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Poco después de regresar de la granja de los Olsen, Toby me contó una leyenda acodado en la barra del Capri , algo que le había contado su abuela siendo un niño.
Contaba que cuando alguien moría, su alma se convertía en aliento que vagaba buscando un huésped entre el mundo de los vivos. Cuando encontraba acomodo en una persona, esas dos vidas quedaban encadenadas. Esas almas siempre preferían quedarse junto a alguien querido: un hijo, un padre, un amigo. El espíritu del finado nos servía de guía y protección y trataba de evitar que cometiéramos errores. Por eso, cuando alguien tiene una corazonada, es nuestro protector, quien desde el más allá nos está susurrando eso que debemos hacer o eso otro que debemos dejar pasar. Cuando esas dos vidas se unían, una flor brotaba en la tumba del muerto.
Los padres y el hermano de Ornella no tuvieron tumba, salvo el mar infinito donde fueron arrojados por el capitán Wladimir. Por eso, cuando Toby me contó esa leyenda, me acordé de tres flores que habían crecido de manera inverosímil en una grieta de la escalera de mi portal. Reparé en ellas al llegar el primer día y las recordé conversando con Toby.
– Quién sabe si eran ellos…– le comenté.
– Si tú lo crees, les estas abriendo la puerta. Es un primer paso pues el huésped también tiene que estar preparado – me respondió.
No sé si lo decía porque lo creía o para darme la razón, el caso es que en la relación con mi hermana sentía el peso de la contradicción y toda ayuda sería bien recibida. La ciudad vivía tiempos convulsos y mi vida personal no le iba a la zaga desde aquellos últimos días de julio en la granja de los Olsen. Mi mundo estaba cambiando, Susan O’Donnell había muerto y yo había asistido a su funeral con el corazón encogido y cargando con la parte de culpa que me tocaba. Y sin embargo, lo que hacía que la vida se pusiera patas arriba era lo de Ornella. Ese beso en el maizal, preludio de un gran viaje vital, era lo que daba sentido al sinsentido. Ahora creo que nunca nadie nos entendió. No nos enamoramos, no nos hacía falta esa dosis de cursilería. Habíamos nacido y crecido el uno para el otro, pero a espaldas del mundo. Ese era nuestro secreto y nuestra condena. No nos hizo falta ni hablar entre nosotros para saber que ese era nuestro destino y que el camino sería pedregoso e ingrato.
Ornella y yo nos hablábamos con la mirada, siempre fue así, desde que éramos pequeños y recuerdo esa sensación y cómo sabíamos exactamente lo que pensaba el otro. Algún romántico puede que confundiera esa conexión con el amor, pero en nuestro caso siempre supimos que era algo más que eso, estaba forjado de otro material.
No obstante, cuando dos imanes se atraen terminan chocando. Por eso, tarde o temprano tenía que ocurrir que volviéramos a estar juntos y a solas. Algo que no conseguimos en la granja de los Olsen y para ello bastó la primera noche de vuelta a nuestra casa y a la rutina. Esa rutina desde que yo estaba con Bartali incluía mi llegada a casa pasadas las once, cuando ya todo el barrio dormía.
Esa primera noche, Ornella me esperó despierta aunque serían más de las doce. Habían pasado unos días desde aquel primer beso en el maizal y ambos deseábamos el momento de quedarnos a solas en nuestro cuarto. Cuando Ornella me dijo que nuestra vida había cambiado, ninguno habíamos calibrado el alcance de esta verdad. Sin embargo, fue la lucidez de ella, la que diagnosticó la situación en el minuto uno de la historia. Mi madre llevaba dormida un rato y de pronto nos sorprendimos en la soledad de nuestro cuarto común.
Habíamos crecido juntos ahí, entre esas cuatro paredes, y ahora que íbamos siendo mayores, mi madre veía con malos ojos que lo compartiéramos, pero nada podía hacer Isabella Marconi para cambiar este hecho mientras siguiéramos viviendo en aquel piso pequeño de la calle 33.
Cuando Ornella y yo estábamos juntos todo fluía de una manera natural. A veces nos quedábamos dormidos mirándonos a los ojos, hablándonos con la mirada. No necesitábamos mucho más para estar a gusto. Fue esa armonía que siempre nos invadió la que nos condujo al presentimiento. Por eso, cuando por fin supimos que no éramos hermanos de sangre algo cambió para siempre.
