron cubano o vodka europeo. La tripulación del Nebraska sólo tenía que esperar a que fuera su turno y sacarnos en orden y en silencio por la pasarela. Un par de marineros vigilaban a pie en el puerto la operación. Estratégicamente situados, uno frente a la proa del barco y otro, unos cien metros a popa del mismo, se cuidaban de que no apareciera la pasma.
Así pudimos desembarcar y perdernos en las sombras de la noche del puerto de Nueva York. Llegamos con más ilusión que equipaje y dispuestos a iniciar una nueva vida en un continente diferente.
Para Ornella y para mí fue más fácil y crecimos como verdaderos americanos aunque siempre conservamos el orgullo de nuestro origen italiano. Mis padres, sin embargo, tuvieron que adaptarse a un nuevo idioma, unas costumbres y una tierra que prometía un futuro próspero pero a cambio de mucho sudor y, como por desgracia se vio después, de sangre.
Después de la muerte de los Tognazzi y del incidente subsiguiente entre mi madre y el capitán, nuestros compañeros de viaje, que nos evitaban como a piojosos comenzaron a tratarnos con una mayor dosis de cercanía, aunque sólo fuera para lavar su mala conciencia. No sacamos amigos del Nebraska y si un enemigo, pero aun así, nos despedimos en el puerto de los que se quedaban en Nueva York deseándoles suerte.
Partimos unos treinta, vagando por la gran ciudad en grupos pequeños de una o dos familias ayudados de un tosco mapa dibujado en un papel por uno de los marineros en donde nos indicaba el camino a seguir hasta la estación de ferrocarriles. Nos aconsejaron dispersarnos para no llamar la atención o los de inmigración nos caerían encima. Con nosotros iba Bruno, un chico de unos veinte años que era uno de los pocos que se defendía con el inglés. Tratábamos de no llamar mucho la atención y fuimos andando hasta la gran estación en pequeños grupos familiares de cuatro o cinco personas, separados por un centenar de metros. Allí nos dispersamos definitivamente y cada cual tomo su propio rumbo.
Bruno era quien se comunicaba en su tosco inglés con el personal de la estación. Así supimos que había habido un problema cerca de Cleveland en las vías que conectaban con Chicago y que el próximo tren no saldría hasta dentro de tres o cuatro días. No parecía buena idea permanecer con dos niños pequeños en una estación durante ese tiempo por lo que mi padre decidió adquirir pasajes de tercera clase en el tren de las seis y media a Indianápolis. Una vez allí veríamos a ver cómo llegábamos a Chicago. Nos contaron que hasta Indianápolis había setecientas sesenta millas y casi otras doscientas más de ahí a Chicago. No sabíamos muy bien cuánto era eso, pero decidimos que era muy lejos. Esa fue una de las primeras cosas que a mis padres les resultó novedosa: que los americanos no median las distancias en kilómetros sino en millas. Al final Bruno nos lo tradujo a tiempo, que era algo que entendíamos bien. Según se había enterado, el tren tardaba veinte horas en llegar a su destino.
Al llegar a Indianápolis, nos sorprendió ver fuera de la estación el ajetreo que se traían un montón de camionetas aparcadas. Cargaban mercancía que había venido en el tren de Nueva York pero me contó mi padre que lo que les llamó la atención es que casi todas tenían un letrero pintado a mano con el nombre de algún lugar: San Luis, Cincinnati, Chicago, Louisville.
Mi padre solía decir que fueras dónde fueras, encontrarías un italiano y, basándose en esa teoría propia, se acercó al grupo preguntando si hablaban italiano. Aquellas gentes lo miraron y siguieron a lo suyo. Finalmente se acercó al tipo que cargaba la camioneta que tenía el letrero de Chicago.
– ¿Por qué el cartel? ¿Va usted a Chicago?
Aquel hombre miró a mi padre con cara de no entender una mierda y siguió cargando bultos, pero a su espalda otro tipo le contestó en un idioma familiar.
– No le entiende amigo ¿Va a Chicago?
Así conocimos a Marco, un italiano de Brindisi, gordito y dicharachero, que llevaba diez años en América. Nos cobró algo menos de la mitad de lo que nos había costado llegar a Indianápolis, por llevarnos a Chicago. Durante el trayecto nos fue contando que esas camionetas transportaban género de todo tipo a otros lugares. Se apostaban en la estación porque así rentabilizaban el viaje transportando viajeros que fuesen al mismo lugar.
– Hay que hacer cualquier cosa para ganar algo más ¿No cree?
– Claro.
– ¡Qué le voy a contar yo amigo, usted es como yo! Somos exploradores. Como ese tal Peary.
– Aún no conozco a nadie por aquí. Desembarcamos hace unos días en Nueva York – se excusó mi padre.
– Robert Edwin Peary, el explorador ¿No lee los periódicos? ¡Una hazaña amigo! Pues ese tal Peary ha llegado en Abril al Polo Norte y ha clavado allí la bandera, así que ya es nuestro. No se habla de otra cosa últimamente – Contó divertido.
– No sabía nada.
– Mire amigo, es todo una metáfora de la vida. Ese explorador conquistó el Polo Norte y América es para la gente como nosotros nuestro Polo Norte amigo. Yo vine a conquistarlo hace diez años y usted y su familia ahora, pero todos somos exploradores y lo que ha hecho ese Peary nos da esperanzas a todos ¿no cree?
Marco nos dejó en Chicago en la misma puerta de nuestro destino final y continuó su camino hacia Kenosha.
Una noche de bourbon y poker en el Capri, Bobby Farrell me dijo que muchos de los que anidábamos en Chicago éramos aves migratorias. Fue ese día cuando me enteré de que detrás de aquel tipo también se ocultaba una historia desgraciada.
Su madre había emigrado desde Sicilia veinte años antes que nosotros, pero nada más llegar, a su marido lo atropelló un carruaje con los caballos desbocados. Murió en el acto. Su madre acabó casándose con el viudo para el que trabajaba. Un tipo que casi le triplicaba la edad. Nunca le preguntó por aquel matrimonio. Había historias en el ambiente que parecía mejor no desempolvar. El señor Farrell murió cuando Bobby tenía un año y su madre jamás le habló de él, así que le ahorró el echarlo de menos. Por las venas de Bobby Farrell corría sangre siciliana. La sangre de los Barrafranca y él siempre lo llevó con orgullo.
Nosotros habíamos recorrido medio mundo, primero a bordo del Nebraska, después en ferrocarril y por último en camioneta y lo habíamos hecho como esos pájaros de los que hablaba Bobby con un solo objetivo: cambiar de vida
Teníamos un destino en donde nos esperaban nuestros parientes en el 31 de la calle 44. El nombre nos causaba una cierta inquietud, pero allí estábamos, frente a la puerta de “la taberna del ahorcado”.

Deja un comentario