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Una noche en el Capri , Beppe Bartali recibió una extraña llamada. Una de las chicas se le acercó y le dijo al oído que Jim Colosimo quería hablar con él. Desde aquel primer encuentro en el restaurante, sólo habían vuelto a hablar una vez más, hacía pocas semanas.

Con la entrada en vigor de la ley seca, habían comenzado los problemas de abastecimiento y una noche, el propio Colosimo se presentó por sorpresa en el Capri acompañado de Torrio y tres tipos más. Los gorilas de la puerta los reconocieron y, obrando con prudencia, no quisieron cachearlos (a pesar de tener la certeza de que iban armados), hasta consultar al Patrone y obtener su beneplácito.
Colosimo venía a aceptar el ofrecimiento que Bartali le había hecho en su primera reunión. No le había llegado un cargamento y se encontraba en apuros. La cuestión había que presentarla con delicadeza pues se podía interpretar como una falta de respeto el hecho de presentarse ante Bartali en su propia casa para plantearle ser un segundo plato. Por eso fue Colosimo en persona a tratar el asunto.
Bartali tenía calculada la jugada desde que se vieron por primera vez. Sabía que esto iba a pasar. Se había ofrecido a Colosimo como recurso de urgencia y eso era justamente lo que acuciaba a Colosimo por lo que en vez de mostrarse herido en su orgullo se mostró encantado de hacer negocios con él. Bartali era un hábil comerciante y sabiendo la necesidad de Colosimo intentó sacar tajada en la operación a sabiendas de que le hacía un gran favor.
– Dios te guarde a ti y a tu familia Giuseppe. Vengo con el mayor de los respetos a coger la mano que me tendiste – comenzó Colosimo.
– Mi casa es la tuya amigo ¿Qué necesitas?
Colosimo había prosperado en base al negocio de la prostitución desde que en 1902 se casara con una Madame de los bajos fondos y con el paso de los años había llegado a tener más de doscientos burdeles, amén de algunos locales en el que el juego era el negocio principal. No despreció el chantaje y la extorsión para conseguir sus fines, sin embargo nunca quiso entrar a gran escala en el negocio del contrabando que se abría a raíz de la entrada en vigor de la ley seca. Su sobrino y segundo al mando Johnny Torrio, le había tratado de convencer en varias ocasiones, pero Gran Jim nunca lo vio claro y prefería dedicarse a sus negocios a los que defendía a punta de pistola. No obstante, con tanto local abierto, Colosimo era con diferencia el mayor consumidor del barrio italiano y el que necesitaba un abastecimiento mayor de alcohol por lo que, aunque no entraba en el negocio de la compra y reventa a gran escala, necesitaba que los envíos periódicos no parasen. Contaba a su favor el hecho de tener también la mayor cantidad de pólvora de la ciudad repartida en decenas de pistoleros.
Sin embargo eran tiempos difíciles para el comercio del contrabando y muchos envíos eran interceptados. Los federales estaban cada vez más encima del asunto y cualquier retraso suponía quedarse sin existencias. El principal proveedor de Colosimo era Rutherford, un amigo personal de Torrio que poseía una destilería camuflada en una fábrica de productos químicos de Ohio y que enviaba los pedidos en el ferrocarril etiquetados como jabón, disolventes y trementina.
– La pasma ha interceptado un cargamento a la gente de Rutherford que me tenía que llegar mañana. Estoy gastando unas 4000 cajas semanales y ese envío me ha dejado con sólo la mitad de reserva en mis bodegas. Saldría del apuro con 2000 cajas de whisky.
– Cuando te ofrecí mi ayuda era del todo sincero. Tu vienes a pedir mi ayuda y yo cumpliré – comenzó Bartali dando un rodeo –, pero ¿por qué pensar en pequeños asuntos pudiendo ir más allá? Querido amigo, te diré lo que voy a hacer por ti. Rutherford lo va a tener más difícil a partir de ahora, sin mencionar que las próximas semanas no podrá enviarte ni una gota de whisky. Y no hay que descartar que lo de ayer le vuelva a pasar en un futuro, debe tener una rata metida en la cocina que le pasa información a la policía. Te serviré el whisky y la cabeza del hijo puta.
– ¿Cómo sabes que fue ayer? – preguntó Colosimo desconfiando.
– Esto es Chicago amigo mío. Casualmente, ayer me enteré por alguien de confianza, que en la oficina de los federales aquí en Chicago, había…digamos cierta actividad telefónica de un tipo mediocre. Y por la tarde pasa lo de Rutherford. No creo en las casualidades y estoy seguro que ese tipo sabe cosas que nos interesan. Es un mierda de rango menor que seguro está haciendo méritos para ascender. Me encargaré de él – Bartali hablaba de manera pausada, tomando respiros deliberados mientras saboreaba un habano. Creo que esa serenidad y seguridad al hablar era lo que obligaba a los demás a escuchar mientras él hablaba. –A esa gente – prosiguió –, se le suelta la lengua cuando le preguntas con unas tenazas mordiéndole los huevos. Nos dirá quién es el soplón y ese te lo dejaré a ti – dijo Bartali sonriendo –. En cuanto a Rutherford, tendrá dificultades una temporada y con ello tú también. Te puedo proporcionar esas 2000 cajas de whisky canadiense de momento pero prefería que no te pilles los dedos. Te puedo suministrar otras 2000 cajas del que destilo yo. No quiero que te quedes corto porque si tus clubs se quedan sin whisky, la gente vendrá a beber a los míos que son los más cercanos…Y eso nos convertiría en competencia, cosa que no queremos ninguno. Bartali se distingue por hacer amigos, no por sembrar cizaña.
– Rutherford dice que tiene los envíos controlados, que lo hará en camiones a partir de ahora – contestó Colosimo.
– ¿A partir de cuándo? Ahora tiene a toda la pasma encima.
– Llevas razón ¿Qué me va a costar tu ayuda?
– No tan aprisa. Quiero mostrarte algo – atajó El Patrone haciendo una seña con la mano a uno de los muchachos.
– Quiero que veas algo.
El hombre de Bartali se acercó a la barra y regresó a la mesa con dos botellas de whisky y dos vasos sirviendo un vaso con cada botella.
– Prueba y dime qué te parecen – dijo El Patrone.
Colosimo bebió un trago de ambos whiskys quedándose muy complacido con los dos.
– ¿Qué opinas? – le sonrió Bartali seguro de sí mismo.
– Ambos son excelentes y muy parecidos – dijo Colosimo dando otro sorbo a uno de los vasos –, pero quizás me quedo con este último. Supongo que uno es el tuyo y el otro el canadiense ¿no?
– En efecto, el que destilo yo es el que has señalado. Y ambos son tan parecidos porque me traje del Canadá gente que lo elaboraba. Sé que Rutherford te vende a 100 la caja. Te podría dejar cada caja a 125 dólares y tú no tendrías más opción que comprar a mi precio, pero yo no hago negocios así. No quiero enredarnos con el precio, no me parece elegante. Te dejaré la caja del canadiense a 90 y el mío a 70 y te serviré las 4000 cajas hasta que Rutherford vuelva a respirar.
– Me parece un precio y un ofrecimiento que te honra. Dada mi necesidad podrías haber cobrado el doble
– Pero sólo haría un cliente temporal, no un aliado permanente.
– Y yo te aseguro que Jim Colosimo no olvidará este favor.
– ¡Brindemos entonces! – dijo Bartali alzando su vaso y chocándolo en el aire con el de Gran Jim.
Bartali y Colosimo no sólo fijaron un precio y una regularidad en los envíos, sellaron una alianza que era justo lo que buscaba El Patrone.

