Siempre he creído que las promesas se hacen para cumplirse y que no hace falta decir “lo prometo” para que la palabra dada se entienda como un compromiso. Para mí es así de simple en todos los órdenes de la vida incluso en los que, en apariencia, parecen menos importantes. Si digo que voy a ir, iré. Si digo que tomaré café contigo, da por hecho que lo haré y si te prometo la luna será así hasta que me muera. Lo que no hago es decir que voy a cocinar calabacines rellenos si malditas las ganas que tengo de rellenar los jodidos calabacines y sólo lo hago por quedar bien en ese momento. Es sencillo y creo que se entiende, por eso no termino de comprender este mundo en el que la palabra está dejando de tener un significado. Nos pasamos la vida criticando a los políticos que incumplen sus promesas electorales y luego en nuestro pequeño mundo del día a día hacemos lo mismo ¿Acaso nos creemos mejores que aquellos más expuestos al juicio público? ¿En serio?
Nosotros éramos gánsteres, asesinos, contrabandistas, todo lo que ustedes quieran, pero éramos gente de honor. Nuestra palabra valía lo que nuestra vida y ni siquiera anunciábamos que íbamos a mear si a continuación no íbamos al baño. Yo juré (o prometí), que al caso viene a ser lo mismo, que mataría al capitán Wladimir si algún día me lo cruzaba y a veces, las casualidades se producen como el amor: cuando no lo esperas y no fuiste a buscarlo.
Jackson Preston fue la primera persona que me dio noticias de él desde aquellos lejanos cafés con mi madre. De repente olvidé que había acudido a ver a Preston para saber de cierto cuadro con un arlequín pintado que ocultaba del mundo un agujero por el que podía ver el pasado.

La pizzería estaba situada en un local justo dos pisos por debajo del despacho del detective. Era un lugar acogedor con cómodos sillones enfrentados y una mesa en medio. Un lugar coqueto en donde decían los auténticos italianos que se respiraba el aire del Mediterráneo. Por lo demás, era barato, la comida excelente y la atención muy familiar. Jackson Preston era un habitual del lugar a juzgar por la familiaridad con la que lo recibieron y la soltura con la que se movía dentro.
Habíamos pedido un par de pizzas, café y helado de postre y mientras esperábamos, Preston comenzó a hablar.
Lo conoció en 1934 cuando le echaron el guante por uno de los muchos líos en los que andaba metido. Por entonces Jackson Preston ya había comenzado a escribir su novela y era habitual su presencia en numerosas diligencias que aquel zoquete picapleitos atendía. Lo acompañaba en calidad de ayudante, aunque lo único que hacía era tomar notas.
– Había algo en él que me daba miedo – observó Preston.
– ¿A qué se refiere amigo? En el año 34, Wladimir debía de tener casi los sesenta años.
– Sí, tendría esa edad más o menos, pero seguía siendo un hombre fuerte. En su rostro se podían leer los años pasados en el mar, las peleas, las borracheras y la mala vida que acumulaba. Pero no era eso lo que infundía temor: era su mirada y esa cicatriz que la enmarcaba. Había maldad en esos ojos – concluyó el detective.
Sonia, la dueña de la pizzería, nos trajo lo que habíamos pedido y mientras comíamos, Preston me fue contando la historia de Wladimir.

La vida le cambió una tarde de septiembre de 1916 cuando su barco naufragó frente a las costas de Rhode Island. Una tormenta averió el timón y el barco fue a la deriva desviándose al norte en su ruta a Nueva York.
– Verá: el tipo utilizaba las bodegas del barco para transportar desde Nápoles inmigrantes italianos que querían llegar a América – bajó un poco la voz.
– Yo vine a bordo del Nebraska siendo un bebé – atajé –. Continúe por favor.
– ¡Ah!… No lo sabía. Entonces sabrá que en aquel accidente murió gente.
Jackson Preston me fue desgranando entre bocado de pizza y sorbo de café la historia de aquel tipo. Cuando lo conoció y Wladimir se enteró que escribía un libro, lo pudo la vanidad y quiso contarle su historia. Puede que se pensara que iba a ser el protagonista absoluto cuando la realidad es que Preston utilizó muchas historias para crear un puzle en el que Wladimir termino siendo una pieza más.
