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La mañana en la que conocí a los amos de la ciudad, yo me encontraba al borde de un ataque de grandeza. Era apenas un chico de dieciséis años que había tenido una idea para parar una guerra. Una idea que por supuesto, mi jefe había presentado como propia y que habría de ser matizada con tranquilidad antes de ser servida. Sin embargo, eso no impedía que por un día, me sintiera importante. Poco me importó en aquellos momentos que los tres grandes hombres discutieran los términos del acuerdo y que aquello que yo había propuesto no fuera exactamente lo que se habría de pactar después. Siempre consideré que fue un punto de partida para mí. En cierto modo, Bartali me había sacado del banquillo y me había puesto a batear en primera base.
Había mucho trabajo que hacer. La ciudad ya era un polvorín, una maraña endiablada de tensiones en la que el asunto de Mascarelli no ayudaba en nada. Mientras unos pocos trataban de mantener la cordura, otros parecían tener más ganas de hacer correr la sangre y que todo se fuera al diablo, quizás pensando que en ese río revuelto, ellos podían ser los mejores pescadores. Fueron muchos los problemas que fueron acumulándose: lo de Mascarelli, lo de la fábrica de cerveza, lo del casino…pero vayamos por partes. Déjenme que les cuente cómo se pasó de parar una guerra a llevar flores a una tumba.
Cuando llegamos a la guarida de Torrio, Capone aún no había llegado y en realidad eso fue una suerte. La mañana lo había sorprendido pegado a una resaca en la cama de una prostituta por lo que Merlo, Torrio y Bartali pudieron discutir la manera de contentar a todo el mundo a partir de lo que yo había planteado.
Si bien, ceder los derechos de una parte de Cicero a los Genna podría funcionar, el aspecto más delicado era que O’Banion no participaba de aquella nueva partición y conociendo cómo se las gastaba el irlandés era mucho arriesgar. Lo que tenían claro es que Mascarelli podría haber sido una china en el zapato de las relaciones entre bandas, pero no tenía la entidad ni el peso como para precipitar las cosas.
De aquella tensa reunión recuerdo a Capone como un tipo que parecía tener el trasero encima de un barril de pólvora, alguien nervioso y paranoico pero que traslucía una inteligencia maligna. Cierto es que el día que lo conocí acababan de matar a uno de sus muchachos, pero en el futuro y después de tratarlo varios años, no varió en mucho mi percepción de él: un tipo inteligente y peligroso (y no siempre en ese orden).
Torrio y Merlo sin embargo eran hombres más mesurados y fue gracias a ellos que finalmente se pudo contener la ira de Capone que gritaba venganza a todo aquel que pudiera escucharlo. En aquella reunión se convino llamar a los Genna y ofrecerles la zona de libre de Cicero como yo había sugerido, pero para no dejar fuera a los irlandeses se ofrecería a O’Banion una participación del 25% en The Ship, el casino controlado por Capone, así como un pellizco sobre la cerveza vendida en Cicero, de ese modo, todos comían del nuevo pastel. Al día siguiente aceptaron el trato y las aguas parecieron calmarse pero era una impostura. No sé en qué demonios pensaban los Genna y O’Banion en ese momento, pero no era en consolidar esa paz.
Se diría que la ciudad ya había tomado su propio rumbo, un viaje que sólo conducía por una larga cuesta abajo al abismo. Los locos pilotos que maniobraban por ese sendero eran los sicilianos y los irlandeses. Aquella paz siempre fue un espejismo.

John Duffy era un pistolero a sueldo de O’Banion que procedía de Filadelfia. Una noche en la que el alcohol volvió a presidir una discusión con su novia Maybelle Exley, la asfixió hasta la muerte con la almohada. Visiblemente agitado llamó a O’Banion al pub en el que solía cuidar la costumbre irlandesa de tomar pintas de cerveza. Aquel irlandés tenía una imaginación un tanto retorcida y de inmediato algo le cruzó por la cabeza. Le dijo que se verían en el Four Deuces, el casino de Capone. Allí se preocupó de que los viera todo el mundo, incluyendo un pequeño altercado que Duffy tuvo con un croupier. Capone le dijo a O’Banion que se llevara a su chico de allí y procurase que durmiera.
Por la mañana encontraron su cadáver cargado de plomo y tirado en una cuneta de las afueras. Las primeras sospechas recayeron en Capone ya que había sido visto en el casino de su propiedad. Capone pudo librarse fácilmente de las acusaciones haciendo una llamada a un inspector a sueldo, pero O’Banion lo había hecho sólo por divertirse.
