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Decía mi padre, Tonino Salerno, que el mundo sería mejor si los niños no tuvieran la mala costumbre de crecer. Argumentaba que un niño nace sin maldad y que son los adultos quienes, con buena intención pero pésimo tino, van contaminando sus corazones a medida que se hacen mayores.
Cuando mi padre nos contaba la historia del Nebraska siempre pasaba por alto todos los detalles que unos niños no debían conocer para preservar su inocencia. Gracias a eso, el viaje del Nebraska, fue para mí cómo un cuento. No fue hasta que fui mayor, cuando mi madre me fue desgranando lo que allí ocurrió. Y a pesar de saberlo ahora, siempre me quedaré con la versión de Tonino Salerno.
– ¿Queréis que os cuente la historia del Nebraska niños?
Un sí, largo y risueño salía al unísono de nuestros labios y, aunque sólo éramos dos, parecíamos un coro entero.
– Os lo contaré nuevamente si os dormís pronto – decía.
Engolaba un poco la voz para darle más dramatismo o, como él decía, – Pondré voz de contador de cuentos.

“Viajamos a América a bordo del Nebraska, un cascarón mugroso al mando de un capitán con más alcohol que sangre en las venas. Pero, a pesar de eso, fue un viaje agradable. Viajábamos en las bodegas y los niños podían jugar con todo lo que allí se transportaba. Utilizaban los sacos de trigo como improvisadas colchonetas, las cuerdas para construir columpios y el resto del barco para jugar al escondite y al pilla-pilla. Nada faltaba en ese barco. Es verdad que de día hacía algo de calor porque viajamos en agosto, pero los marineros eran muy amables y nos dejaban subir a cubierta y tomar el sol como en un transatlántico de lujo. Algunos aprovechaban y lanzaban sus cañas al agua y así conseguíamos pescar y tener una cena deliciosa. En el barco sólo nos daban rancho una vez al día porque no se podía llevar mucha comida pero teníamos peces en abundancia para la cena.
¿Os he contado que un día pesqué un montón de langostas? ¡Imaginad niños! Yo estaba en cubierta con unos amigos de Caserta y descubrimos unas cajas hechas con redes. Ninguno había visto nada parecido y preguntamos a un marinero. Nos dijo que eran nasas y que se utilizaban para pescar cangrejos y animales parecidos. Le preguntamos qué si podíamos probar y como nos dejó, pues eso hicimos. A mediodía habíamos pescado más de cien langostas y esa noche se celebró un gran banquete en las bodegas y cenamos como los reyes. Acudió incluso el capitán, un tipo con mal carácter con el que tú madre había tenido unas palabras.
Resulta que papá había pagado un pasaje por cada uno. Tú, Luca, eras un bebé y aún mamabas pero tu hermana tenía dos años y al principio no nos daban su ración de comida. Tu madre la exigió al capitán que, al principio, no quería dárnosla pero ya conocéis a mamá y, al final, le convenció para que nos la dieran.
El capitán Wladimir tenía, además de capitanear el barco, otra misión: guardaba la llave del cuarto de la bruja y por la noche la soltaba. Por eso por la noche los niños no podían salir de las bodegas y tenían que dormir, porque si la bruja los veía en cubierta, los convertía en ratones que utilizaba como sirvientes. Y lo mismo hacía con los niños que no se dormían. Por eso ahora, queridos niños, os tenéis que dormir, porque se cuenta que la bruja sale de su cuarto por las noches y vaga buscando niños que no quieren dormir para convertirlos en… ya sabéis qué. Buenas noches angelitos míos”.

Así es cómo más me gusta recordar aquel viaje: con lo que mi padre nos contaba en forma de cuento mientras nos dormíamos. Cada día se inventaba una historia. Una vez era la pesca de las langostas. Otra, que nos visitó un hada madrina. En una ocasión repelimos el abordaje de unos piratas malísimos y cuando veía que nuestros párpados comenzaban a pesarnos contaba lo de la bruja que liberaba el capitán por las noches.
Supongo que aquellos recuerdos están asociados a la parte más feliz de mi vida.
Por eso me gusta pensar en el Nebraska como el fantástico viaje que fue, en boca de mi padre. La realidad fue otra y el único milagro que ocurrió a bordo es que sólo murieran tres personas, pues las condiciones eran propicias para que el número de bajas hubiera sido mayor.
La misma mañana del 25 de agosto de 1909, cuando se divisaba la silueta de la gran manzana en el horizonte, el capitán bajó por última vez a las bodegas. El mismo aspecto desaliñado, la misma voz resacosa y el mismo desprecio por las vidas ajenas.
