Cuentan que la venganza es un plato que se sirve frío, pero en el asunto que me llevó a la alcoba de Susan O’Donnell, fue más bien una carambola del destino que se sirvió caliente en un banquete exuberante y perverso practicado con gula entre la calidez de sábanas transpiradas, gemidos y cuentas pendientes.
Resulta curioso que la primera mujer con la que estuve después de lo de Marley resultase ser la única a la que, cegado por el odio, no respeté como se debe contraviniendo así lo que ella me enseñó.
Tiempo tuve después, a la luz de las consecuencias, de arrepentirme de cómo me comporté y ahora sé que ella no merecía un trato así, pero en aquellos días era un muchacho de quince años con la sangre hirviendo y el rencor latiendo en mi interior, incapaz de gobernar las dos cabezas que libraban mi batalla interior. Una, envenenada de juventud, mandaba sin pensar y la otra, a la espera de madurar, pensaba sin mandar.
Sin embargo ahora, cuando debo rendir cuentas ante Dios más pronto que tarde, cambiaría algunas cosas. La principal es el error que cometí al creer que metiéndome en la cama de O’Donnell con su mujer vengaba la muerte de mi padre. Ella, al igual que yo, éramos náufragos de nosotros mismos y de las circunstancias, pero era muy joven para saber verlo.
Además, esa victoria que yo creía tener fornicando con la mujer del tipo que mató a mi padre, no era tal si no conseguía que él supiera que su mujer se la estaba pegando con un muchacho y para eso, me faltaron huevos.
Después de aquello, tengo claro que lo mejor que me pudo pasar fue que El Patrone ordenase a Bobby Farrell y a Mike que me raptasen para llevarme al Capri. El asunto pudo acabar mucho peor para mí, pero era un inconsciente, apenas un mocoso en el cuerpo de un hombre.
La casa de los O’Donnell estaba casi en las afueras, no lejos del burdel de Marley. Por esa razón, tío Carlo se lo reservaba para sí mismo, pero en algunas ocasiones era mi padre quien pasaba a cobrar. Así fue como la conocí, aunque la viera pocas veces antes del día de la tormenta. Siempre salía a pagar el recibo semanal con ropas muy vaporosas y juguetonas. Cuando no llevaba la bata ligeramente abierta, era un botón mal abrochado el que dejaba una minúscula ventana abierta al paraíso. Fumaba en boquilla larga y soltaba el humo como si diera un beso al aire. Las veces que la vi con mi padre notaba como su figura lo agitaba y cuando fui creciendo, comprendí en el fuego sobrevenido en su presencia, por qué aquella mujer electrizaba el ambiente.
Jamás pensé que algo así podría suceder. Tan sólo formaba parte de mis solitarias fantasías al abrigo de la oscuridad de mi cuarto y éstas, a medida que fui creciendo, fueron más frecuentes. Era demasiado joven como para comprender el mundo y menos aún mi cuerpo que se transformaba sin que yo me percatase de ello. No entendía de dónde procedía esa bestia primitiva que se apoderaba de mis manos cada vez que, cerrando los ojos, la veía desnudarse para mí. Era tan ingenuo que la primera vez que manché las sábanas tuve que acudir a Ornella algo asustado y muerto de vergüenza a preguntarle si sabía qué era aquello pues temía morir por esa causa. Ella me acarició la mejilla y me tranquilizó.
– Tranquilo hermanito. Se llama semen y significa que ya vas siendo un hombre.
Ornella siempre tuvo la virtud de hablarme con una naturalidad aplastante y era lista como un demonio. Todos los cursos sacaba la mejor nota de su clase, por lo que cuando tenía una duda sobre algo, acudía a ella. Ese día fue algo natural preguntarle, cuando los fantasmas de la incertidumbre y la vergüenza me asediaban.
– ¿Y eso sale cuando eres un hombre? No pararé de manchar mis pantalones entonces – protesté aturdido.
Ornella rio con esa ternura que sólo ella era capaz de desplegar para que no me sintiera herido o burlado.
– No hermanito, eso os sale a los hombres cuando jugáis con vuestra cosita ¿Verdad que eso hacías cuando te ocurrió?
– Si – confesé escondiendo la cabeza lo más profundamente que pude en mi pecho.
– No te avergüences Luca. Es normal lo que te pasa. ¿Ningún chico de la pandilla te ha comentado que también le ha ocurrido?
– No hermanita, o soy el primero o se lo tienen callado.
– Pues no importa Luca, me tienes a mí – dijo mientras me agarraba la cabeza y con suavidad la atrajo hacía sí reposándola contra su pecho en un abrazo protector –. Cualquier duda que tengas, dímelo. Por cierto, que no te vendría mal leerte el libro del cuerpo humano que tengo en mi mesilla – añadió mientras me daba besos en la cabeza.

La historia con Susan empezó aquel día del repentino aguacero. Quise llegar montado en mi bicicleta al resguardo de su porche, pero cuando llegué, lo hice calado hasta el orgullo y aterido de frío.
