Hay historias que habitan para siempre dentro de ti viviendo como si fueran minúsculos arbolitos que crecen al amparo de las musas que los alimentan. Parecen dormidos, pero es una falsa sensación pues siempre están alargando y hundiendo sus raíces en tus entrañas hasta que un día te pinchan alguna víscera, como para recordarte, que el dormido eres tú. Cuando esto ocurre, sonríes o te entristeces sin motivo aparente, pues esos pellizcos al corazón del alma te traen a la memoria aquellas historias que cuentan sus viejos troncos. Sus traviesas punzadas te sorprenden mientras haces cosas que no tienen ninguna conexión con ellas. Es como si tu corazón te recordase aquello que no te conviene olvidar porque es tan tuyo como tus huesos, tus músculos o tu piel. Te asaltan por la espalda, a traición, mientras das un beso a tus hijos, duermes, coges la cuchara o arrancas tu automóvil. No hay ninguna razón para que aparezcan en ese momento, simplemente van contigo y salen caprichosas a tomar el aire cuando a ellas les apetece. Son esas historias que todos llevamos impresas en el libro de nuestra vida, cosas que no se olvidan así pasen mil años, como el primer beso, el nacimiento de tus hijos o la primera vez que estuviste con una mujer.
Ahora puedo decir que si volviera a nacer y pudiera elegir esa mujer, elegiría a Marley porque nunca un alumno pudo tener mejor profesora.