Al entrar en mi habitación, Ornella esperaba sentada al borde de su cama. La miré y le estampé una sonrisa en sus pupilas. Comenzamos a desnudarnos como habíamos hecho tantas noches. Era algo vivido desde que éramos unos niños y salvo en los primeros años de la pubertad en los que la curiosidad se dispara, siempre este acto había estado instalado en lo cotidiano. Nada de especial tenía desnudarse y ponerse el camisón o el pijama mientras el otro hacía lo mismo. Desde hacía algún tiempo, mi madre trataba de evitar esto y nos obligaba a hacerlo por separado aunque después compartiéramos habitación toda la noche.
Pero aquella noche era distinta, era la primera noche que íbamos a pasar en nuestra casa tras lo del maizal y ambos deseábamos sentir la respiración del otro cerca. Levanté la persiana y apagué la luz para que algún furtivo rayo de luna fuera el testigo que guardase nuestro secreto. Nos desnudamos despacio, bebiéndonos el cuerpo del otro a medida que quedaban al descubierto parcelas de piel en las que jamás habíamos reparado con esa nueva mirada. Dejamos que las tenues sombras de la noche jugase con nuestros cuerpos, los acariciase y deslizaran su manto por aquellos rincones que las manos aún no se atrevían a explorar.
Nunca hasta aquel día en el maizal había reparado en la belleza, salvaje y refinada al tiempo, de aquella criatura simpar. En sus proporciones perfectas, en esas caderas en las que apetecía acunarse y dejar que pasara la vida mirando al cielo. En esa mirada felina y hambrienta que ahora escrutaba la geografía de mi cuerpo mientras yo hacía lo propio con la suya. Nos abrazamos en la penumbra empezando a recorrer nuestra piel con las manos descubriendo en cada poro, cada vello, cada curva, la nostalgia de un paraíso soñado. Ornella apretó su cuerpo contra el mío en un intento de contradecir al destino esquivo que se nos ofrecía. Sentí su calor animal y primitivo y me dejé seducir por esa morfina que emanaba de su aliento entrecortado. Sentí como mi deseo carnal se apretaba en toda su recia plenitud contra las paredes de su pubis prohibido, gloria y pecado de la incomprensión.
– ¿Con cuantas mujeres has estado Luca?
– ¿Importa eso ahora Ornella?
– Toda la vida te he sacado de dudas y te he ayudado en los estudios, te he tapado tus travesuras, he sido hermana, cómplice y maestra así que si importa Luca. Para mi será la primera vez y será contigo y quiero creer que sabes más que yo, que hoy eres tú el maestro y que haremos de esta noche algo memorable.
A mi mente acudieron las enseñanzas de Madame Marley y Monique. Había estado con tres o cuatro chicas más del Capri durante el corto tiempo que llevaba en La Famila, nada de importancia ni que se pudiera comparar con aquellas dos mujeres excepcionales. Sólo pensé que si ellas pudieran opinar dirían que hacer el amor con mi hermana debía de convertirse en un acto de respeto absoluto.
– Contéstame hermanito, por favor – me urgió mientras me arrastraba a su cama colgada de mi cuello sin dejar que yo me perdiera en mis propios miedos.
Cuando estuvimos cubiertos por las sábanas le acaricié el pelo alborotado y mirándome en sus negros ojos la besé intentando esquivar su pregunta, que ciertamente en aquellos momentos me incomodaba un poco. Sin embargo su sonrisa y sus pupilas expectantes demandaban una respuesta y comprendí que ella, como siempre, se salía con la suya.
– No sé Ornella… cuatro, quizás cinco.
– Quiero ser tuya y que sea un recuerdo imborrable. Otra cosa ¿Ahora me llamas Ornella? – dijo sonriendo mientras acariciaba mi cuerpo con sus manos hasta posarlas en dónde más la deseaba.
– Es tu nombre – contesté confuso.
– ¿Qué fue del Hermanita? – me dijo con la sonrisa más sensual y atrevida que había visto jamás.
