Durante el tiempo que vivimos con los Olsen comenzamos a cultivar una costumbre que se prolongaría hasta que la vida decidió por nosotros. El día no parecía tener mejor paréntesis que un café, algo para mojar en él y un rato de conversación. Comenzó una tarde, quizá la primera que estuvimos allí. Meredith había horneado unas galletas de cebada por la mañana y a la tarde cuando Kasper Olsen y yo volvimos de pescar en el arroyo, decidió que era hora de merendarnos el dulce con un generoso puchero de café.
A diferencia de las informales conversaciones que discurrían en la sobremesa en donde se comía a la carrera pues aún había trabajo que hacer, aquellas tertulias eran más sosegadas, tenían más fondo. Al arrullo del café humeante parecía que nuestras almas se liberaban y se daban a la pausa y la tranquilidad.
Y allí, en la tranquilidad del porche de los Olsen, supimos algo de la vida de nuestros anfitriones: el momento de conocerse en aquella tienda y cómo quedaron prendidos sus corazones de un cordón invisible que los unió para siempre. A Meredith le hacía gracia el inglés rudo con aire escandinavo de Kasper, pero descubrió el encanto que tenían las mansas aguas de sus ojos azules y lo bien que le sentaban esos baños. Contaba divertida cómo ese día la esperó a la salida cuando la tienda echó el cierre. Kasper se había pasado media tarde ensayando un discurso que incluyera una invitación a tomar una limonada o a un cucurucho de alcahuetes fritos, algo que le asegurase una cita con aquella belleza de sonrisa luminosa. Tantos ensayos hizo en su cabeza que los nervios lo traicionaron a la hora de la verdad. En nada ayudó a Kasper el hecho de que Meredith no salió sola sino acompañada de su tío, algo que no había previsto en sus ensoñaciones. Se acercó con la torpeza de un pingüino funambulista y comenzó a sudar y a balbucear mientras trataba de hablar.
– Hola señorita yo…esto…no es que yo…que no, no es por eso pero…bueno es que sus limones fritos verdes…esto no…sus manzanas.
Meredith lo miraba sin poder dejar de sonreír y supo al instante que aquellos nervios incontrolados la dejaban sin defensa alguna ante alguien tan tierno.
– ¿Vendemos frutas alucinógenas Meredith? Este muchacho parece haber comido un cesto lleno – preguntó con ironía mal disimulada su tío.
Meredith reía al recordar la cara de pánfilo demudado que el pobre Kasper tenía aquella tarde. Sin embargo aquella franqueza involuntaria que se le fugaba del cuerpo en cada gesto consiguió tocar el corazón de Meredith.
– Supongo que sería el destino – intervino el señor Olsen –. El caso es que me quedé en Boston y me puse a trabajar en el puerto que era lo que mejor conocía y allí estuve hasta que dos años después nos casamos.
En aquellas tardes de café y tertulia tendíamos a hablar de nuestras vidas, al fin y al cabo nos estábamos conociendo en esos días.
– ¿Saben por qué nos esconden? – preguntó mi madre esa primera tarde.
Los Olsen nos habían acogido sin hacer preguntas demostrando una generosidad fuera de toda duda. Quizás por eso, esa primera tarde de tertulia, era un buen momento para preguntar por algunas cuestiones y puede que ello fuera lo que movió a mi madre a plantearlo.
Kasper se sonrió y bebió un sorbo de café. Nos contó que Bartali le pidió ese favor y ellos no se lo pensaron dos veces. Eran conscientes de a qué se dedicaba El Patrone y los riesgos que entrañaba el asunto, pero era un riesgo calculado pues nadie sabía de la relación de los Olsen con Beppe Bartali. Para ellos era como el sobrino querido que les suele visitar cuando puede y con el paso de los años ese cariño mutuo se había consolidado. No aprobaban los negocios del Patrone ni aquella locura de ciudad pero ellos no podían cambiar eso. El mundo se marchaba directamente a la cloaca y ellos lo único que podían hacer es dar ejemplo al mundo siendo honrados y fieles a sus principios.