Lo que comenzó como una amable invitación a secarme en la chimenea hasta que se calmara el cielo, se tornó en una dulce encerrona de la que no tenía posibilidad ni ganas de escapar. Ocurrió como en las fantasías inventadas al abrigo de una botella de whisky escatimada a algún tendero descuidado y que con tanta imaginación contábamos como si fueran ciertas en la escalera de incendios del callejón de la 23, cuando los muchachos y yo nos juntábamos al atardecer. La diferencia en aquella ocasión era que, teniendo una historia cierta que contar, no podía hacerlo por tratarse de la mujer de O’Donnell. Fui un juguete a merced de sus insinuaciones, de sus miradas y de aquellos tirantes rebeldes con tendencia a resbalar de sus hombros.
La tarde de la tormenta, mientras mis ropas se secaban tendidas frente a la chimenea, acabé sentado en un sillón cerca del fuego, desnudo y cubierto por una manta. Pero Susan tardó menos en desnudar su mente que su cuerpo y el mío respondió al estímulo elevando de forma mágica y salvaje la manta que me cubría sin necesidad de tocarla. Mi primera reacción hubiera sido la de cubrir la evidencia apoyando las manos, pero ella me disuadió con sus sinuosos movimientos de gata, sus calculados gestos cargados de erotismo, el leve silbido de sus susurros y esa mirada que se clavaba complacida en la suave colina que se erguía desafiante y convertía una manta de cuadros en una promesa tórrida. No tuve ni siquiera que excusarme. Cuando quise darme cuenta, Susan había dejado de hablar, arrodillada delante de mí, y su lengua hablaba por los dos.
Aquel primer encuentro con Susan fue tan inolvidable que ella quiso repetirlo todos los viernes por la tarde. Esperaba encontrar un niño al que desvirgar y se encontró un hombre de quince años atestado de hormonas que le entregaba el cielo con una potencia y virilidad inagotables.
Las tardes con Susan se convirtieron en una suerte de prácticas llevadas al extremo en las que yo pensé en algún momento que era el brazo ejecutor cuando no era más que el juguete de Susan. No me limitaba a yacer con ella sino que todas las perversiones que era capaz de imaginar, las ponía en práctica con la esperanza de hacerla daño, de vejarla y reducirla a la categoría de ramera que en ella creía ver. Pero nada parecía ser capaz de descarrilar aquel tren de lujuria. Y si la ataba a la cama, disfrutaba más que yo. Y si enseñaba a su caniche a participar en nuestros juegos ella disfrutaba aún más. Y si al perro le volvía loco la mermelada, a ella le enloquecía la delicadeza con la que su mascota lamía el dulce mientras mi sexo sellaba su boca en la creencia de que así la humillaba. Y si la sodomicé fue creyendo que aquello era cosa de mujerzuelas. Pero a cada perversión que yo proponía, ella iba un paso más allá y saboreaba el juego como quien degusta un delicado banquete de manjares exóticos.
A veces, cuando frustrado por no conseguir mi perverso objetivo lloraba encima de ella después de derramar mi cálida virilidad en sus entrañas, ella me consolaba sin saber muy bien por qué lo hacía y creía que lloraba de puro placer. Yo al menos eso la dije ya que no tuve el cuajo de decirle la verdad.
Aquel asunto se prolongó por espacio de unos meses. Nuestra relación se reducía al desenfreno de dos animales hambrientos que se destrozaban la carne a dentelladas sobre su muda cama. Sin embargo, a veces en las escasas treguas que nos concedíamos, me fue contando cosas de ella y de su marido.
Lo conoció cuando ellos apenas eran dos críos y él aún no se había método en líos. Era un joven apuesto, alto y delgaducho con una vivaracha mirada azul que parecía apuntar al futuro. A ella le encantaba su roja cabellera y sus miles de pecas. Era divertido, atento y elegante vistiendo y, aunque siempre fue un poco tosco en las formas pues carecía de estudios, era ese punto agreste lo que le hacía más interesante. Todo cambió años más tarde, después de la boda, cuando los cantos de sirena de O’Banion hicieron que dejase su empleo en la fábrica para pasar a ganarse la vida apretando un gatillo. Había ganado peso y aquel muchacho delgaducho se había transformado en una mole de siete pies. O’Banion vio en él a uno de los suyos: un irlandés alto y fuerte que podría pasar a ser uno de sus muchachos. Aquella vida lo cambió por completo. Encontró el placer que le proporcionaba el poder de empuñar un arma y el consuelo que se escondía en el fondo de un vaso de whisky.
Se convirtió en un borracho sin alma, algo que le convenía a O’Banion, sobre todo porque nunca fue muy listo. Susan me contó que su hombría no se levantaba desde hacía tres años cuando su mala vida se mezcló con una patada en una pelea que lo reventó por dentro. Aquel tipo duró con vida el tiempo justo que O’Donnell necesitó para recobrar el resuello. El asunto tuvo lugar en un bar controlado por los muchachos de O’Banion, así que cuando el pelirrojo irlandés pudo recomponerse aquel desgraciado estaba sujeto por dos muchachos de O’Banion. O’Donnell se acercó a él y le voló la tapa de los sesos de un disparo a bocajarro. La masa encefálica mezclada con sangre salpicó las paredes del local y a los dos tipos que lo asían. Su cadáver, metido en un saco, fue arrojado al río por un par de hombres de O’Banion, encadenado a un par de piedras grandes para que se pudriera en el fondo.