Y era cierto. No supimos nunca el por qué, salvo los presentimientos sin explicación que nos habitaban, pero desde que ingresamos en la pubertad dejamos de llamarnos por nuestros nombres de pila en un juego cómplice que quizás quería significar que nos dábamos cuenta de la metamorfosis que iba ganando terreno a nuestra niñez, devorándola en bocados sutiles y constantes. Y fui yo quien comenzó a llamar a Ornella con ese sobrenombre, cuando me empecé a dar cuenta que con quien compartía cuarto dejaba de ser una niña. Después me llegó a mí el turno biológico y con la misma intención pícara, Ornella comenzó a llamarme Hermanito. Por esa razón, no me sorprendió en exceso lo que Ornella me dijo después de besarme sin dejar que contestase a su pregunta.
– Prefiero que me llames Hermanita… y más en estos momentos. Me provoca calor.
El fuego invadía la cama y ya nada podía parar ese río de lava que nos llevaba, así que decidimos que su imparable fuerza nos arrastrase al infierno.

La mañana comenzó más temprano que de costumbre. La primera claridad del día se coló de sopetón en nuestra ventana a la que habíamos dejado la persiana enrollada arriba para poder vernos en la penumbra de la noche. Mi primera visión fue la de la belleza dormida de Ornella. Las sábanas revueltas y húmedas eran testigos callados de la dulce batalla que bajo su manto se libró. La quietud del cuerpo desnudo de mi hermana rebosaba una serenidad que te contagiaba. Contemplarla era como ver al alba despuntar en el horizonte.
Me levanté con cuidado de no despertarla y me puse mis calzoncillos que aún permanecían abrazados al camisón de Ornella encima de una silla tal y como habían caído derrotados. Me senté al borde de la cama sin dejar de mirarla mientras encendía un cigarrillo. Jugaba con las volutas de humo dibujando círculos en el aire mientras la desazón comenzaba a invadirme. Habíamos iniciado un camino sin retorno del que no conocíamos sus ventajas, sólo sus espinas.
Ninguna sociedad, ni la de ahora ni la de aquellos lejanos días admitiría tamaña aberración, pero para nosotros no lo era. Habíamos crecido juntos y el cariño que nos teníamos había crecido con nosotros. No teníamos ninguna necesidad de enamorarnos y de hecho eso fue lo que nunca pasó. No lo necesitábamos pues estábamos libres de esas ataduras. Y a pesar de todo no teníamos ni la más remota idea de cómo gestionar la situación.
Cuando mi hermana despertó al poco tiempo, esbozó una sonrisa aletargada aún en el reino de Morfeo que a mí me pareció la más bonita del mundo. Por la comisura de sus labios rebosaban la satisfacción y la felicidad. Sin embargo, algo tuvo que ver en mi sonrisa pues, como ella misma me dijo, estaba plagada de sombras.
Se vistió y nos quedamos hablando sobre la cama. El reloj de la mesita de noche marcaba las siete de la mañana, así que mi madre comenzaría a trastear en la cocina en una media hora. Ese era pues el tiempo que teníamos para hablar sobre las incertidumbres que nos asaltaban desde todos los ángulos.
Desde ese primer momento quedó claro algo que, por obvio, no habría ni por qué mencionarlo, pero fue Ornella quien lo sacó a colación. Mi madre no debía de saber nunca nada del asunto y nosotros, habríamos de poner un especial cuidado en que ni siquiera sospechara. Decidimos que lo mejor que podíamos hacer era no modificar en nada nuestra conducta en casa, en la relación con mi madre y en lo que trascendía de nosotros. Debíamos ser la pareja de hermanos que tan bien se habían llevado siempre. No obstante, quedando claro que estábamos condenados a escondernos del mundo y no éramos más que un par de jovenzuelos colmados de preguntas, habríamos de buscar alguna ayuda.
Ornella, tenía una mente tan abierta que hacía palidecer a las libertinas modas de aquellos años veinte y pienso que dios se equivocó con ella por no haberla hecho coincidir esos años de lozanía en una sociedad más avanzada y despojada de complejos.
Su primera idea era la de aguardar un tiempo, quizás dos o tres años y terminar confesando a nuestra madre lo que ocultábamos, pero ¿Cómo se le dice eso a una madre?…Nunca lo supimos.
