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Mis padres nos amaron tanto que nunca nos dijeron te quiero. Ni Ornella ni yo lo oímos jamás porque ellos supieron temprano, que el exceso de cariño, generaba niños débiles y eso era olfateado por unas calles implacables en donde la debilidad era castigada de manera cruel. Tenían una responsabilidad con nosotros que consistía en educar hijos, no malcriar nietos. Nunca les pude agradecer lo suficiente tamaño sacrificio.
En mi niñez el cariño era un tipo que vivía en otra ciudad, un lujo inalcanzable para algunos de nosotros que poblábamos una ciudad antipática donde era más fácil encontrar un unicornio que un abrazo tierno. Crecimos como hierba silvestre, parte de un oasis de mocosos en medio de la jungla de hormigón. La ternura era un bien escaso y por esa razón, nunca podré olvidar la mirada de aquellos ojos azabache. Yo hablo de ella como la primera mujer de mi vida, aunque tanto ella como yo, tan sólo contábamos ocho años. Se llamaba Jane, pero en la escuela primaria todos la llamábamos Juanita Jane por sus orígenes mexicanos. Sus abuelos tomaron el mismo rumbo que mi familia muchos años antes desde Morcillo, un pueblito del estado de Durango. Sus padres y ella misma eran americanos pero conservaba los rasgos de las bellezas del sur en su piel canela y oro y unos ojos negros encendidos como antorchas de los que quedé prendado y prendido.
Todo lo que recuerdo de ella es tan limpio y blanco que pienso que los amores verdaderos merecerían ser como los pintados por la mirada de un niño.
Sería mitad de curso y las niñas para mí eran esos niños raros con falda a los que todo les daba miedo. Si tenías una discusión con otro chico, no había insulto mayor que llamarlo niña o nenaza. La única relación que se podía tener con ellas era tirarles bolitas de papel o arañas en clase para divertirnos, por eso puedo decir que la descubrí a raíz de una pelea a la salida de clase. Un chico de un curso superior me había llamado espagueti de manera despectiva en el patio y le hice comerse sus aires de grandeza a la salida de clase aliñados con un adoquín que estampé en su cabeza varias veces para que no lo olvidara. El chico era más alto y fuerte que yo y, en algún momento, me tuvo que dar algún golpe pues me levanté sangrando por la nariz.
– Toma, estás sangrando – dijo clavándome sus inocentes ojos negros.
Recuerdo aquellas palabras como la más bella declaración de amor que se pueda tener. No es que sintiese mariposas en el estómago, es que me acababa de pasar por encima una manada de bisontes en estampida.
Disuelta la montonera de muchachos vociferantes, me quedé frente a aquella niña a la que no recordaba ni haber saludado durante el curso. Mis amigos esperaban ya en la acera de enfrente cuchicheando.
– ¡Luca! ¿Vienes o te ha picado un bichito? – preguntaban en voz alta entre risitas.
Pero el tiempo, extrañamente se había detenido y fue Juanita Jane quien lo echó a andar de nuevo.
– Vivo al lado tuyo, frente a la barbería de Floyd ¿Te acompañó y me devuelves el pañuelo? – dijo.
Mis amigos me esperaban al otro lado de la calle y gritaban mientras murmuraban entre risas mirándonos.
– Dejarlo que se nos ha enamorado – apuntó otro entre carcajadas generales.
Yo seguía en un estado de dulce hipnosis y me costó bastante esfuerzo encontrar el genio que llevo dentro para gritarles.
– ¡Iros al diablo! Ahora os alcanzó.
Mis amigos volvieron a reír mientras ponían rumbo a casa. Juanita Jane y yo íbamos unos metros detrás. No recuerdo nada de lo que hablamos porque su voz ejercía en mí el mismo efecto que la música de la flauta del encantador sobre sus serpientes. Yo la oía hablar y supongo que hablaríamos de lo que dos niños de ocho años pueden hablar cuando no saben nada del amor y Cupido anda cerca.
