La vida te da noticias que no eres capaz de encajar. De pronto ante un golpe del destino te cubres con una coraza invisible que te protege del impacto. Sientes que por unos instantes flotas como las nubes y desde esa posición elevada crees que nada te puede afectar porque nada de lo que ocurre por debajo de tus pies es real. Los sentidos se relajan y yo diría que en esos momentos ni ves, ni oyes ni comprendes nada. Es un mecanismo de defensa ante el horror. Yo lo llamo estado de catalepsia temporal inducida aunque seguro que tiene otro nombre. En las calles de Chicago la vida te obliga a estar en ese trance con más frecuencia de lo debido. Para lo que no te prepara nadie es para la primera vez que lo experimentas, sobre todo si eres un niño.
En el mundo hay lugares únicos que parecen hechos para reflexionar y que sólo son descubiertos por quien los sabe apreciar. Lugares a los que acercarse en soledad o acompañado de algún buen amigo y que invitan a la charla sosegada y a poner en orden algún cabo suelto que haya quedado en tu vida. Lewis Archibald y yo descubrimos uno de esos lugares en el verano de 1918.
El estado nos dio una recompensa conjunta a todos los chicos por el asunto del fugitivo. No fue mucho, pero fue bien recibido en nuestras casas. Algunos chicos de la pandilla nos vimos recompensados por nuestros padres con una bicicleta y, algunos días de ese verano hacíamos excursiones fuera de la ciudad. Salir al campo era una experiencia nueva y descubrimos que algunos árboles guardaban frutas deliciosas que se podían coger trepando y, sobre todo, que fuera del interminable mar de asfalto gris que era la ciudad, la vida se pintaba de colores. Todo era nuevo en ese otro mundo del que apenas teníamos noticias y que se encontraba a tan solo un rato de pedaleo. Recibí una bicicleta de segunda mano a la que mi padre pintó y engrasó hasta dejar como nueva. Un día, en compañía de Lewis descubrí ese rincón y desde entonces estuvimos acudiendo allí durante muchos años a echar la caña y mantener viva la memoria, hasta que la ciudad fue devorándole terreno al campo y comenzó a ser frecuentado por parejas de enamorados, niños y otros pescadores. La gente no entendería bien que un capo mafioso y un inspector de policía compartiesen jornadas de pesca y dejamos de ir, pero hasta ese momento, Lewis y yo sabíamos que no era la pesca lo que nos traía allí.
Para saber la razón habría que remontarse a un sábado de Octubre de 1919. Se aproximaba el cumpleaños de la madre de Lewis y quería darle una sorpresa. Nos propuso a Jota Jota y a mi coger la bicicleta e irnos a algún rincón apartado del lago a ver si traíamos una perca o un lucio como regalo para su madre. Estuvimos esperando a Jota Jota durante un buen rato. Su padre era un tipo con muy malas pulgas y no nos atrevimos a llamar a su puerta para reclamarlo.
– Vámonos, Lewis. Quizá lo hayan castigado por algo – dije al fin decepcionado.
No era la primera vez que a Jota Jota lo castigaban por cualquier vaga razón. Se diría que su padre disfrutaba pegando tanto a Jota Jota como a sus dos hermanos y no era raro el día que llegaba con moratones al colegio. Eran otros tiempos y la gente callaba aunque comprendía. Sólo si a algún padre se le iba la mano más de lo considerado como normal, era denunciado públicamente por el padre Avery Thomas en el sermón del domingo. El viejo pastor era, al parecer, el único tipo en el barrio con agallas para enfrentarse al señor Johnson en estas cuestiones y ya le había advertido en una ocasión en que Jota Jota llegó con un brazo en cabestrillo cuando no tenía ni cinco años.
Nos fuimos sin él a pescar y después de una hora más o menos de camino encontramos un sitio apartado al que sólo se podía acceder aparatando maleza. Era una especie de playita pero con el nivel de la tierra medio metro por encima del agua. Lo abigarrado de la vegetación circundante y la dificultad para acceder lo hacían ideal para unos niños y, además estaríamos tranquilos. Pasamos toda la mañana esperando que picase el pez soñado, pero sólo habíamos capturado un pececillo del tamaño de una mano, hasta que se me ocurrió utilizar ese pez como cebo. Una media hora después picó un pez enorme que tiraba con fuerza de nosotros. Nos costó más de media hora y varios cortes en las manos sacarlo del río pero, finalmente la madre de Lewis tuvo su regalo de cumpleaños: una perca enorme de más de siete kilos.
Volvimos a casa henchidos de orgullo por la batalla ganada a aquel monstruo y con la ilusión de ver la cara que pondría la madre de Lewis al verlo. Pero cuando llegamos a la calle 44 nos dimos cuenta de que algo andaba mal. Al fondo, en la esquina de la 23, un revuelo de personas se agolpaban en torno a una ambulancia y dos coches de policía. Al llegar, reconocimos a algunos de nuestros amigos y sus padres. Algunas mujeres lloraban y un par de agentes se esforzaban en disolver el gentío mientras un coche fúnebre intentaba entrar marcha atrás en el callejón de la 23. Había policías de uniforme y también algún sabueso trajeado. Reconocí al inspector McEnzie que nos saludó con desgana desde cierta distancia levantando el brazo.