Tiempo después pude saber que aquel pistolero le había causado más de un problema a O’Banion por no saber beber y que incluso tuvo que afrontar en su lugar una deuda de juego de dos mil dólares que Duffy le devolvió trabajando gratis un tiempo. Supongo que utilizó aquella oportunidad para quitárselo de en medio y, de paso, meterle un dedo en el ojo a Capone.
Y mientras el irlandés parecía disfrutar tocándole las pelotas a Capone, el siguiente mal trago ya estaba cociéndose en casa de los hermanos Genna.
En aquellas destilerías clandestinas se producía un brebaje infame que se conocería más tarde como matarratas y que tenía la mala costumbre de mandar al hospital y al cementerio con frecuencia a los que lo ingerían. Lo elaboraban adulterando alcohol metílico y era más barato de producir. Si los Genna lo hubieran distribuido en su zona quizás la basura se habría barrido en casa, pero quisieron tentar a la suerte metiendo la mierda en casa de O’Banion. Cuando ese licor adulterado comenzó a crear problemas en el territorio de la zona norte, O’Banion llamó a Torrio para que mediara en el asunto. Se quejaba de que los Genna estaban vendiendo ese licor en algunos bares de su zona. Quizás pensó que siendo ambos italianos se entenderían mejor, o quizás fuera su única baza, el caso es que cuando esa vía no funcionó tomó sus propias medidas.
Toby, el saxofonista del Capri decía que aquellos hombres se conducían a golpe de entrepierna y parecía que se trataba de dilucidar quién los tenía mejor puestos, de lo contrario, no se hubieran hecho muchas de las cosas que se hicieron.
Por eso, O’Banion debió de pensar que robar un cargamento de los Genna de vez en cuando, debía ser buena idea y la verdad es que cualquier cosa que perjudicase a los sicilianos era algo que le producía un placer enfermizo.
– Hay que exterminar a todos los irlandeses, aplastarlos, cortarlos en pedacitos y darle sus restos a las gallinas – clamaron los Genna cuando constataron quién les estaba jodiendo la vida.
Habían jurado matarlo y así se lo trasladaron a Merlo, que a duras penas podía contener ya la hemorragia. Al jefe de la Unión Siciliana de Chicago lo respetaban hasta los Genna pero ¿hasta cuándo? Ni Merlo ni Torrio querían una guerra pero la cosa se estaba saliendo de madre y había un par de tipos por la ciudad que parecían pedirla a gritos. Eso, sin contar con que Capone (aún a la sombra de Torrio) no veía con malos ojos desempolvar las metralletas.

La fábrica de cervezas Sieben estaba en la parte norte de la ciudad. O’Banion, Capone y Torrio era copropietarios de la misma y el irlandés, en otro movimiento alocado, quiso tensar la cuerda.
El día de autos O’Banion citó a sus dos socios en un restaurante de la zona norte. Curioso tiempo aquel en el que los enemigos eran socios en los negocios. Los hombres de O’Banion y los de Capone guardaron las puertas mientras sus jefes negociaban. El asunto que quería tratar O’Banion era la venta de su parte de la fábrica de cerveza, algo que pilló por sorpresa a sus socios. El precio que el irlandés les pedía parecía razonable, medio millón de dólares no parecía excesivo para una fábrica que producía lo suficiente para sufragar ese gasto en pocos meses. Resulta curioso que ninguno de los dos sospechara nada. Al menos en Torrio esto era un claro indicio de que tenía la cabeza en otro sitio. Si algo caracterizaba a Torrio era su astucia y sin embargo O’Banion se la coló a los dos.
– Empiezo a estar un poco harto del contrabando. La policía y este puñetero alcalde están cada vez más encima. Además…están los Genna – explicó O’Banion.
– ¿Qué pasa con los Genna? – preguntó Capone.
– Están locos y temo que vayan contra mí. Me han llegado rumores de que estarían dispuestos a asesinarme. Creo que les trae sin cuidado el poder dinamitar la ciudad con ello. Nuestras relaciones son nulas pero con vosotros es distinto ¿Me equivoco?
– ¿Adónde quieres llegar Dean? – preguntó Torrio sospechando que aquella confesión encerraba algo más – Tú les estás robando sus cargamentos.
– Los hundo en el lago. Ese matarratas no sirve ni como desinfectante – confesó con aparente franqueza –. Mira Johnny, la verdad es que estoy cansado. Creo que ese napolitano amigo tuyo, Bartali, es el más listo en todo esto. Tiene su zona, sus destilerías y sus negocios legales y al no ambicionar más no se mete en problemas. Al contrario, se lleva bien con todos. Creo que es un ejemplo del que deberíamos aprender. Sin embargo, esos Genna son mal asunto.