Otra cuestión, y no menor, era la de que dejarse arrastrar por el deseo a menudo no traería otra consecuencia que la del embarazo y los viejos sistemas de la sociedad del veinte lo único que aseguraban era la venida al mundo de una nueva vida como le ocurrió a Susan O’Donnell. Ya le estuve dando vueltas al asunto hasta que despertó Ornella sin llegar a ningún puerto hasta que mi propia experiencia me dio la pista con la que formar una idea: hablaría con las chicas del Capri. Ellas no se quedaban en estado salvo en raras ocasiones y cuando esto ocurría ellas mismas hablaban de un accidente.
Ornella estaba tan perdida como yo en este terreno y cuando le conté lo que se me pasaba por la cabeza desconfió de quienes trabajaban para mi jefe.
– ¿Crees que es buena idea? – receló.
Fue entonces cuando me acordé de alguien ajeno a Bartali pero que sabía todo lo que había que saber sobre el tema. Le pedí una camioneta prestada a tío Carlo para ir a las afueras a visitar a Madame Marley. Mi tío, me dio las llaves sonriendo y me recomendó a Jenny. Realmente no le mentí , sólo que mis intenciones en la visita no eran las que él pensó.
Marley se mostró sorprendida cuando maltraté su puerta, no tanto por verme a mí sino porque fui por la mañana y acompañado de Ornellla.
– Hay negocios en los que no se madruga ¿sabes jovencito? – dijo al abrir la puerta con aspecto de haberse peleado con un gato.
Sin embargo, al instante reparó en que a mi derecha estaba una mujer que aparentaba ser de mi edad. Aquello debió de descolocarla pues al instante compuso una mueca de asombro y sin preguntarnos siquiera a qué veníamos nos invitó a pasar.
– Aún no tomé café ¿queréis uno? Dijo mientras nos conducía a la cocina por aquel mismo pasillo que ya había recorrido en dos ocasiones más –. En realidad no desayuné porque estaba durmiendo tranquilamente hasta que alguien vino a joder con la puerta – protestó elevando un poco la voz.
Pero Marley era un trocito de caramelo que ni cuando refunfuñaba parecía enfadada. Lo cierto es que ella y sus chicas fueron un encanto en todos los sentidos y demostraron una calidez y una compresión que quizás sólo podíamos esperar en aquel burdel, pues allí en donde los mundos marginales se cruzan, se comprenden.
Para que entendiera bien todo el asunto le hicimos un breve resumen de cómo llegamos a América, cómo el azar nos juntó como hermanos y cómo el destino nos condujo al deseo. A medida que íbamos narrando nuestra historia algunas chicas que iban despertando se unían a la tertulia en la mesa mientras tomaban su primer café. Fue gracias a ellas cómo supimos que en este oficio existen las penas y que la vida alegre que pregonan en sus fachadas esconde a seres humanos a los que se les negaba el derecho a llorar en público. Cuando le dije a Ornella que las chicas del Capri no se quedaban preñadas salvo en contados accidentes no sabía toda la verdad y lo decía sólo porque era mi percepción del asunto. Con Marley y sus chicas supimos de los abortos escondidos, del asalto de las infecciones, de las hemorragias no controladas, de las palizas y de tantos peligros que aquellas enfermeras de la soledad asumían para ejercer el oficio más viejo del mundo. Pero aparte de eso, también nos abrieron los ojos a otras cuestiones. Así nos enteramos que esas fundas de caucho de la india que algunos se ponían para prevenir la sífilis, también prevenían el embarazo. También nos hablaron del gorro holandés que algunas de ellas utilizaban.
La verdad es que al mirar a aquella época con los ojos de esta parece mentira lo que desconocíamos, pero no ya nosotros que al fin y al cabo éramos dos jóvenes de dieciséis y dieciocho años, sino la sociedad en general.
De aquella visita nos vinimos con el cariño y quizás cierta dosis de comprensión de aquellas mujeres, pero también con cosas e ideas prácticas. Marley nos dio un gorro holandés nuevo y la crema espermicida correspondiente y fue Bobby Farrell quien me proporcionó mis primeros preservativos sin hacer preguntas.
El viaje con Ornella había comenzado aunque el destino fuera incierto … pero eso, es otra historia.

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