Hay días tan parecidos entre sí, que no seríamos capaces de ubicar en algún lugar de la memoria si no hubiera ocurrido algo que les hubiera construido un nido en nuestro recuerdo. Aquella noche era una más y de no ser por lo que habría de venir, tan sólo recordaría que era verano. La luna llena andaba jugando al escondite con las nubes y tan pronto se veían con nitidez los campos de avena y trigo, como se oscurecía cuando ella decidía ocultarse tras una bola de algodón. Apenas hacía una hora que había caído un breve chaparrón y el olor a tierra mojada inundaba la noche con su fragancia. La noche en las afueras de Chicago volvía a respirar al compás de los acordes que los grillos desparramaban frenéticamente a ritmo de swing y la vida volvía a desperezarse con delicadeza después de haber tomado una ducha reparadora.
Paramos a tomar un trago en la taberna de Mati, un ritual que se repetía a diario. La pequeña explanada frente a la entrada se había salpicado de algunos charcos y se cubría ahora de un barro tenaz que se pegaba a nuestras botas. Salvatore y Guido, los dos empleados de mi tío Carlo, iban delante riendo porque el primero había pisado uno de esos charcos empapándose los bajos de sus pantalones. Mi padre y tío Carlo marchaban conmigo unos metros por detrás.
– Para mí lo de siempre, voy a firmar – dijo mi padre poco antes de llegar a la puerta de la taberna.
Mi padre tenía cierta aversión a hacer sus necesidades en otro sitio que no fuera su propio cuarto de baño y lo evitaba siempre que podía, así que mientras nosotros entrábamos en la taberna, él se dirigió a la parte de atrás a orinar.
Al entrar nos dimos cuenta de que algo iba mal. Los esbirros de O’Banion estaban intimidando a Mati McTildon. Por lo que decían, Mati les debía dinero de la última entrega de whisky y los matones le estaban dando un ultimátum para que pagase.
Ella se lamentaba al borde del llanto de que las cosas no iban bien y de que una taberna en las afueras sin chicas de alterne no atraía mucho personal. Mati, acosada por esa deuda impagable comenzó a llorar suplicando que le dieran más tiempo.
– Ni siquiera he cubierto gastos del último pedido. No he ganado nada aún y si no tengo más tiempo no podré pagar. Puedo daros la mitad ahora y el resto dentro de dos semanas. Por favor – suplicaba entre lágrimas.
– ¿Por quién me tomas pelirroja? ¿Tengo cara de haber venido a darte más tiempo? – escupió sin entrañas el tipo que parecía llevar la voz cantante.
Eran tres pistoleros. Uno hablaba, o más bien habría que decir ladraba, mientras los otros dos, un tipo pelirrojo y otro bajito habían desenfundado sus pistolas para que Mati McTildon las pudiera ver bien.
La extorsión y las amenazas de muerte eran moneda de cambio muy común en aquel Chicago feroz. Algunas bandas como el clan irlandés de O’Banion tenían menos escrúpulos que una mosca encima de una mierda y no reparaba en los medios con tal de obtener sus fines. Era una práctica habitual que se obligase a los propietarios de los negocios no sólo a comprarles el licor al precio que ellos marcasen de un modo arbitrario sino también fijar el grosor del pedido y los plazos cuando estos existían. A veces, como ocurría con la taberna de Mati, no era un negocio muy rentable, de modo que se le apretaban las tuercas hasta que el asunto se descosía por alguna costura. Los propietarios vendían desesperados sus negocios, a veces a cambio de la deuda contraída o de que no los matasen. Daba igual que se tratara de una viuda sin lápida a la que llorar y sin más recursos que aquella taberna. El local de Mati estaba demasiado alejado de la ciudad, en el cruce de dos caminos que conducían tan sólo a granjas que ya estaban en las afueras. Su mayor fuente de ingresos provenía de los pescadores que iban al lago, que no estaba lejos. Pero eso era poco sustento y Mati triplicaba las horas y aun así no le alcanzaba. Para O’Banion y su gente ese local, sin embargo, tenía grandes posibilidades si pasaba a sus manos, por lo que llevaban ya un tiempo haciendo la vida imposible a Mati McTildon.
Nosotros nos habíamos quedado a los lados de la puerta paralizados. Mi tío Carlo me rodeó el hombro con el brazo como si eso fuera a protegerme, pero lo cierto es que aquél gesto se lo agradeceré siempre pues hizo que no me sintiese sólo en la tierra del miedo. Salvatore y Guido, también paralizados, se habían quedado un par de pasos por delante al otro lado de la puerta.
Quiso la mala fortuna que, a esas horas, nosotros fuéramos los únicos clientes que había dentro de la taberna por lo que los pistoleros que amedrentaban a Mati se volvieron con cara de pocos amigos. El que la amenazaba le increpó al pelirrojo que no se hubiera quedado en la puerta para impedir que nadie pasara.
– ¡Joder O’Donnell ! te dije que controlaras la puerta.
El aludido se encaminó hacia nosotros con la pistola en la mano.
– ¡Vosotros! Al fondo y calladitos – nos ordenó haciendo un gesto con la pistola en dirección a un rincón del fondo del bar.
