Hay tipos por el mundo que parecen llevar “buscando problemas” escrito en la frente. Y aquel Chicago, como las damas de compañía, no sabía decir que no a una buena refriega, de modo si alguien los buscaba, solía encontrarlos. Lo que esos hombres no podían controlar es que, a veces sus actos provocaban otros movimientos y que como en el conocido efecto dominó, una ficha tiraba a la contigua, que hacía caer a la siguiente, formando una concatenación de hechos que parecía no tener fin.
El verano del 24 tocaba a su fin y el viento húmedo del otoño ya se podía oler. Podía ser una noche cualquiera de finales de agosto, pero en aquella, la primera ficha del dominó estaba a punto de caer. Los actores de aquel drama eran viejos conocidos de la ciudad: el tipo buscando problemas, el par de matones, mucho alcohol y dos conocidas fulanas de un tugurio. Una de ellas, de nombre Wendy, tenía unos senos tan desmesurados que se decía que llegaban cinco minutos antes que la propietaria.
El jabalí azul era una taberna clandestina sólo apta para tipos duros y paladares muertos. Estaba montada en la trastienda de una carnicería que actuaba de tapadera y en ella, la noche que no había una pelea era tan rara, que el dueño no echaba el cierre pensando que aún no había llegado la hora. La bebida no es que fuera mala sino que el agua de las alcantarillas era más saludable y en cuanto a las chicas que amenizaban el local, habían perdido la frescura en un pasado remoto, cuando sus nietos empezaron a tontear con las chicas de su edad. Cualquier atisbo de esplendor en cualquiera que pisaba El jabalí azul era pura casualidad y sin embargo, era un bar muy concurrido. El alcohol era barato y las fulanas tenían la gentileza de no pegarte la sífilis. A ella iban a dar con sus huesos todos los despojos humanos que el vertedero de la ciudad no admitía ni para quemar.
Aquella noche no iba a cerrarse sin que a alguien le abrieran la cabeza pero quizás en el asunto se habría de pagar un alto precio. Un tipo pasado de rosca que no hacía sino dar tumbos, intentaba colar en el escote de una de aquellas matronas curtidas en mil noches, un billete enrollado en forma de canutillo. Su borrachera era tal, que apenas acertaba a distinguir el profundo cañón que aquellos dos cántaros de miel provocaban. Tan torpe se encontraba en aquel estado que, según estaba sentado, terminó depositando el billete contra el suelo del local al caer de bruces. Nada hubiera pasado si en el sillón de enfrente no hubieran estado sentados un par de hombres de Capone, unos mafiosos de tres al cuarto de la parte más baja del escalafón. Estos jugaban a lamer el whisky que derramaban sobre los pechos de Wendy, agarrándose a sus pezones como si fueran un par de bebés felices y risueños y ocurrió, que al ver caer al borracho comenzaron a reírse de él. El tipo en cuestión, no era otro que un chófer que los Genna habían reclutado hacía un par de semanas, alguien aún poco conocido en la ciudad.
– Y vosotros ¿de qué demonios os reís? – dijo levantando un poco la cabeza de la madera del suelo para ver quién se reía.
Alguien le ayudó a levantarse mientras le advertía que aquellos dos tipos no eran sino pistoleros de Al Capone y que no convenía meterse en líos con ellos. Pero aquel tipo estaba devorado por el alcohol y aquello lo envalentonó aún más: un grave error, según se pudo ver.
– ¿Estos mierdas son matones del Caracortada ese?
Los dos matones se miraron. Si algo molestaba a Capone era que alguien lo llamara así en público y no podían permitir que aquel tipo se fuera de allí de rositas y sin pagar la cuenta. Acabó en un hospital molido a palos después de que lo sacaran al callejón trasero medio muerto y lo arrojaran a un cubo de basura.

Floyd Newman había abierto la barbería a la hora acostumbrada. El bochorno de la mañana parecía indicar que el verano que expiraba se cernía sobre la ciudad de nuevo y nos iba a regalar uno de sus últimos días de calor. Lo que el bueno de Floyd no podía prever era que a veces, las guerras se desatan cuando la cosa parece más tranquila y en aquella mañana de mediados de septiembre del 24, el diablo estaba por enredar.
Hacía quince días que los muchachos de Capone le habían dado una paliza a aquel tipo borracho. Estuvo cerca de morir, pero al final lo largaron del hospital después de unos días, a terminar de recuperarse en casa de varias fracturas.