– Lo único que sé del caso es que el muchacho está en plena erupción y que esa fogosidad la empleó en la cama equivocada – dijo Kasper Olsen con una cierta condescendencia masculina.
Por un instante, el silencio se hizo presente en el leve bisbiseo que producía la brisa al zigzaguear entre las columnas del porche. Creí que era el momento de contar mi historia, no por una malentendida vanidad, sino porque mis actos habían arrastrado consigo la vida normal de mi madre, mi hermana y aquella pareja de desconocidos y pensé que les debía una explicación.
Mi hermana era la única que conocía toda la verdad pero a mí me pareció más prudente pasar por alto los detalles más escabrosos. Quien escuchaba mi historia era mi madre y una pareja de ancianos. Conté cómo llegué hasta la cama de Susan y el ánimo de venganza que me movía a ello.
Cuando las pesquisas del FBI aflojaron el nudo sobre nosotros, un poco después de lo de Guido, tío Carlo le contó a mi madre la verdad sobre la muerte de mi padre, así que no temí revelar nada que al respecto no supiera mi madre.
Conté que en realidad todo empezó con una tormenta real y acabó en otra de emociones mal resueltas y cómo en el camino ambos nos empapamos de todo aquello para lo que no te prepara una madre, sino la vida misma.
Quise ahorrarles, sobre todo a mi madre, los juegos perversos a los que nos dábamos porque no era decente contarle eso a una madre y porque no me apetecía en absoluto originar una tertulia sobre aquellos juegos de cama. Así que puedo decir que mi versión de aquél asunto era la de un jovencito incapaz de negarse a esos banquetes pero que utilizaba la venganza como excusa de caer en tan dulce miel.
Mi madre se mostró razonablemente comprensiva con el hombre (mucho más de lo que yo hubiera supuesto), pero no con el hijo del que supongo esperaba un poco más de cabeza. Tiempo después me contó que en todo aquello que la recordaba que ahora yo era el hombre de la casa, ella sentía la punzada hiriente del pasado y se sumía en una tristeza repentina.
Aquellas tertulias tenían un poso tranquilo que me hizo aprender a mirar en mi interior y a reflexionar de modo tranquilo sobre cualquier cuestión y creo que sin aquel hábito adquirido hoy no hubiera sido capaz de sinceramente en estas memorias. Encontramos en la costumbre de desnudar el corazón, el placer de oírnos con respeto más allá de nuestro propio yo. Los Olsen eran buenos conversadores y junto con mi madre, que no les iba a la zaga, formaban un buen trío al que escuchar y del que aprender. Cuando Ornella o yo opinábamos de algo nunca nos trataron con la condescendencia del experimentado, sino que nos hicieron sentir que nuestro parecer era valioso, más allá de que estuviéramos de acuerdo en aquello de lo que hablábamos.
Tarde a tarde fuimos labrando una historia común en el común de nuestras historias y tarde a tarde nos supimos adaptar a la mirada del otro para tratar de ver el mundo con otra perspectiva.
Hubo un día en una de esas tertulias, en la que mi madre tomó la palabra. Había llegado el momento de contar a los Olsen (y de paso a sus hijos), nuestra peripecia para venir a América. Era un relato que creíamos conocer bien a través de los cuentos medio inventados que nos contaba mi padre para dormir, pero nunca hasta ese día habíamos oído la historia en boca de mi madre. Cuando Tonino Salerno nos contaba las historias del cuarto de la bruja y la de la pesca de la langosta, en realidad fantaseaba sobre algo que ocurrió a bordo del Nebraska pero terminaba por endulzar o inventarse la cuestión para que el relato se adaptase a los oídos de unos niños. Aquella tarde Isabella Marconi quiso contar lo que allí ocurrió en crudo, sin cocinar los elementos. Había una historia dentro del Nebraska que viajó en secreto desde aquellos lejanos días hasta esa noche en el porche de los Olsen. Una historia atravesada en la garganta de mi madre. Una de esas que te cuestan toda una vida estar preparado para contar. Supongo que Isabella lo estuvo entonces.