La tarde del naufragio y cuando ya era inevitable la tragedia se echaron a las embravecidas aguas del Atlántico dos botes salvavidas. En ellos iban los diecinueve miembros de la tripulación y un perro. Wladimir le confesó a Preston que en aquel viaje llevaba poca gente en las bodegas. Admitió unas veinticinco personas pero con aquel tipo no se podía estar seguro. De todos modos a alguien con sus entrañas, puede que veinticinco le pareciera sólo un número y no pensara en términos de seres humanos, en cualquier caso, la simple confesión de ello demuestra la podrida piel con la que están hechos los tipos como él: gentes que lavan su conciencia salvando a un perro pero dejan morir de una forma horrible y angustiosa a las personas. Wladimir nunca fue acusado formalmente de aquellas muertes, no le di tiempo.
Un mercante que transitaba por la zona rescató a la gente de los dos botes a unas millas de Newport. La carga se hundió para siempre en las aguas del océano Atlántico y lo que vino a continuación fueron unas semanas de farragoso papeleo (seguros, licencias, cédulas de identidad, permisos etc…). Al final, los marineros fueron colocándose cada uno por su lado. Algunos, la mayoría italianos, volvieron a su país, mientras otros con menos arraigo o nada que perder, se quedaron en América.
Wladimir perdió todo en el naufragio por lo que se quedó aquí. Encontró un empleo en Rhode Island en un almacén del puerto de Bristol, pero aquella vida no era para él y pronto cambió de aires. Menudeando los trapicheos y los negocios fáciles, rápidos y, en muchas ocasiones ilegales, se encontraba en su salsa y agarró la primera ocasión que se le presentó para dar un giro a su vida.
Una noche en una taberna adónde solía acudir por las noches a emborracharse conoció a un tipo que le habló de las peleas de gallos y del dinero que se podía mover apostando en aquellos lugares. Él fue quien le introdujo en ese mundillo marginal y de medio pelo en donde se sentía como pez en el agua. Wladimir era el tipo de hombre que acepta cualquier billete sin importarle lo que hay que hacer para ganarlo así que encajó a la perfección en aquel ambiente.
El negocio era sencillo y lo tenían muy bien estudiado dos hermanos de Texas. Tenían gallos, camionetas y jaulas y con ese material iban recorriendo pueblos y ciudades como si de una atracción circense se tratara. En cada sitio al que arribaban buscaban un local para alquilar que fuera grande (un gimnasio, un almacén…) y lo rentaban por unos días. Allí montaban su gallera. Era un negocio legal, siempre y cuando fuera limpio, pero este tipo de negocios nunca lo eran.
Wladimir encajó en aquel mundo como una rata en una cloaca. Era un hombre fuerte, corpulento y con pocos o ningún escrúpulo y pronto fue ascendiendo en aquel fango hasta ser el hombre de confianza de los dueños. Se empezó a dedicar a cobrar mano por mano las apuestas que los presentes iban haciendo. En la gallera las trampas estaban a la orden del día y pronto se familiarizó con los sucios trucos de aquel teatro cruel. Bastaba con drogar a un gallo campeón y enfrentarlo a otro más débil o con poca fama. Las apuestas se multiplican a favor del campeón y aunque fuese el resultado más previsible, la casa aceptaba ofertas de tres a dos o de cuatro a tres. A veces, para cebar al personal, se aceptaban apuestas de dos contra uno. La dirección se quedaba con una pequeña comisión en calidad de emisión de apuesta y se repartía el dinero jugado. Cuando el número de apuestas llegaba al límite del dinero apostado se cerraban las apuestas. Así la casa nunca perdía. La gente no se hacía rica, en eso consistía el negocio, pero en algunas peleas de ese tipo, alguien podía arriesgar unos dólares para ganar un tercio o más de lo apostado, tomarse una copa y, con suerte, palpar algún culo de pago. Cuando la pelea marcada por la trampa estaba a punto de empezar, un “primo” apostaba a favor del gallo más débil una buena cantidad. Esa apuesta solía pagarse a precios muy por encima de lo normal ya que parecía claro que el ganador iba a ser el otro y aceptaban pagos de diez a uno o veinte a uno, a veces incluso más. Por esa razón la casa aceptaba el “regalo” del incauto. Cuando el campeón drogado caía abatido por el otro gallo se pagaba al primo con el dinero de los otros apostantes. Por supuesto que el primo no era otra cosa que parte del engranaje y así se repartían el dinero de los demás. Un timo en toda regla. Cuando los rumores y sospechas apuntaban a la gallera era hora de recoger los bártulos y trasladar el timo a otro lugar.