Un par de días antes de ese amanecer, aquel hombre junto con dos matones de los Genna estuvo rondando la barbería de Floyd justo hasta el momento en que vieron entrar a uno de los dos tipos que le habían dado la paliza: el más alto de ellos. Alguien les había dado el soplo de que aquel pistolero visitaba al bueno de Floyd para el afeitado diario, y esa mañana no sería una excepción.
Primo Mascarelli acudió a la barbería como hacía a diario. Le gustaba ojear el periódico del día o incorporarse a la tertulia de boxeo que Floyd fomentaba mientras esperaba su turno. Cada quince días se cortaba el pelo pues le gustaba tenerlo corto e igualado de los lados. Después de su rasurado le encantaba tomar un baño de esencias balsámicas en el rostro. Se lo dejaba suave y evitaba que los molestos picores en la cara lo asaltasen después. Para ello Floyd Newman humedecía una toalla en una solución acuosa que llevaba disueltos diferentes aromas herbales. Una vez bien escurrida olía a lavanda, saponaria, flor del jacinto (y a algo más que Floyd guardaba en secreto). Con ella te cubría la cara y dejaba que durante unos minutos su efecto balsámico actuara.
Mascarelli tenía la toalla perfumada sobre el rostro y disfrutaba de cómo se le abrían los poros inundándose de aquel fragante bálsamo. Por ello no escuchó el tintineo de la campanilla que había frente a la puerta de entrada y que anunciaba que alguien había llegado.
Dos hombres cubiertos con un pañuelo hasta más arriba de la nariz entraron llevando sus armas en la mano. Uno de ellos mandó callar a Floyd poniendo un dedo sobre sus labios cubiertos, a la vez que lo apuntaba con el revólver. El otro, el que portaba la automática con silenciador, se acercó a Mascarelli por la espalda. Este ni se apercibió de lo que ocurría en su retaguardia ni tuvo tampoco tiempo de reaccionar. La toalla humedecida le cubría todo el rostro y envuelto en sus vapores balsámicos pensaba quizás en su hijo pequeño al que habría de dejar huérfano con dos años. El pistolero del silenciador apuntó a la cabeza de Mascarelli a un palmo de distancia y le voló la tapa de los sesos.
– Dile a Caracortada que con los Genna no se juega – dijo mirando a Floyd el tipo que había disparado – ¿Capito? – añadió preguntando con cinismo.
Floyd Newman los hubiera reventado a puñetazos de no ir armados, pero las pistolas tienen un sedante en el cañón que proporciona una sensatez repentina en las personas, por lo que no tuvo más remedio ni salida que asentir en un par de ocasiones con un leve gesto de su cabeza. En lugar de pelear, llamó al Patrone.
Beppe Bartali se encontraba esa mañana casualmente en su despacho, aquel situado en el primer piso del restaurante en el que me citó después de la primera noche con Monique.
Bartali no era amante de madrugar y yo no había vuelto a ese despacho desde aquel día ¿Qué hacía entonces allí a esa temprana hora?… Pues también fue una coincidencia. Bartali tenía que coger temprano un tren para cerrar unos negocios en Nueva York y quería hablar conmigo antes de marchar.
Beppe Bartali siempre quiso desde que entré en la banda que yo aprendiera todo lo posible. Pero nunca estuvo en sus planes que aprendiera a manejar un arma con destreza o a golpear mejor y más fuerte que nadie. Sus planes para mí iban en otra dirección. Me confesó que esperaba grandes cosas de mí y confiaba en no equivocarse. En las familias hay quien piensa y organiza, quien lleva las cuentas y quien arregla el tejado o el jardín. Las organizaciones como la nuestra no eran muy diferentes.
– Para los trabajos sucios están otros. Tú tienes madera para ayudar en La Familia desde otro ángulo ¿me sigues? – me dijo al poco de regresar de la granja de los Olsen y volvió a repetirme ese día.
Y era cierto. Por de pronto, las clases en mi casa con el viejo profesor Lohan continuaron por expreso deseo de Bartali pero lo que no sabía era que ellos dos habían hablado y con la complicidad de mi madre, habían diseñado mi juventud. El Patrone había arreglado una serie de papeles para que yo, que había abandonado la escuela volviera a las aulas en el curso de la secundaria que me correspondía por mi edad.
– Nos vendría bien un abogado de confianza Luca, ¿me sigues? Alguien de dentro ¿Te ves con cojones para intentarlo?
Y mientras otros diseñaban mi futuro a mis espaldas, la ciudad había alcanzado ya velocidad de crucero a esa temprana hora, por lo que ni siquiera tuve tiempo de contestar al Patrone ya que cuando iba a hacerlo, sonó el teléfono: era Floyd Newman, que muy alterado, ponía a Bartali al corriente de lo de Mascarelli. Bartali escuchaba con atención mientras trataba de tranquilizar al bueno de Floyd.