Antes de conducirme a su habitación le dijo a mi tío que cuando acabara con Jenny se fuera a casa pues yo llegaría más tarde y también que ese día, invitaba la casa.
Pasé a su habitación tras ella con el temor propio de no saber qué hacer ni por dónde empezar. Me daba vergüenza haber reaccionado tan explosivamente a la certeza de acostarme con ella. Desde la primera vez que hablamos mientras comía chocolate con galletas, la había poseído bajo mis sábanas incontables veces. Cerraba los ojos y recordaba aquella línea rotunda que sus senos dibujaban en el centro de su pecho y que parecía señalar el camino a lo más profundo de su misterio. Pero en aquellas turbadas sesiones era yo quien gobernaba mis sudorosas fantasías. Ahora estaba con ella, un paso por detrás, hipnotizado por los vaivenes de sus caderas y totalmente al descubierto pues mi incontrolado lenguaje corporal había vuelto visibles mis agitados pensamientos. Una ola de calor me subía desde el vientre hasta la cara secándome la lengua y provocando que el sudor se agolpase en mi frente.
Cuando entré tras ella en la habitación, me senté con rapidez en la cama protegiendo mi pubis con las manos. Estaba ruborizado y los ardores me asediaban desde todos los rincones de mi cuerpo.
– Sé cómo te sientes encanto pero no debes tener miedo o vergüenza. Es normal que tengas una erección – dijo sentándose a mi lado y apartando mis manos de donde las tenía dejando al descubierto el trozo de pantalón que delataba a las claras los instintos primarios que el vientre impulsaba.
Aquella acción hizo que aún se desataran con más furia los infiernos que latían en mi interior. Yo permanecí sentado en el borde de la cama. Mi cuerpo estaba en pie de guerra, pero el guerrero que lo habitaba se había rendido al miedo.
Por suerte Marley se había tomado muy en serio que aquel niño debía salir convertido en un hombre y no en un mamarracho. Fue entonces cuando me dijo que a una mujer hay que respetarla siempre, incluso cuando hayas pagado para estar con ella.
– Y respetar a una mujer es hacer de la cama un intercambio de sensaciones, deseos ardientes y gozos. Esto no es un partido de golf. No se trata de atizarle a un palo para meter en el agujero cuantas más bolas mejor para después presumir en el bar con los amigos sobre cuantos hoyos hiciste – añadió mientras comenzó a desabrocharme los pantalones dejando que sintiera un escalofrío en cada roce de sus manos.
Me miraba y sus ojos quemaban mis entrañas. A cada botón que manipulaba notaba como el demonio cautivo en mis calzoncillos pugnaba por liberarse de su encierro. Era un náufrago sumergido en el agua que luchaba desesperado por sacar la cabeza a la superficie para aspirar una bocanada de aire puro.
Con el tacto de una concubina oriental trató de disipar mis temores dejando que fluyese de modo natural el deseo. Casi sin darme cuenta por la suavidad con la que maniobraba, me vi desnudo de cintura para abajo y el testigo mudo de mi deseo se erguía impertinente mirando al cielo.
– No tienes nada que debas ocultar cariño – dijo volviendo a acariciar mi pelo –. Ahora vamos a enseñarte a utilizar eso que Dios te ha dado.
Marley se levantó para dejar que la contemplase en todo su esplendor. Era una mujer madura que podría tener la edad de mi madre. Y era guapa y morena como ella pero despertaba en mí sensaciones insospechadas ni siquiera en mis agitados sueños bajo las sábanas. En aquel momento, cada centímetro de su piel, cada curva, me despertaba unas ganas enormes de beberme cada gota que transpirase cualquiera de sus poros por más oculto y recóndito que fuera aquel ignoto rincón de su cuerpo.
Con destreza empujó las hombreras que sostenían el vestido a su armazón y dejó que este se desplomase a sus pies dejando a la vista que lo único que llevaba debajo era un corsé que le cubría del pecho a las caderas dejando unas maravillosas vistas del cálido sur, agreste, cálido y desnudo que incitaba a ser explorado.
Se sentó a mi lado y me pidió que me sentase detrás de ella rodeándola con mis piernas para que pudiera sentir pegada a sus nalgas la firmeza de mi juventud mientras mis temblorosas manos le desabrochaban el corsé.
Aquella tarde aprendí que en la cama si te olvidas del tiempo los besos son más dulces. Y que a los juegos de alcoba, como a los campos de arroz, les viene muy bien el exceso de humedad. Y aprendí que la boca sirve para algo más que para hablar. Y que tenemos lengua y manos, y dientes, y labios, y olemos, y soplamos, y susurramos, y gemimos, y jadeamos… y que cuánto peor respiremos, mejor lo estamos haciendo.
Madame Marley sabía que yo era potro joven y que a estos hay que enseñarles a galopar evitando que el exceso de sangre termine desbocando la montura. Y no había mejor amazona que ella. Sabía perfectamente cuándo sujetar las riendas y cuándo picar espuelas y en ese juego maestro del tira y afloja en la que era una consumada maestra, me llevó por caminos insospechados. No dejó de inspeccionar ningún rincón de mi cuerpo palpando, lamiendo, mordiendo, arañando y me invitó a que yo hiciera lo mismo con ella en cada centímetro de su piel y que no dejara de comprobar cada pliegue, cada vello, cada oquedad. Si alguna vez mis torpes manos, mis bruscos labios o mis duros dientes sobrepasaban esa delgada línea roja que hay entre el placer y el dolor ella tiraba de las riendas y hacía que fuera más despacio.
Me enseñó todo lo que se puede aprender en una tarde y dejó que la cálida virilidad de aquel potro joven se me escapase del vientre en varias ocasiones. Tan conmovido me sentí ante tamaña catarata de sensaciones que le confesé mis ganas de llorar de puro placer.
– Pues llora dentro de mí, que eso también lo hacen los hombres.
Y me besó en tantas partes de cuello y rostro y lo hizo con tanto mimo que creí que el paraíso no podía ser mejor que aquellas manos, aquella boca, aquellos ojos que me miraban de frente con tal sensualidad que era imposible escapar de su gravedad como un velero no puede escapar de un remolino hasta ser engullido. Y cuando me quise dar cuenta, volvíamos a ser uno.
– Ahora puedes llorar mi niño. Deja que yo te guíe.