Empezó contando cómo el viaje empezó mal con aquel tipo del puerto cobrando el pasaje a precio de oro cuando se viajaba en las condiciones que lo hicimos. Contó muchos detalles del viaje, incluyendo los altercados con el capitán Wladimir. El primero, cuando nos negaba la ración de comida que me correspondería a mí por haber pagado un pasaje igual que el resto. Relató con precisión la determinación que la llevó a acariciar la garganta de aquél cerdo con el filo de un cuchillo y cómo el muy puerco se meó en los pantalones.
Cuando mi madre fue profundizando en el relato de los hechos, Ornella y yo nos dimos cuenta de lo engañados que habíamos estado y como mi padre, con una bondad y generosidad tremenda supo mantenernos a salvo de la verdad. Pero ahora teníamos edad de conocerla, e Isabella Marconi estaba decidida a ello.
Contó el incidente vejatorio que acaeció cuando mi madre se enfrentó al capitán y el posterior suceso cuando mi madre quiso desquitarse segándole el cuello. Nos relataba con pesar cómo había fallado en el intentó y cómo se vio golpeada primero y disparada después por Wladimir. Por suerte para todos erró los disparos y finalmente llegamos a Nueva York.
La historia nos sobrecogió a todos, pero aún quedaba algo más. Durante su relato no nos contó qué prendió la mecha de aquél enfrentamiento con Wladimir que acabó en aquel denigrante episodio de humillación y vergüenza pero hubo un punto en su historia en el que necesitó respirar hondo y afrontar toda la verdad. Hasta ese momento del relato, mi madre había omitido los detalles que concernían a los Tognazzi y ahora, la parte más importante de la historia, se incorporaba al relato. En aquel punto, hasta los grillos cesaron en su música sabedores de que lo que mi madre iba a contar necesitaba el mayor de los silencios para prestarle la debida atención.
Mi madre nos contó que en Palermo habían embarcado más pasajeros. Entre ellos, un matrimonio con dos niños que se acomodaron en la bodega al lado de nosotros. Ambos matrimonios teníamos hijos pequeños y de inmediato trabamos amistad. Mi madre comenzó a hablarnos de aquella pareja y de sus hijos.
– Uno era un bebé y había subido al barco enfermo, la otra era una niña de unos dos años. Después de unos días de travesía, el pequeño no pudo superar las fiebres y falleció. La tripulación, por orden del capitán Wladimir quiso a toda costa que aquel matrimonio les entregara el cadáver y llevárselo con la excusa de tramitar el papeleo legal. Eran momentos durísimos para aquella pareja y los malos modos con los que se emplearon los marineros con ellos ocasionaron un pequeño tumulto en las atestadas bodegas del Nebraska. Finalmente bajó el capitán con peores modales aún y valiéndose de amenazas, se llevó a cubierta a la pareja y a su hijo muerto quedándonos nosotros con la niña en tanto volvían. Fue la última vez que los vimos…
Mi madre, con los ojos llorosos miró a Ornella mientras con la voz rota por la emoción, seguía contando la historia.
– Al rato se escucharon unos disparos camuflados entre el ruido de la sala de máquinas que teníamos cercana. Nunca supimos qué y cómo pasó realmente pero nos fue muy fácil de adivinar que aquella mala bestia había disparado a los Tognazzi. Esa fue la razón por la que me enfrenté al capitán y la causa de que me manoseara delante de todo el mundo para humillarme. No hay mucho más que contar – dijo abatida mi madre –. Aquel maldito capitán asesinó a aquellas buenas personas que sólo buscaban una vida mejor para sus hijos y es de suponer que arrojaría por la borda sus cadáveres – concluyó mientras un par de lágrimas le resbalaban de sus encendidos ojos.
– Si algún día lo tengo delante juro que lo mataré, madre – dije convencido.
Mi madre iba a decir algo más pero se le quebró la voz y comenzó a llorar desconsolada. Ornella, que había comprendido su origen, la abrazó.
– Madre, no llores.
Tres palabras que eran las que mi madre necesitaba en esos momentos más que nada en el mundo. Permanecieron abrazadas unos minutos, dejando que las lágrimas lavarán su pena hasta que mi madre pudo recomponerse y poner fin a la historia.