– Cierra la barbería y ve a La taberna del ahorcado. En media hora mando alguien a buscarte. No te preocupes por nada – dijo Bartali al auricular.
En aquel momento de la mañana el restaurante estaba cerrado y ni siquiera el personal de cocina había llegado. Sólo estábamos el jefe y yo acompañados en el piso de abajo por un par de tipos con los que apenas había cruzado algún saludo casual.
Aquella mañana tuve la ocasión de comprobar cómo se hacían las cosas en esas ocasiones. De inmediato El Patrone puso a trabajar a toda su gente. Descolgó el teléfono e hizo una serie de llamadas. Con las tres primeras, breves y con órdenes concisas, Mike, Bobby y Paolo se pusieron en camino. Después llamó a Johnny Torrio para darle la noticia. Era crucial que Torrio se enterara antes que Capone para que sujetara el primer arrebato revanchista de este y si había alguien con posibilidades de hacerlo era Papa Torrio. El jefe del Equipo de Chicago escuchó con atención lo que Bartali le contó y ambos quedaron de acuerdo en que había que atar a Capone y hablar con Merlo a ver si había alguna forma de evitar lo inevitable. Torrio, que no era ningún advenedizo, supo que cuando hablaran con Merlo había que trasladar a este un mensaje de firmeza para los Genna. Algo que fuera más una seria advertencia que una amenaza, de tal modo que se dejara una puerta abierta para que salieran por ella sin que pudiera parecer que los sicilianos huían sin pelear.
– Estoy contigo Johnny. Cuentas con mi lealtad – dijo antes de colgar.
Cuando El Patrone colgó el auricular me contó que Torrio le había pedido que fuera a su despacho de inmediato mientras él llamaba a Merlo para verse esa misma mañana. Quería que todos los que estaban con él proyectaran una imagen de unidad delante de Merlo y frente a los Genna en caso de que estos decidieran salirse del pacto e ir por libre, de modo que si las balas comenzaban a silbar, Bartali estaría con toda su gente siguiendo el compás.
– La parte suroeste de Cicero – dije.
Hasta ese momento y desde aquella primera noche en el Capri me había limitado a ver oír y aprender pero había tenido una idea y la insolencia de mi juventud hizo que no me la guardara.
Desde que en 1920 se repartiese Chicago, El Equipo de Chicago de Torrio y Capone se había expandido por Cicero por una idea de Bartali, abriendo centenares de bares. El Patrone compensó pronto lo que dejaba de ganar cediendo su cincuenta por ciento de los beneficios en la ciudad a cambio de ese cincuenta que se abría de explotar esa nueva mina de oro. Al principio el resto de las familias no quisieron o no pudieron hacer nada al respecto pero a medida que los dólares se multiplicaban en las manos de Torrio, el resto de bandas y en especial los Genna habían tensado la cuerda. Esa expansión a Cicero se hizo de manera natural desde la zona de Torrio, a la que se conocía como Pequeña Italia, alargando los tentáculos al oeste y de ahí hacia la zona norte del propio Cicero. Eso había dejado, sin haberlo planeado nadie, una zona en el suroeste de Cicero libre. A los Genna les quedaba más cercana que ninguna y si les dejábamos esa zona para que la explotaran puede que se calmaran los ánimos. Esa era mi idea.
– ¿Cómo dices Luca? – dijo Bartali sorprendido.
– Los Genna están que echan las muelas por lo bien que funciona Cicero. Iban a aprovechar la primera excusa para sacar las pistolas. Una buena extensión de la parte suroeste aún está virgen. Si se le ofrece a los Genna puede que acepten ¿No fue algo parecido lo que se hizo la otra vez con Chicago? – dije convencido.
Aquello dejaba fuera de Cicero a O’Banion y eso podía traer problemas con el irlandés, pero no era mala idea y así me lo hizo saber Bartali después de escucharme con tanta atención como asombro.
– Tenía el pálpito de no equivocarme contigo – dijo sonriéndome – ¿Quieres jugar en primera división?
No contesté, apenas entendía en qué estaba pensando El Patrone y a qué planes se refería pero no me hizo falta preguntarlo pues tras una prolongada calada a su cigarrillo, Beppe Bartali continuó hablando.
– Vendrás con Paolo y conmigo a ver a Merlo, así de paso conocerás a Torrio y Capone – dijo mientras volvía a descolgar el auricular.