Nos alcanzó la noche y la luna se alzaba en el horizonte para ser testigo mudo de nuestros exhaustos cuerpos. Hablamos durante un buen rato frente con frente sobre la almohada empapada.
Me contó cómo perdió a su padre siendo una niña y cómo la vida se le fue escapando de las manos sin darse cuenta.
Su madre tuvo que cargar con todo el trabajo de la granja que era el sustento familiar. Se deslomaba al sol de Arkansas sin dar abasto para atender tierras y animales. Tanto trabajaba que no tuvo tiempo de rehacer su vida, así que aceptó la primera proposición de matrimonio que le hizo el primer gañán del pueblo que se cruzó en su camino. En él vio más un par de brazos para ayudar que un compañero para compartir, pero la vida a finales del siglo XIX no era un cuento de hadas y no era el momento de andarse con remilgos. No era mal hombre, algo brusco y primitivo, pero tenía a sus hijos asilvestrados.
La granja estaba bastante aislada y cuando Marley fue creciendo se tornó salvaje como el entorno y sus hermanastros. Llegó el momento en que Marley fue una jovencita y empezó a experimentar cambios en su cuerpo y sobre todo en su mente. Empezó a hacerse preguntas y empezó a ver a los chicos de otra forma. Experimentar y explorar su cuerpo y el universo que se abría ante ella era natural, pero Marley no tuvo elección. No tenía contacto con muchachos de su misma edad. Se fijaba en alguno que le resultaba atractivo cuando los domingos acudía a misa con su familia, pero el contacto visual duraba lo que tardaba su madre en darle un pescozón mientras le conminaba a atender al cura. Así que las cosas transcurrieron del único modo que podían pasar. Kurt, el menor de sus tres hermanastros era el único de su edad, los otros dos eran mucho mayores. Fue él quien dejó embarazada a Marley con diecisiete años.
La boda fue de urgencia y en otro estado adonde huyó la pareja pues en el pueblo hubiera sido un escándalo mayúsculo. Marley y Kurt acabaron así en la cercana Dallas delante de un sacerdote que dio por buenos los papeles de dos personas con apellidos diferentes. Marley se casó con un sencillo vestido blanco y el visillo bordado de una ventana reconvertido a velo nupcial.
Aquella unión mal parida nació con la tara propia de su origen. Dos niños que sólo habían jugado brincando por campos de trigo y más duchos en cazar pájaros que en ser adultos, no tenían mucho futuro. Kurt encontró trabajo en Dallas en un almacén, pero lejos de ser el comienzo de la construcción de un hogar, el trabajo fue alejándolo de su esposa. Se rodeó mal y a la salida del trabajo se iba con malas influencias a una taberna cercana. Llegaba borracho y muy pronto comenzaron las palizas con Marley embarazada y después, cuando tuvo a la niña.
Una noche, Kurt vino más borracho que de costumbre y fue directo a por Marley que amamantaba a la niña.
– ¡Deja a la niña y cumple como una buena esposa! – le dijo mientras trataba de quitarse sus pantalones.
Marley siguió atendiendo a la pequeña y le conminó a esperar. Sabía que venía más borracho de lo habitual y tuvo miedo por el bebé, pero desde que nació la niña, no le pegaba cuando estaba con ella en brazos. Marley calculó mal pensando que esta vez iba a ser igual, pero cuando quiso darse cuenta, Kurt la había empezado a golpear. En un impulso salvaje y fatal le arrebato a la pequeña y la arrojó por los aires. Marley ni siquiera pudo ver cómo la niña se golpeaba la sien en su vuelo contra la mesa pues un puñetazo le nubló la vista. Aquella mala bestia la forzó en el mismo suelo, boca abajo, mientras Marley lloraba aturdida viendo el cuerpo de su pequeña a unos dos metros: callada, quieta, inerte…muerta.
Kurt descargó su deseo como un animal sin corazón donde nunca antes lo había hecho con su esposa y se subió los pantalones.
– Ni siquiera sabes hacerlo por ahí maldita puta – fue lo único que dijo antes de desplomarse en el sofá y quedarse dormido.
Despertó cinco minutos más tarde cuando Marley le arrojó un vaso de agua a la cara. Sobresaltado sólo pudo ver enfrente de él a su esposa. No le dio tiempo a más antes de que el fuego a quemarropa se lo llevara a los infiernos.
Marley ni siquiera negó los hechos, estaba dispuesta a morir si así lo decidía la justicia, pero le asignaron un buen abogado de oficio y contó con un jurado comprensible al que se le escaparon las lágrimas en el alegato final de la defensa.
– Era una madre violada a dos metros de su hija muerta por una alimaña que sólo merecía morir. Su hijita de seis meses yacía muerta mientras aquel malnacido la forzaba por detrás ¿Qué habría de hacer mi defendida? Si yo hubiera tenido una pistola en la mesilla, yo mismo hubiera apretado el gatillo. Dudo mucho, y que dios me perdone por lo que voy a decir, dudo mucho les decía miembros del jurado, que ni el mismo dios se lo tendrá en cuenta el día del juicio final.
Se acercó al jurado después de pronunciar estas palabras y mirándoles a los ojos les dijo.
– Seis meses….sólo tenía seis meses… ¿De verdad van a mandar a la horca a esta mujer por eso? Si es así, que dios les perdone.
Con el atenuante de enajenación mental transitoria debido al shock emocional sufrido Marley se libró de la pena de muerte. Pagó quince años de cárcel y salió convertida en una mujer distinta.
Acabó regentando un burdel por puro azar. En la cárcel aprendió mucho más de lo que se puede aprender en cien vidas. Aprendió a reconocer la maldad en los ojos de las personas, pero también aprendió a jugar al póker de la mano de una reclusa cuyo padre era jugador. Aprendió a detectar cuándo alguien hacia trampas y a hacerlas aún mejor. Se ganaba sus buenos dólares jugando en tabernas y salones y debía ser la única mujer del país que lo hacía en un mundo de hombres. Pronto se ganó merecida fama en aquellos ambientes. Aquella morena de ojos intensos que te descentrada al mirarte mientras jugabas, comenzó a ser temida y deseada. Se decía que aquel que conseguía ganar a la dama de corazones, como se la empezó a conocer, conseguía el premio añadido de conocer el calor que se escondía entre sus muslos. Por los salones de medio país corrían inciertas historias de tipos que alcanzaron a beber su dulce néctar después de jugar una partida. Marley dejaba que aquellos bulos crecieran por conveniencia propia pero no tenía el defecto de perder.
Así llegó invitada a aquella partida en Chicago que cambió el rumbo de su vida una vez más. Era una mano loca y el resto de los jugadores no iban en el envite. Sobre la mesa había diez mil dólares y un burdel. Sólo quedaban Marley y un vaquero de Texas afincado en Chicago. Era fuerte, alto y atractivo y tenía unos ojos azules en los que apetecía zambullirse.
– Poker de reyes – sonrió aquel hombre seguro de su triunfo.
Marley lo miró fijamente y comenzó a enseñar lentamente sus cartas, una a una. La vista del primer as no le hizo cambiar el gesto a aquel tipo. Fue el segundo as el que comenzó a sembrar las dudas en las sombras que proyectaban sus cejas al levantarse expectantes. Después vino un tercer as. Cuando Marley mostró su cuarta carta, el gesto tensado del vaquero se relajó: era el dos de diamantes.
– ¡Un dos! ¡A lo sumo tienes full de ases y doses! – gritó alborozado el vaquero que ya alargaba las manos para recoger el dinero.
– No se dispara sin apuntar bien vaquero – dijo Marley mientras con lentitud terminaba de descubrir su quinta carta…Un as.
Marley decidió aquella noche que se quedaría con el burdel y dejaría de jugar. Le rondaba en la cabeza que algún día alguno de esos hombres armados con los que jugaba podía ser más rápido que ella y resolver la afrenta a tiros.