Torrio y Capone escuchaban con atención y no vieron venir la trampa. O’ Banion les hizo ver que iba a seguir el ejemplo de Bartali. Al fin y al cabo, O’ Banion gobernaba la mitad norte de la ciudad policía incluida, y tenía más dinero del que podía gastar. Hacer correr el rumor entre quien tuviera oídos, que se retiraba a explotar su zona sin tratar de expandirse era una jugada nueva sobre aquel tablero tan ávido de dar mordiscos a los vecinos.
El irlandés cerró el precio de su traición en aquel medio millón de dólares. Después de algunos días y cuando ya O’Banion había cobrado la pasta, la policía irrumpió en la fábrica deteniendo a todo el mundo que allí se encontraba, incluido Torrio. Aquello pudo ser la gota que colmara el vaso de la paciencia tanto de Torrio como de Capone. Ya no se trataba de un altercado que acaba con alguien en el hospital o criando malvas, se trataba de una estafa y una traición directa. Sin embargo, y contra los consejos de Capone que abogaba por devolver el golpe, Torrio prefirió esperar.
Cuentan algunos oídos atentos que O’Banion se jactaba y se reía de “esos malditos espaguetis” cuando se enteró de la detención de Torrio y esos mismos oídos, que vestían uniforme, le contaron a Torrio que O’Banion sabía de antemano que se estaba preparando una redada en la fábrica y quiso quitarse de en medio dejando a sus socios en la estacada y con medio millón menos.
Dicen que todo vaso tiene una gota que lo colma y eso en aquella ciudad tenía que ocurrir más tarde o más temprano.
Aquel vaso se colmó una noche en la que Capone, junto con O’Banion y algún hombre de confianza más, contaban en el despacho de The Ship, las ganancias del casino esa noche. Había sido una velada redonda. Habían dejado ganar al alcalde de Cicero y a algún senador pero a cambio muchos otros habían sido desplumados. El problema era que uno de los que había perdido mucho dinero era Angelo Genna. Cuando Capone lo supo se quedó pensativo.
– ¿Cómo demonios ha ocurrido? – gritó disgustado.
– Ha sido en la ruleta Al, unos cuarenta mil dólares – contestó Frank Nitti.
– No me gusta que ese hijo de perra venga por mi casino, pero si aparece, no quiero que pierda.
– A mí no me disgusta que pierda, Al – contestó O’Banion.
Capone se lo quedó mirando sin saber bien si pegarle un tiro o invitarle a una copa. Cuando alguien contestaba a Capone y él te miraba así sabías que acabarías rodeado de tumbas. Sin embargo, era el jefe del lado norte quien discrepaba. Capone se acercó al mueble bar y sirvió dos vasos de whisky tendiéndole uno a O’Banion.
– Eso es porque tú le tienes más cariño – bromeó.
En el tiempo que Al Capone llevaba con Torrio había aprendido a controlar en cierta medida sus viscerales instintos. No siempre lo lograba, pero aquella noche habían ganado mucho dinero y estaba de buen humor. Cuarenta mil dólares eran una suma importante, pero se podían asumir merced a las ganancias globales de aquellos días. Llamó a Angelo Genna y le invitó a pasarse por el casino al día siguiente a las ocho, y él mismo le daría un cheque por la totalidad de lo perdido.
– Cortesía profesional Angelo – le dijo.
O’Banion se marchó sin ocultar su desacuerdo y su disgusto y acabó en el pub de costumbre a ahogar su frustración en pintas de cerveza. Llegó a casa borracho y con ganas de bronca por lo que decidió llamar a Angelo Genna al que levantó de la cama. Fue su último error.
– El veinticinco por ciento de las ganancias del casino son mías como bien sabes. Capone puede hacer lo que quiera con su dinero, pero según lo veo yo, en el momento que te devuelva los cuarenta mil, me deberás diez mil. No tardes en pagarme.
– Eres hombre muerto, lo juro – contestó Angelo Genna, que se tomó aquella llamada como un insulto y la última provocación que estaba dispuesto a tolerar.
Cuando Angelo Genna fue a cobrar el cheque le contó aquella llamada de O’Banion a Capone que lo intentó tranquilizar sin demasiado éxito. Sabía que un siciliano no juraba en vano.
– No hagas caso Angelo. Iría borracho.