La acompañé hasta la puerta de su portal y nos despedimos hasta la tarde. Yo iba a estar con los muchachos en el callejón de la 23 y la tarde olía a promesas.
Esa tarde, mis amigos marcharon al solar abandonado y yo me quedé esperándola hasta que llegó. Pasamos la tarde sentados en las escaleras de incendio, charlado sin comprender muy bien por qué era tan agradable perder el tiempo con una persona del otro sexo que no sabía jugar a nada de lo que jugábamos los chicos. Le conté lo del solar secreto y nuestra aventura con el fugitivo y le prometí que al día siguiente le mostraría el túnel. Era sábado y no había escuela por lo que la ocasión era perfecta.
Fuimos temprano, no quería que los chicos nos sorprendieran y nos diesen un susto. Cuando nos adentrarnos en el túnel, antorcha en mano, Juanita Jane me cogió la mano.
– Tengo miedo – dijo.
Aquello era música celestial para mí y aún hoy, casi ochenta años después, aún sonrío recordando aquel tacto femenino en mi mano y esa sensación de ser su protector que tanto me gustaba. Llegamos al final del túnel donde aún estaba el bidón en donde Brody partía nueces. Por el camino, le relataba los pormenores de aquella odisea. Al llegar frente al bidón dejé reposar la antorcha en un lado y nos quedamos mirándonos en silencio como dos estatuas enfrentadas. No sé cómo ocurrió, pero mientras nuestras cabezas se aproximaban como atraídas por un imán, nuestros ojos se cerraron hasta que nuestros labios se juntaron antes de explotar en un sonoro beso infantil. Nos quedamos petrificados sin saber qué decir mientras en alguna parte de nuestro cerebro sonaban pajaritos y acaso alguna orquesta, mientras Cupido se relamía satisfecho.
Creo que no dijimos nada en el camino de vuelta. No hacía falta, nuestras manos entrelazadas hablaban por nosotros.
Cuando subí a casa a cenar ese día, le pregunté a los postres a mi madre que si era verdad que cuando te besas con una chica tienes que casarte con ella. Los chicos se habían puesto muy pesados con el tema cuando les conté que tenía novia. Mi padre me miró divertido y con una sonrisa de oreja a oreja me frotó la cabeza.
– No hijo, aún es temprano, pero, ¡caray que mayor te estás haciendo! – dijo riendo abiertamente.
Pasamos el resto del curso buscándonos y procurábamos ir juntos a todos los sitios. Mis amigos, que al principio la miraban con recelo y nos hacían continúas bromas, terminaron por aceptarla como una más de la pandilla. Fueron meses maravillosos.
Tenía un chelín inglés de 1878 que me encontré un día en la calle. Era de plata y tenía grabada la cara de la reina Victoria y para mí, constituía un pequeño tesoro. Un día, armado de un clavo al rojo y un martillo le hice un agujero en un extremo, lo pulí bien y le saqué brillo. Pasé un cordel de bramante por el agujero y lo anudé en forma de colgante. Después, lo metí en una caja de cerillas que envolví en papel de estraza y se lo entregué a Juanita Jane con la ilusión que sólo quién alguna vez ha regalado poniendo en ello el corazón puede comprender. Esperaba su reacción con la ilusión propia del momento, más aún cuando era la primera vez que regalaba algo a una chica que no fuera Ornella. Y Juanita Jane no me defraudó, ella no… Me dedicó una sonrisa tan sincera como el corazón de un niño. Yo no necesitaba más en correspondencia y me sentí bien.
– Es precioso Luca, lo llevaré siempre – me dijo dándome un beso en la mejilla.
No sé si fue el día más feliz de mi vida, pero si uno de los que recuerdo con más cariño. Debía de ser finales de Mayo, porque pocas semanas después acabó el curso escolar dando paso al que prometía ser el mejor verano de mi vida.