Pero Wladimir había nacido más para capitán que para marinero y con el tiempo y la experiencia acumulada, terminó estableciéndose por su cuenta explotando el mismo negocio varios años más. Una noche en un club de Búfalo supo por un tipo que en Chicago se organizaban peleas de perros y que en esas apuestas se movían grandes sumas de dinero. Así fue como Wladimir acabó aquí en Chicago.
El negocio era el mismo, sólo que se cambiaba gallos por perros. También era un asunto que dejaba más dinero y que no era itinerante. Quién le habló de las peleas de perros fue un hombre que resultó ser sobrino lejano de un viejo llamado Sam Houston que llevaba más de veinte años con el negocio. Rondaba ya los setenta y había criado perros de combate desde muy joven en una perrera en las afueras de Chicago. Huérfano desde niño fue criado por sus tíos y podría decirse que no había conocido más mundo que los perros. El negocio lo había heredado de sus tíos que a su vez se lo habían comprado años antes a uno tipo que criaba buenos perros de lucha y que había adaptado un viejo establo para esos menesteres.
Wladimir entró en el negocio como socio ya que el señor Houston no pasaba por sus mejores momentos. Él y su pulcro modo de llevar el negocio estaban haciendo que este decayera. Eran los felices años veinte y el lujo y el glamour todo lo invadía. La gente prefería tomar una copa en un club de jazz, bailar el charlestón, ir a las carreras de caballos, viajar en transatlántico o ir a esa nueva moda que se imponía entre todas las clases sociales: el cine.
Las peleas de perros estaban siendo arrinconadas por otras modas y otras formas de ocio y sólo atraía a gente marginal y a la que la suerte le había dado la espalda. En este escenario el viejo señor Houston llevaba las de perder y si nadie había plantado sus garras sobre él era porque se decía que era amigo personal del difunto Colosimo. El mismo Capone se dejaba ver alguna noche divirtiéndose por allí, aunque no era habitual y siempre dejó en paz al viejo con su negocio. Capone y los suyos ni ayudaban ni le ponían la zancadilla, era un negocio que no les interesaba, pero en esta ciudad en donde la confidencia al oído es el periódico más leído, se conocía que de algún modo el viejo estaba protegido por los italianos. Sam Houston nunca quiso valerse de las buenas relaciones con ellos para pedirles un dinero que necesitaba para adecentar un recinto que se caía de viejo pues no quería deudas con esa clase de gente. Pero cuando Wladimir le propuso entrar en el negocio como socio, poniendo una cantidad, el viejo Sam cansado de ver como languidecía su medio de vida, aceptó. El viejo establo se reformó, se pintaron las paredes, se puso un suelo nuevo, nuevas luces, se remodeló la fachada y se construyó una pequeña grada de cemento que dejaba ver con claridad a los asistentes el centro del cuadrilátero en donde se producían las riñas. Pero con Wladimir comenzaron las trampas y el juego sucio y se colaron en las peleas el menudeo de drogas, el alcohol y la prostitución. Sam Houston, cansado de perder dinero antaño admitió todo eso en su negocio a cambio de los dólares que ahora abundaban en caja como mosquitos en verano. El alcohol, lo proveía Capone y todos contentos. Sin embargo, la conciencia del señor Houston terminó condenándole ya que después de unos meses de bonanza económica acabó por hartarse de Wladimir por la manera en la que este llevaba el negocio y tuvo una fuerte discusión con él.