– ¡Regístralos! – volvió a bramar el que, decididamente era el jefe de la expedición.
Pero ni siquiera nos dio tiempo a empezar a cumplir las órdenes de aquel tipo. No tuvimos tiempo de dar ni un paso en dirección al lugar marcado por la punta de su pistola.
Bobby Farrell solía decir que nunca sabrás en qué mano te jugabas la vida si perdiste la partida y yo nunca sabré que fue lo que accionó el gatillo de O’Donnell. Quizás mi padre abrió la puerta de par en par con demasiada violencia o puede que no fuera buena idea encender un fósforo para prender un cigarrillo justo en ese momento. O quizás el apodo de “gatillo fácil” que adornaba a Harry O’Donnell era una precisa descripción de aquél impotente que utilizaba el cañón de su pistola como proyección de una virilidad herida de muerte, como supe años después de primera mano.
El caso es que la mala suerte se alió en contra de mi padre en aquel fatídico instante. En un parpadeo, dos disparos mortales se alojaron en su cuerpo en cuello y pecho arrebatándole el aliento. Mi padre no supo qué pasaba. Sus ojos se volvieron blancos al tiempo que en un intento desesperado de aferrarse a la vida pudo inspirar su última bocanada de aire. Recuerdo el ruido seco y horrible que su cuerpo inerte hizo al caer de boca sobre el suelo de madera, a mis pies, sin que el horror vivido me permitiese mover un músculo. El resto de mis acompañantes tampoco eran capaces de moverse. Recuerdo a mi tío Carlo abalanzarse sobre el cadáver de mi padre gritando.
– ¡ Noooo! – era un “no” largo y sentido. Era un lamento y una despedida y el comienzo de los malos tiempos.
– No habéis visto ni oído nada o acabaréis como él ¿Entendido? – nos amenazó O’Donnell.
No pude decir nada y durante dos días tampoco hablé, salvo cuando alguien me preguntaba. Solía hacerlo entonces con monosílabos y con la mirada perdida. La segunda noche después del suceso, me desperté en medio de una pesadilla diciendo su nombre. Ornella me abrazó y mi madre que vino desde la otra habitación se unió a nosotros en un abrazo preñado de lágrimas. Le lloramos los tres como se merecía, como merecía un buen hombre, un buen marido y un buen padre.
Tonino Salerno no debió encontrar la muerte de esa absurda manera. El final le sorprendió sin darle la oportunidad de despedirse de sus seres queridos. De Ornella, su hija por la que siempre sintió la predilección de un verdadero padre que sentía que ella era distinta y por tanto había que proteger más. De mi madre, la mujer de su vida, la madre de sus hijos, su compañera, la persona que no dudó en atravesar medio mundo junto a él buscando algo mejor para su familia. Y tampoco se pudo despedir de mí. Cuando cayó a mis pies y tío Carlo lo volteó gritando su nombre como si aquel reclamo le fuera a devolver una vida que ya comenzaba a abandonarlo, me miró por última vez alargando su mano hacia mí como queriendo que se la agarrara.
– Diles que las quiero hijo mío – fueron sus últimas palabras.
No tuvo tiempo para decir nada más. La muerte vino a buscarlo y se lo llevó. Cerró los ojos y nos dejó.
Apenas tenía doce años y sé que cualquier chico de esa edad hubiera reaccionado de manera muy parecida, pero me arrepiento de no haber cogido su mano cuando me la tendió. Quizá fue su último deseo que no tuvo fuerzas para verbalizar, pero me asusté. Sangraba mucho por el cuello y los ojos se le tornaban blancos y sin vida y me dio miedo. Retrocedí asustado un par de pasos empujado por ese pánico a perderlo. Nunca me lo perdonaré. Negué a mi padre moribundo su último deseo y aún hoy, más de setenta años después, el rostro de mi padre me asalta en alguna pesadilla.
En cuanto a Mati McTildon, esa fue la última vez que la vimos. Quizás decidió que, según estaban las cosas, era el momento de huir quién sabe dónde y dejar atrás una tierra hostil y poco agradecida. Puede que hubiera perdido toda esperanza de que una guerra ya acabada le devolviera un féretro al que poder llevar flores.
A Mati se la tragó la tierra y ni el FBI pudo dar con ella. Su taberna junto con el medio acre de tierra que la circundaba se la terminó quedando el estado de Illinois al no hallarse ningún propietario ni heredero legal que lo reclamase. Esos terrenos fueron engullidos por una ciudad que se expandía y terminó siendo una gasolinera hace ya bastantes años, que curiosamente se llama Colleman, el apellido del marido de Mati McTildon. La gasolinera sigue ahí hoy en día pero de Mati nunca más se supo aunque…debería decir mejor que nadie excepto yo supo nunca de ella…pero eso es otra historia.

Comments

    1. Muchas gracias Juan. Supongo que cuando escribimos todos pretendemos eso, que se les coja cariño u odio a los personajes según su papel en la trama. Sé que debo lidiar con la difícil suerte de hacer que empalicéis con unos personajes que se mueven en el lado oscuro y cuyos actos son reprobables penal y moralmente…¡Y más cosas que me quedan por presentar!…me moveré en terrenos muy, muy pantanosos…espero no ser engullida por el lodo.

       

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