Pero una tarde de Julio, Juanita Jane no acudió al callejón de la 23. No lo hizo al día siguiente, ni al otro. Los chicos y yo la buscamos sin éxito. Se había ido para siempre. En el barrio se contaban distintas versiones. Se decía que habían heredado un pozo de petróleo en México y habían vuelto a sus orígenes en Morcillo. Otras versiones hablaban de la delicada salud del padre que requería climas más secos y cálidos que el frío y húmedo aliento de Chicago. El caso es que nunca más la vi y conocí el significado de la palabra tristeza, porque el afecto que sentía por Juanita Jane, no era comparable a la complicidad que tenía con mis camaradas en nuestras múltiples aventuras. Aquello era distinto a lo experimentado por mí hasta entonces: sabía amargo.
El Octubre de 1951 no se hablaba de otra cosa que de aquel combate, el que enfrentaría en el Madison Square Garden a Rocky Marciano con Joe Louis, sobre todo si uno frecuentaba la barbería del viejo Floyd Newman y yo, me afeitaba a diario allí. Diez días antes del combate, recibí por correo cuatro entradas en primera fila. Quería darle una sorpresa al viejo Floyd que se moría por ver aquel combate. Volamos a Nueva York junto a dos de los muchachos a los que también les gustaba el boxeo. Cuando viajaba, siempre les traía algún detalle a mi mujer y a mis hijos. La tarde de antes del combate me perdí en las calles de Nueva York acompañado por uno de los muchachos con mejor puntería de la banda. Le compré un collar de perlas en Tiffany y algunos juguetes para los chicos. Me guardé el collar en el bolsillo de la americana y ordené a Ben que me dejase solo y llevase los juguetes a la habitación del hotel. Aproveché para entrar en una librería de la Quinta Avenida. Buscaba algo de John Steinbeck y le pregunté a una dependienta que estaba de espaldas colocando libros.
– Disculpe, ¿tienen “De ratones y hombres” o “Las uvas de la ira” de Steinbeck?
Se volvió una mujer madura muy atractiva con la tez dorada como una puesta de sol, aunque lo cierto es que no me fijé en un primer momento en ella, sino en una medalla que le colgaba de una cadena de oro.
– ¿Eso es un chelín inglés de 1878? – pregunté señalando a la moneda.
Y mientras señalaba, reparé en su piel canela, algo más curtida de lo que recordaba y en sus dos ojos negros que seguían centelleando a pesar de los años.
– ¡Oh, Dios mío, no puede ser! – dijo tapándose la boca y dejando caer el libro que llevaba en la mano.
– ¿Dónde te metiste? – dije sonriendo.
– ¿Luca? – preguntó Juanita Jane aún sin dar crédito.
Era la dueña de la librería y dejó a otra mujer a cargo del negocio. Tomamos café con tarta de manzana mezclado con sonrisas, recuerdos y la nostalgia del sabor de aquellos besos de chocolate que nos dábamos de niños. Nos contamos nuestras vidas entre miradas de niños grandes. Puede que una tarde así, frente a un café, pueda poner orden en una parte de tu vida que quedó sin cerrar, pero a nosotros el tiempo se nos escurrió de las manos como si fuera agua. Ella debía volver a casa con su familia y yo con los muchachos al hotel. Aquel café no redimió una vida que nunca fue, pero al menos tuvimos nuestra oportunidad y fue la despedida que no tuvimos treinta y siete años antes.
El combate lo ganó Rocky Marciano. Aquello le dio material a Floyd Newman para estar hablando durante mucho tiempo. Y mientras me afeitaba y le contaba a los presentes cómo el gran Rocky lloraba al ver abatido en la lona a su ídolo de juventud, yo recordaba la tarde pasada con Juanita Jane y algo que me dijo. Pero eso… eso sí es otra historia.

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