El viejo señor Houston siempre se quedaba por la noche cuando todo el mundo se había marchado a ordenar papeles, hacer caja y un montón de viejas costumbres arrastradas. Un día Wladimir, que nunca olvidaba una afrenta, dejó mal cerrada la jaula de uno de los campeones, un american staffordshire terrier con más de treinta víctimas en sus fauces: un carnicero (en palabras del tipo que se lo vendió). Esa noche Wladimir se despidió de Sam… para siempre.
La mujer de la limpieza encontró por la mañana su cuerpo desgarrado. El perro, que aún consideraba el banquete como propio, gruñó enseñando los caninos y si la mujer no anda rápida cerrando la puerta hubiera seguido el mismo destino que el viejo.

– Un momento – corté la narración del detective – ¿Dice que ese tipo vivió aquí, en Chicago?
– Sí. Tuvo que ser entre 1925 y 1930. Recuerdo que me dijo que había estado con el asunto de los perros cinco años.
– ¿Qué hizo después? ¿Dejó la ciudad?
– Espere, la historia acaba nuevamente aquí.

Después de aquello la policía cerró temporalmente el local. Ese tiempo lo empleó Wladimir en poner en orden los papeles para que todo el negocio fuera suyo por derecho. Finalmente el asunto se cerró cómo un lamentable accidente y Wladimir se quedó con todo el negocio. Los italianos de Capone andaban en otras cuitas y no prestaron ninguna atención a lo que había pasado con Sam. El negocio fue suyo hasta el año 30 más o menos. Daba buenos dividendos pero exigía una dedicación que Wladimir no estaba dispuesto a asumir y terminó vendiéndolo. Había ganado mucho dinero y podía vivir de dar algún golpe de cuando en cuando.
Una noche conoció a Clive Morris, un falsificador que frecuentaba el reñidero las noches de grandes peleas. Hacía todo tipo de trabajos. Era limpio, pulcro y de una destreza increíble y
Wladimir descubrió que timar con un título de propiedad era un negocio muy lucrativo y con pocos riesgos. Se necesitaban cuatro personas. Un buscador del tesoro, una rubia despampanante, un tipo gris y un falsificador. Wladimir localizaba el tesoro en cuestión, una propiedad fantasma. Clive falsificaba el documento y la rubia y el tipo gris se hacían pasar por un matrimonio que habían heredado una propiedad y tenían prisa por venderla. Elegían una agencia o un bufete de abogados para que fueran los intermediarios de la operación, así todo se hacía bajo un manto legal. Los abogados, más atentos al escote de la chica que a los documentos buscaban un comprador para el asunto, se formalizaba la compra, se cobraba y casa cual recibía lo suyo. Los compradores adquirían una tierra que no existía, un granja al pie de los montes Taurus (en la luna), una mina de oro agotada o una fábrica que en realidad tenía un propietario legal.
Para cuando se descubría el engaño, rubia, tipo gris, falsificador y Wladimir estaban lejos, en otro estado donde buscaban nuevas víctimas.
La vida lo trajo de nuevo a Chicago en el año 34 para vender 100 acres de tierra fértil que en realidad estaban ahogados por el lago desde 1815. El destino quiso que tratase de vendérselos a un viejo comisario de policía descendiente de los legítimos propietarios. El abuelo hizo ver que picaba el anzuelo hasta el día de la firma pero puso sobre aviso a la policía que terminó capturando a toda la banda.

– Así fue como terminé conociéndolo cuando acabó en manos de aquel picapleitos de oficio. Wladimir terminó contratando un buen abogado, pero quiso que yo le siguiera visitando para contarme su historia. Le confieso que creí que podía sacar una segunda novela con la historia de ese tipo, pero visto el éxito de la primera, desistí. Lo que le he contado es el resumen de unos treinta folios manuscritos que tengo en mi casa. Le cayeron ocho años por estafa y al salir me visitó para que le firmara el libro. De eso hace dos años y ya no sé nada más de él – concluyó Preston.
Habíamos acabado de comer y aún no me había contado nada del cuadro, así que volvimos a su despacho. Aún me quedaban cosas por descubrir ese día: la historia de un cuadro…pero eso es otra historia.

Deja un comentario