El capitán del Nebraska se llamaba Wladimir y había heredado todos los malos hábitos de sus antepasados cosacos. Pendenciero, mujeriego y jugador culminaba su colección de vicios mundanos con una desmedida afición al vodka. En las tabernas del puerto de Nápoles, se contaba que había ganado el Nebraska jugando a la ruleta rusa contra un armador albanés una noche de borrachera. Era temido, más que respetado, entre la tripulación. Pero cuando se enfrentó a mi madre comprendió por qué los cosacos nunca invadieron Nápoles.
Ella decía que cuando un napolitano da un paso al frente lo hace para no retroceder por nada y aunque no gastaba testículos, los tenía mejor puestos que muchos hombres. Por eso, el día que subió al puente de mando a reclamar tres raciones de comida y agua bien pudo ser el último de Wladimir.
Un marinero que había en la puerta, y que en principio le negó el paso, fue el primero en comprobar que Isabella Marconi no bromeaba, ya que de un empellón lo apartó. El capitán, que estaba sentado tras una mesa y que al oír el alboroto preguntó qué pasaba, tampoco tuvo mucho más tiempo para sopesar qué ocurría, cuando Isabella se había plantado delante de él con cara de pocos amigos y un niño en los brazos.
– ¿Qué diablos es todo éste jaleo? – preguntó apurando el contenido de una petaca plateada.
– Vengo a hablar con usted.
– ¿Y bien?
– Verá señor capitán, mi marido pagó tres billetes en el puerto porque, al parecer, el niño también pagaba.
– Si, ¿y cuál es el problema? – le interrumpió.
– El problema es que la vida allí abajo es difícil. Que se pasa frío de noche y mucho calor de día. El problema es que yo estoy amamantando a una criatura y en esas condiciones y comiendo tan poco temo enfermar y que se me retire la leche. Lo que le vengo a pedir, señor capitán, es que quiero que nos dé las tres raciones que nos corresponde – dijo mi madre, que hasta ese momento, quiso calmarse y tratar de razonar por las buenas con el capitán.
Pero Isabella no conocía la clase de puerco con el que se las veía. Wladimir la miró de arriba abajo deteniéndose con descaro en sus pechos, mientras buscaba a tientas otra botella en uno de los cajones del escritorio.
Comprenda el lector que me cueste hablar de mi madre como una mujer. Pero ahora, con casi toda mi vida consumida, puedo mirar a las cosas con la necesaria distancia como para abstraerme de algunas cuestiones, como la de ser su hijo al describirla.
Isabella Marconi era entonces una belleza mediterránea de veintitrés años que estaba en la flor de su lozanía. De cabellos azabaches y ojos como el carbón, carnes prietas y bien proporcionada, era el tipo de mujer que regaba la calle de suspiros a su paso. Sus senos, de natural generosos, lucirían entonces aún mayores, dado que me amamantaba a mí.
– Se detuvo a mirar mi pecho de forma descarada y nauseabunda, como un cerdo baboso – me contó en una de esas meriendas con ella que tanto añoro ahora.
– Debería de estar hablando con su marido y no con una mujer, además…no me parece a mí que con esos “depósitos” el niño vaya a pasar hambre – escupió Wladimir sonriendo.
Con una velocidad felina, Isabella sacó un cuchillo que llevaba escondido en un bolsillo y conmigo en brazos, rodeó el escritorio poniéndole la acerada hoja en el cuello. Un hilo de sangre llegó a brotar de su cuello, pues Isabella le hizo un pequeño corte superficial al presionar. Con los ojos desencajados, soltó toda su furia napolitana por la boca de un solo golpe.
– ¡Mira hijo de perra!, ¡O mañana veo que nos dan tres raciones de comida o te juro por la sangre licuada de San Jenaro que te abro en canal como a un cerdo! ¿Lo entendiste saco de mierda?
El capitán, sorprendido por la reacción de Isabella se quedó pálido y sin saber reaccionar.
Contaba Bobby Farrell que para sobrevivir en aquel Chicago, era necesario saber si quien tenías delante, era capaz de disparar la pistola con la que te apuntaba. Distinguir a un fanfarrón de alguien decidido era vital y algo de eso tuvo que ver Wladimir en los ojos de Isabella porque se cagó en los pantalones.
Mi madre me llevaba durante parte del día dentro del hueco que formaban dos manteles en aspa anudados en los hombros. Eso la permitía llevarme delante o en la espalda con las manos libres. Así se presentó al día siguiente a recoger la comida
Para comer, subíamos a cubierta. Allí hacíamos cola en la puerta del comedor de la tripulación. Cogíamos unos cuencos de metal que había a la entrada y en orden, nos acercábamos a llenarlos.
Isabella Marconi se presentó ese día conmigo a la espalda y dos cuencos en las manos frente al marinero que servía la comida. Éste miró de reojo a un oficial que había a su derecha, que sin decir palabra, asintió con un leve movimiento de su cabeza. El marinero llenó dos cuencos de estofado de carne y le dio dos botellas de agua.
No volvieron mis padres a tener más problemas por la comida durante el viaje, salvo que, aun así era escasa. Sin embargo, tantos días en alta mar en aquel cascarón mugroso dan para mucho. Aún tenía que morir alguien… pero eso es otra historia.

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