En ese momento irrumpieron en el despacho Bobby Farrell y Mike. Tocaron con los nudillos un par de veces y abrieron la puerta.
Patrone – dijo Bobby levantándose un poco el sombrero a modo de saludo y presentación.
– ¿Operadora? Póngame con el 215 de Roscoe street – dijo Bartali al micrófono del teléfono mientras le hacía una seña con la mano a Bobby y Mike invitándolos a entrar.
En esa dirección vivía Michael Buonanotte, el tipo de los números de La Familia y el hombre de confianza de Bartali para cuadrar las cuentas. En él confió para desprenderse de su mitad del negocio en Chicago y proyectar un futuro numérico de lo que podría suponer la expansión a Cicero. Él fue quien le hizo ver a Bartali que dejara que todos los locales nuevos los abriera Torrio, de esa forma ellos ganaban el cincuenta por ciento de la venta del alcohol sin invertir un centavo y sin arriesgar y además sin ser un peligro a los ojos de Torrio sino sólo un socio poco ambicioso. Buonanotte era capaz de demostrar que dos y dos eran tres o cinco si ello convenía.
– ¿Michael? Ven a mi despacho cagando leches. Ha surgido algo importante – dijo al teléfono.
Cuando colgó se dirigió a nosotros para hacernos saber qué quería de cada uno. Mike y Bobby recogerían a Floyd en La Taberna del ahorcado. Torrio no quería una investigación policial sobre la muerte de Mascarelli en el lugar del crimen. Le había dicho a Bartali que mandaría a sus chicos a dejar la barbería limpia como una patena y que se llevarían el cuerpo de Mascarelli metido en un saco a las afueras. Allí lo dejarían en medio de un camino frecuentado por la policía cerca del embarcadero del lago. De esa forma despistaban a los agentes que todo lo más que llegarían a concluir es que Mascarelli no había sido asesinado allí. El verdadero lugar del crimen nunca lo sabrían. Los periódicos al día siguiente publicarían sus titulares como un crimen entre bandas mafiosas y pronto se echaría tierra sobre el asunto.
Bobby y Mike se fueron raudos en busca de Floyd que aún calmaba los nervios frente a una taza de café bien cargado. Yo me quedé esperando a Paolo y a Buonanotte. Paolo acompañaría a Bartali a ver a Torrio y yo iría con ellos. Para entonces era muy posible que Capone ya supiera la noticia y que anduviera por allí también. En cuanto a Michael Buonanotte, El Patrone me contó que le tocaría comerse toda la mierda de ese día. Él no podía viajar a Nueva York después del suceso de la mañana, por lo que canceló su viaje. Buonanotte debía coger ese tren y excusarle ante los vendedores contándoles cualquier peregrina excusa. El negocio, un edificio de apartamentos en Manhattan que Bartali iba a comprar a muy buen precio, no se cancelaba sino que se aplazaba unos días. Quería que Michael viajara, fijara una nueva reunión para la compra en tres días y le esperara allí. En esos tres días, Bartali quería reunirse con Merlo, los Genna y parar una guerra.
El asunto de Mascarelli pudo muy bien ser la chispa que prendiera la mecha. Capone, como era de esperar montó en cólera y exigió venganza y si no lo hizo fue por los buenos oficios de Mike Merlo, al que Torrio ya había llamado y que tardó menos que el propio Capone en llegar al despacho de Torrio. Merlo garantizó a Torrio que mediaría entre su lugarteniente y los Genna. Para cuando un Capone muy alterado llegó, Merlo y Torrio ya departían de modo sosegado. Torrio fue firme en su mensaje a Merlo pero nunca llegó a apretar el nudo demasiado.
– No podemos estar así siempre. Hicimos un juramento, un pacto de caballeros. Exijo que se respete y quiero que controles a esos hijos de perra o correrá la sangre – le urgió a Merlo para que mediara ante los Genna –. Si no se muestran razonables, ni yo podré sujetar a Al y nos veremos avocados a una guerra – añadió.
Antes de que Merlo llegara al despacho de Torrio, Bartali lo había vuelto a llamar antes de salir para allá y le había comunicado mi idea. Torrio veía en ella el mismo problema: que O’Banion quedaba fuera, y no se sabía cómo iba a reaccionar el irlandés, pero era un buen trato sobre el papel. Por eso cuando Torrio le expuso su plan a Merlo este se quedó pensativo y después de unos segundos dijo que podría funcionar.
Puedo decir que aquel arreglo era idea mía. Hasta el propio Merlo había dicho que podría funcionar, pero ¿lo haría? Eso sin duda…era otra historia.

Comments

Deja un comentario