Susan era una infeliz que utilizaba su voraz apetito sexual como una vía de escape a una vida de mierda. Se pasaba sola la mayor parte del tiempo ya que su marido ocupaba su tiempo en pegar tiros y su ocio en gastarse los dólares en alcohol y putas.
Tal era su miseria que pagaba a esas mujeres el doble de lo que pedían sólo para que fueran contando lo bien que lo hacía y lo grande que lo tenía todo. La realidad, por el contrario, era muy distinta.
Sin embargo, nada de lo que Susan me contó sobre su vida consiguió separarla de la muerte de mi padre. Era demasiado joven para comprenderlo y seguí proyectando mi odio a O’Donnell en la cama de su mujer. Había algo en la mirada de Susan que irradiaba una ternura caduca que sólo fui capaz de ver mucho después a través de su recuerdo.

Con el paso del tiempo nuestra relación se convirtió en un juego de conveniencias mutuo. Yo era el joven alazán a cuyos lomos podía cabalgar toda la tarde sin descanso y ella para mí era una simple diana sobre la que disparar mi resentimiento. Ambos nos acomodamos en aquellos papeles que el destino parecía habernos dado y no creo que ninguno se hiciese preguntas respecto del otro.
Fornicábamos en solitario cada uno metido en su fantasía como marionetas gobernadas por hilos invisibles y malgastábamos la lujuria en satisfacer nuestros propios fantasmas. Convertíamos la cama en una vasta extensión de terreno yermo tan árido y pobre que sólo acertábamos a encontrar el cuerpo del otro pero no al otro.
Pasaron los meses y en mi cabeza fue tomando cuerpo la idea de, algún día, meterle un tiro en la cabeza a O’Donnell por lo que fue dejando de tener interés el joder con su esposa.
Una tarde estuvo más ausente que de costumbre. Emitía sus gritos con sordina y en nada se parecían a los alaridos de placer de todos los viernes. Sus jadeos y gemidos resultaban vacíos y carentes de la intensidad acostumbrada. Sus ojos no me devoraban sino que se limitaban a mirar el paisaje como quien mira a través de la ventanilla de un tren en marcha. Sus orgasmos parecían ser simples justificaciones lógicas a la actividad física que realizábamos y carecían del fuego y la plenitud desbordada de otras tardes. Era ella pero en una versión velada. Pensé que algo la preocupaba y fue esa desgana demostrada la que alimentó más que ningún otro día mi resentimiento consiguiendo elevar mi gozo a los cielos. Su ausencia me dio fuerzas y ese aliento me impulsó a pasar la tarde dentro de ella de modo incansable. El odio era el combustible, como si por fin estuviera jodiendo a O’Donnell en la apatía de Susan. Por fin la tenía donde quería: no era una mujer sino un simple objeto donde descargar mi odio a su marido. Ni siquiera me importaba que ella ya no lo quisiera realmente, me bastaba la certeza de que para él era una propiedad privada, una coartada que demostraba su hombría, y esa sensación de mancillar el honor de O’Donnell era la que daba gasolina a mi lujuria. Una lujuria que tan sólo era rencor y dolor por el padre perdido, pero que por vez primera me traía de regreso el dulce sabor de la venganza.
Aquella tarde, mientras terminaba de vestirme me confesó que estaba embarazada y yo recibí la noticia como un triunfo, como si de verdad me hubiera vengado en cierta manera. Mi reacción fue la de escupirle a la cara que si el niño nacía moreno, podían llamarlo como yo.
Me marché y no volví a verla en su casa nunca más. Sentía que el trabajo estaba hecho y que el regalito era para O’Donnell. Yo no tenía nada más que hacer allí. Le pedí a mi tío que cobrara él a los O’Donnell en lo sucesivo y Carlo Rossi no me hizo preguntas al respecto, pensando que me resultaba doloroso cobrar a aquella casa y por eso asumió él la tarea.
El viernes siguiente, cuando acabé de cobrar mi ruta bajé al callejón de la 23 a ver si aún quedaba algún muchacho de la pandilla con quien tomar un trago clandestino antes de cenar. La ciudad se había vestido de espectrales claroscuros y la calle 32 por donde caminaba parecía una ratonera de papel de calcar por lo que no pude percibir las sombras que me acechaban a los costados en los breves metros que me separaban de la vieja escalera de incendios del callejón de la 23. Antes de doblar la esquina, un Buick del año veintitrés me cortó el paso y dos tipos que con los años serían grandes amigos me secuestraron para llevarme al Capri en presencia de alguien a quien después querría como a un padre.
Aquella noche terminaría entrelazado a la dulce piel de Monique y comenzaría el resto de mi vida, pero eso…es otra historia.

Nota de la autora: con esta crónica concluye el segundo capítulo.

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