– Se llamaban Tognazzi, Bruno y Carla Tognazzi – dijo al fin –. Tu hermano se llamaba Sandro y en cuanto a ti, no sabemos bien cómo te llamabas. Si alguna vez dijeron tu nombre, lo olvidamos. Te llamaban “Scintilla”, que en italiano significa chispa. Te pusimos Ornella que era el nombre de tu abuela. Tu madre me habló mucho de ella y por eso decidimos que te llamaríamos así. Nos pareció un buen nombre para su nieta…El nombre que se merecía mi hija – y ya no pudo hablar más y comenzó de nuevo a llorar abrazada a Ornella a la que cubría de besos desesperados en todas las partes de su rostro.
Mi madre y Ornella permanecieron abrazadas mirando al cielo estrellado durante un rato mientras se iban calmando hasta que mi madre decidió que era hora de dormir y que por ese día ya había habido emociones suficientes. Los Olsen también se retiraron dejándome a solas con Ornella, sentados uno junto al otro en silencio, tratando de procesar todo lo que nos había contado mi madre.
Ornella me agarró la mano y me dijo que quería dar un paseo. Estuvimos paseando de la mano bajo un manto de estrellas durante unos minutos sin pronunciar una palabra. En la parte trasera de la granja, más allá de los corrales se desplegaba el maizal y hacia sus altas hierbas quiso ir Ornella.
– Quiero esconderme del mundo un momento Luca – dijo.
Allí, cubiertos por su frondosidad, lejos de cualquier mirada que no fuera la de la propia luna, con nuestras manos entrelazadas tuve la sensación por un instante de que no éramos dos sino uno sólo y que el destino de uno estaba ligado al del otro.
– Abrázame fuerte Luca – dijo.
Pudieron ser unos minutos o una eternidad, nunca lo sabré, pero tenía la certeza de que en esos momentos su desazón se mitigaba con el calor de mi cuerpo pegado al suyo. Ornella no lloraba, no decía nada, sólo quería ser abrazada. Pero hubo un momento en el que el rumbo de nuestra historia cambió. Ella separó su cabeza un instante y trató de atisbar en la penumbra, la luz de mis ojos mientras yo quedé deslumbrado por su belleza salvaje. Tan cerca estaban nuestras cabezas y tanto nos habíamos querido siempre que lo que ocurrió no fue sino la consecuencia lógica de tanto amor. Algo en nuestro interior nos lo había dicho desde pequeños y quizás necesitábamos que aquel freno invisible desapareciera.
Nuestros labios se juntaron en silencio como dos gotas de agua que se funden en una al compás del coro de grillos que saludaban con su canción aquel beso. Desde el primer momento sólo nosotros supimos que aquello no iba “contra natura” sino al contrario, era la única salida lógica. Nos abrazamos y nos besamos con hambre, con nostalgia, con la premura del tiempo perdido y la pena interior de lo imposible. Sentía el calor de ella y podía notar cómo latía en su pecho la melancolía sobrevenida. Perdimos la noción del tiempo en el beso más dulce que nadie haya podido dar jamás. Nos abrazamos con fiereza como si de ese modo atrapáramos el tiempo para que se detuviera en ese instante, como si ese beso respondiera a todas las certezas que parecían habitar en nosotros desde que éramos niños. Ese beso respondía a esa pregunta que jamás nos hicimos ninguno pero que parecía gritarnos desde lo más profundo de nuestra inconsciencia que éramos algo más que hermanos, que ese cariño no podía ser ni siquiera amor, que estaba por encima de ello.
Cuando después de una eternidad separamos nuestros labios nos miramos asombrados ante lo que se nos venía por delante. Ornella había convertido su negro cabello ondulado en un mar embravecido de olas espumosas. Sus ojos brillaban en la noche más que la misma luna pero su sonrisa satisfecha inicial se tornó sombría.
– Y ahora ¿Qué?, hermanita.
– Ahora nuestra vida cambió Luca.
Y eso…si era otra historia.

Photo by Mauropm

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