– Por favor, vuelvan a sus casas, dejen trabajar a los servicios públicos – repetían algunos policías a la gente.
Fue mi madre, que estaba abajo con Ornella, quien nos dio la noticia. El señor Johnson había enloquecido y había matado con una escopeta a su mujer y sus tres hijos para darse por último un tiro en la garganta. Al recibir la noticia no fui consciente de su alcance y me sumí en ese estado de catalepsia temporal inducida. No podía ser verdad, Jota Jota aparecería con alguna excusa como que se había quedado dormido. No era posible lo que oíamos y, francamente, por unos momentos pensé que eso me era ajeno pues no relacionaba lo que mi madre me había dicho con que Jota Jota hubiera muerto.
Pero era cierto, el señor Johnson no supo encajar la posibilidad de que ninguno de sus hijos fuera suyo, aunque lo que lo volvió loco, fue saber que su mujer lo había estado engañando los doce años de matrimonio y seguía enamorada de otro tipo con el que se había estado viendo todo ese tiempo. La chispa la prendió el descubrimiento fortuito de un diario y numerosas cartas que se remontaban a un par de meses antes de la boda y con las que reconstruyó la historia. Desde hacía unos meses su mujer se encontraba muy decaída y los médicos no sabían dar con la razón, así que recetaban variopintas soluciones. La verdad es que aquel tipo con el que había mantenido una segunda vida paralela, había fallecido seis meses atrás víctima del cáncer y ella no lo pudo superar, quizás porque no se lo podía contar a nadie como decía desesperada en su diario. Había pensado en suicidarse pero no lo hacía por sus hijos. El padre de Jota Jota zanjó el asunto borrando del mapa una familia entera.
Durante los días siguientes las clases fueron un funeral. No se está preparado para perder a un amigo a los diez años. Perdí a Juanita Jane un año antes, pero lo de Jota Jota era distinto porque con ella al menos conservaba una remota esperanza de volver a verla, pero él nos había dejado para siempre.
Un par de semanas después, los chicos decidimos hacerle un homenaje. Fuimos un domingo a la salida de clase a visitar su tumba. Nuestra profesora, la señorita Moore, nos había dicho que tratásemos de conservar el recuerdo de las muchas cosas buenas que pasamos con él y Lewis tuvo una idea: le llevaríamos todos una flor a la lápida y por cada flor contaríamos algo divertido que nos hubiera pasado con él.
Hubo quien recordó el día que Jota Jota capturó unas diez ranas en el lago y las soltó en clase porque sabía que eran unos bichos que repugnaban a la señorita Moore. La recordábamos entre risas subida en la silla con los pies en alto mientras gritaba que las cazáramos. Aquello le causó un castigo en clase y un ojo morado, obsequio de su padre. Pero nos quedábamos con la parte divertida de la señorita Moore y algunas niñas de clase chillando como locas.
Hubo quien recordó la vez en que Jota Jota consiguió una bicicleta desguazada que estaba abandonada. La llevó al callejón de la 23 y, entre todos la reparamos con piezas que conseguíamos o que pedíamos a nuestros padres. Con aquella bicicleta comunitaria aprendimos a montar en bici casi todos los chicos de la pandilla.
Lewis le recordó como el chico más listo de clase con los números, algo que se le resistía a él mismo. Jota Jota hacía los exámenes por él y por Lewis y le pasaba las respuestas por debajo de la mesa con lo que nunca suspendió álgebra, aunque le costará sumar a derechas.
Yo recordé el descubrimiento del solar y cómo fue él quien se empeñó en ir detrás de esa rata a organizar una cacería con ellas. Quizás sin ello no hubiéramos descubierto el túnel y ese solar que tantas tardes de diversión nos procuró…y en donde di el primer beso de mi vida.
Cada anécdota era celebrada con risas y con una flor depositada en el mármol y creo que fue el mejor homenaje que le pudimos dar.
Durante muchos años Lewis y yo, siendo ya adultos visitábamos su tumba el primer domingo de Octubre y saludábamos a nuestro viejo amigo. Le llevábamos flores y charlábamos con él como si aún estuviera con nosotros.
– ¿Qué hay Jota Jota? ¿Cómo va todo? – solíamos preguntar.
La verdad es que causa daño a los ojos la fría inscripción de la tumba de un niño y la de nuestro amigo, aún era más incomprensible.

James Johnson Hewitt
1909-1919

No rezábamos, sólo charlábamos como si aún estuviera vivo. Después, lo invitábamos a tomar unas cervezas y, de algún modo, nos íbamos los tres juntos a La taberna del ahorcado a beber hasta la noche o hasta caernos de culo. Allí nos pasábamos la tarde recordando la niñez. Por unas horas volvíamos a estar juntos los tres y, aunque las anécdotas se repetían año tras año, nos gustaba hacerlo porque aquello se convirtió en una fecha más del calendario con sus correspondientes rituales repetidos: como acción de gracias o la navidad. Así fue siempre hasta que me echaron el guante y aunque nunca tuvieron pruebas, el estado me pagó unas vacaciones en La Roca, cosa que al final agradecí, pues conocí a Meco y me reveló algo muy importante… pero eso es otra historia.

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