Fui el único que conocí la historia que había detrás de Marley. Le pregunté a ella por qué me contaba todo aquello.
– ¿Por qué a mí Marley? Es algo muy íntimo y no debe ser fácil abrirse así.
– ¿Y por qué no cielo? Ámame una vez más – dijo rodeándome con sus brazos.
Tiempo después me confesó que aquella noche me contó su vida porque así aprendería también que una mujer no es un juguete para un rato y que hablar refuerza los afectos entre las personas.
Han pasado muchos años pero sigo conservando fresco en la memoria el recuerdo de la calidez y la ternura que derrochó aquella excepcional mujer.
La vida, finalmente nos llevaría a cada uno por un lado, pero eso…es otra historia.

Comments

  1. Qué cantidad de géneros has tocado con esta historia: metáfora, comedia, erótico, drama, western (la partida de cartas me da esa sensación)… Eres una escritora todoterreno, Luisa.

     
    1. Muchas gracias Juan. Era un capítulo difícil para mi. En cuanto a la partida de cartas, en efecto bebe del western. Mi cultura y educación cinéfila hace que me imagine las escenas como en una película y después lo traslade al papel describiéndolo. Con la partida, está claro que es la típica del viejo oeste, solo que en Chicago. Esa Marley sabía hacer trampas muy bien y quedó demostrado jejjeje. Un abrazo Juan.

       

Deja un comentario