Cuando Colosimo llamó al Capri de improviso esa noche, quería saber si Bartali le había mandado otro envío.
– Me ha dicho Johnny – refiriéndose a Torrio –, que mañana me llega un envío al restaurante, algo especial a buen precio según me dijo. Como sabes, con la boda y esas cosas llevo unos días fuera de la ciudad y un poco desconectado. Quería saber si lo habías mandado tú.
– No Jim, no es mío ¿No preguntaste a Johnny quién lo mandaba?
– No, pensé que era tuyo y no pregunté.
Se produjo un silencio incómodo en la línea. Bartali no quiso preguntar si Colosimo se fiaba de Torrio por no ofender, pero era evidente que Colosimo sospechaba de aquel envío, de otro modo no hubiera llamado. Por otra parte, a Beppe Bartali le molestó ese silencio que parecía acusarle de algo. Ninguno de los dos se atrevió a preguntar al otro lo que se le pasaba por la cabeza.
– Bueno Jim, si yo estuviera en tu posición, le preguntaría a tu sobrino. Al fin y al cabo, él te informó del cargamento y es un hombre de tu máxima confianza ¿No crees? – dijo al fin El Patrone.
– Supongo que si. Gracias Beppe – contestó Colosimo.

Colosimo llegó al Colosimo’s Café antes de la hora fijada. Torrio y los muchachos que iban a descargar el camión llegarían en una hora más o menos. Cuando acudía a su restaurante alguna mañana le gustaba llegar con tiempo y estar solo hojeando los periódicos mientras tomaba café y se fumaba un cigarrillo. Cerró con llave la puerta de la calle y se encaminó a la mesa del fondo, la que llevaba su nombre y que siempre estaba libre por si él acudía, y depositó allí un ejemplar del Chicago Tribune. Se acercó a la barra a prepararse un café expreso en una flamante Bezzera que se hizo traer desde Italia, sin apercibirse que tras las cortinas que había en el corredor que llevaba a los baños, asomaban las puntas de unos zapatos. El propietario de esos zapatos era un hombre meticuloso con su trabajo y esperó a que Colosimo se sentase en su mesa y diese un primer sorbo al café abriendo el periódico. Colosimo estaba ladeado y ligeramente de espaldas con respecto al pistolero que se pudo acercar hasta estar a un par de metros con el revólver apuntando la oronda figura del capo. En el último instante Colosimo percibió una sombra y se giró comprendiendo de inmediato la traición que se había urdido a sus espaldas.
– ¡Frank!… ¿Tú?…Al menos muero sabiendo quien me la jugó – fue todo lo que alcanzó a decir.
El primer disparo se hundió en su pecho a la altura del corazón. Los ojos se le fundieron en blanco mientras se agarraba al mantel y comenzaba a tambalearse. El revólver prosiguió escupiendo fuego. Dos, tres, cuatro impactos en el torax a bocajarro mientras Colosimo caía con estrépito arrastrando todo lo que el mantel llevaba encima. Un quinto disparo se alojó en su pierna mientras se estrellaban en el suelo el candelabro, el cenicero, la taza de café humeante y las hojas del diario se comenzaban a teñir de sangre, una sangre que mañana serían carne de portada del mismo rotativo. Colosimo quedó tendido de espaldas en el suelo aparentemente inerte pero Frank no era un tipo que dejaba cabos sueltos. Apuntó su revolver a la cabeza a un metro de distancia y disparó un tiro de gracia que le voló la masa encefálica. Ahora sí estaba el trabajo concluido. Se apresuró a salir por la puerta de atrás por la que había accedido. Fuera, en el callejón esperaba un Ford T con el motor arrancado. Frank se metió en él aprisa.
– Vámonos Al – dijo el pistolero.
Aquel chófer llegaría a ser el tipo más famoso de Chicago…pero eso es otra historia.

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