Y a veces la providencia termina casando las piezas y viene a dar alguna idea, no necesariamente buena. Mike Merlo murió de cáncer el 8 de Noviembre de 1924 y los Genna vieron la ocasión de saldar cuentas. Al día siguiente, alguien se personó en el 738 de North state street. Llegó a bordo de un Ford T, negro como los presagios que se avecinaban, y se detuvo en la fachada de la floristería
Schofield, aquí es. Vete, daré un paseo para volver a casa – le dijo al conductor.
El tipo se bajó con parsimonia, se ajustó el sombrero y se abrochó bien el abrigo. Soplaba un viento frío del norte cargado de la humedad del lago y no era cuestión de ir a pecho descubierto ni siquiera para resolver un problema.
Cuando O’Banion lo vio llegar tampoco se sorprendió. Mucha gente conocida estaba viniendo a su floristería para la misma cuestión y ese día, el negocio estaba movidito.
– Buenas tardes Dean. Vengo a encargarte las flores para Mike… que en paz descanse – el hombre acompañó sus palabras persignándose.
– Mis condolencias – contestó O’Banion –. Un gran hombre.
El tipo le entregó un papel con el pedido escrito a mano. O’Banion lo leyó un par de veces para asegurarse que disponía de todo lo necesario. Mike Merlo era querido y respetado por mucha gente y muchos estaban acudiendo a Schofield a hacer sus encargos.
– No hay problema. Mañana a las doce estarán a punto.
– Bien, alguien vendrá a recogerlas – dijo el tipo –. O’Banion… – añadió levantando su sombrero levemente a modo de despedida.
– Hasta mañana entonces – contestó el irlandés.
La mañana del 10 de noviembre de 1924 se levantó fría como las lápidas de los muertos. Mike Merlo esperaba para ser enterrado mientras en muchas partes de la ciudad los grandes jefes y sus muchachos se ponían sus mejores trajes y las más finas corbatas y camisas para despedir a alguien tan respetado. Sin embargo, alguien esa mañana tenía cosas que hacer.
A las once y media, un coche se acercó a la floristería de O’Banion. Los cuatro tipos que iban dentro, sabían que el irlandés estaba en ese momento solo porque un paseante nada neutral se lo había dicho dos manzanas más allá. El coche volvió a arrancar después del soplo y paró a pocos metros de la entrada. Tres tipos con abrigo, sombrero y determinación, se bajaron del automóvil y se dirigieron directos a Schofield.
O’Banion podaba tranquilamente algunas ramas feas que le habían crecido a los claveles. Los tipos entraron en la floristería y saludaron a O’Banion con un amago de levantar su sombrero.
– No os esperaba tan pronto muchachos – comentó O’Banion al verlos entrar.
– Los malos tragos, cuanto antes mejor – contestó el del sombrero marrón mientras le tendía la mano.
– ¿Qué tal Albert? ¿Cómo va todo? – dijo el irlandés estrechándosela.
Todo fue muy rápido. En el piso de arriba algún vecino quiso saludar a la mañana poniendo en su gramófono a Wagner mientras Albert Anselmi sujetaba con fuerza la mano del jefe del clan irlandés. Así, al tiempo que La cabalgata de las valkirias se escapaba por la ventana del primer piso, a O’Banion se le fugaba la vida por los dos agujeros de bala que le abrieron en el pecho. Esos disparos fueron ahogados por el volumen con que sonaba la música e impidió que nadie escuchara con nitidez lo que en la floristería ocurría.
– ¡Remátalo John! – gritó Albert Anselmi.
Una última bala tuvo la ocasión de comprobar qué se le pasaba por la cabeza a O’Banion cuando la atravesó de sien a sien.
El trabajo estaba hecho y el coche que les había dejado a pocos metros de la puerta había avanzado hasta quedarse a la altura de la entrada. Mike Genna, Albert Anselmi y John Scalise acababan de pasar a la historia pasaportando al infierno a Dean O’Banion.
Se podría decir que el funeral de O’Banion fue el más espectacular de la época y el despliegue floral en forma de coronas mortuorias superó con creces todo lo visto hasta entonces. Tenía tantos enemigos que ninguno quiso perder la ocasión de enviarle una corona. Sin embargo, entre tanta flor, se derramaron pocas lágrimas. Para muchos de los presentes era más ocasión de descorchar una botella de Moët & Chandon que de lloros. Los Genna habían cumplido sus amenazas como las cumple un siciliano, pero para matar a O’Banion se necesitó algo más que una voluntad vengadora. El cómo y el cuándo se decidió unos días antes, cuando la ciudad eligió bailar con la muerte… pero eso es otra historia.

Photo by Roberto Latxaga

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