– Tenemos Nueva York a la vista – comenzó a hablar sin más preámbulo –. Atracaremos ésta tarde sobre las siete. Las labores del puerto cesan entonces y nos largarán una pasarela pero no descargarán hasta la mañana siguiente. Ustedes aprovecharán la noche para bajar del barco en silencio y por donde les digamos.
Mi madre se levantó y se dirigió a la salida de las bodegas ignorando las palabras del capitán.
– ¿Dónde se supone que va? Aún no he terminado.
– Tengo que ir a las letrinas – dijo sin detenerse y casi sin mirar al capitán como signo de desprecio.
– ¿Va usted sola sin escolta? Les dije cuando salimos de Nápoles que no respondo de lo que les pase si van solas al váter. Aquí hay mucho hombre suelto con ganas de hembra.
– Descuide, no he visto ninguno fuera de éstas bodegas – escupió cual veneno de serpiente mientras traspasaba la puerta dirigiendo sus pasos al pasillo que desembocaba en las letrinas.
Isabella Marconi había improvisado la jugada al ver llegar al capitán. Estaba llena de resentimiento por la vejación sufrida días antes y alguien como ella en esas circunstancias se vuelve imprevisible y temeraria. Escondió un cuchillo que se había perdido de la cocina unos días antes y aguardó en la letrina con la puerta medio abierta a ver si era suficiente cebo para Wladimir.
No se equivocó y al cabo de cinco minutos el capitán, picado en su orgullo y con ganas de dejar bien sentado quién mandaba en el barco, se dirigió a las letrinas. Al llegar, vio que la puerta estaba entreabierta y la empujó levemente mientras preguntaba en voz alta. La mala iluminación del corredor de la sala de máquinas no ayudaba a ver con claridad y las sombras alargadas se multiplicaban pintando un ambiente propicio para que alguien muriera.
– ¿Está usted ahí?
Cuando metió la cabeza para comprobar si había alguien, un brillo plateado surcó las tinieblas. Isabella marró el golpe que pretendía segarle el cuello pero le produjo un corte profundo en la frente. Wladimir empujó la puerta por completo y forcejeó con Isabella sujetando la muñeca que blandía el cuchillo. La pelea era desigual, el capitán la doblaba en peso, corpulencia y experiencia en la lucha. Le resultó fácil sujetarla, quitarle el cuchillo y propinarle un revés con la mano derribándola.
Un ardor agudo encima de los ojos lo alertaron: estaba herido. Se tocó la brecha para comprobar que manaba sangre en abundancia y que ésta comenzaba a caerle por toda la cara. Wladimir comenzó a patear en los costados a mi madre que, tendida e indefensa, luchaba ya por su vida protegiéndose la cabeza.
– ¡Te voy a matar zorra asquerosa!
La cogió por la pechera y levantó en volandas a una Isabella muy resentida por la paliza, machacada y seminconsciente. Wladimir levantó la mano libre que portaba ahora el cuchillo y se aprestó a asestarle un golpe mortal a Isabella.
– ¡Capitán, no! – gritó alguien a su espalda al tiempo que agarraba su mano para que no la matase.
Uno de los marineros lo había seguido de cerca.
– No capitán – repitió –. Ahora estamos en aguas americanas y si tiramos su cadáver al mar acabaría en una playa cercana. Podríamos tener problemas. Además, si no aparece pronto en la bodega se podrían amotinar los pasajeros.
– Voy a cargarme a ésta perra – dijo fuera de sí sintiendo la quemazón de su frente.
– ¡No Wlad! Piensa, recapacita. Matarla sólo nos traería problemas, además… en vez de eso podríamos “divertirnos” un rato con ella. No creo que a ésta furcia le importe… seguro que lo está deseando.
Una risa forzada se escapó de ambos. Wladimir sopesó las palabras de su fiel marinero y la idea de forzar a Isabella fue tomando cuerpo en su cabeza. Fueron apenas unos segundos, pero Wladimir, relamiéndose antes de tiempo, descuidó la vigilancia de Isabella aflojando la fuerza con la que la sujetaba. Ella, que se veía pérdida, sacó fuerzas de flaqueza, empujó a Wladimir y salió corriendo en dirección al otro marinero al que arrolló en un último esfuerzo, escapando en dirección a la bodega. Apenas eran treinta los metros que la separaban de aquella puerta salvadora. Allí estaría a salvo. No se atreverían con tantas personas juntas. Era su última esperanza ahora que todo había salido mal.
Un Wladimir frustrado y cegado de nuevo, sacó el revólver apuntando a la espalda de Isabella
– ¡Muere zorra!
Isabella oyó como la bala silbaba por encima de su cabeza y se estrellaba en algún rincón delante de ella rebotando varias veces en las metálicas paredes del pasillo.
– ¡No Wlad! – se volvió a oír.
Isabella, paralizada por un instante, giró instintivamente la cabeza para ver como a su espalda el marinero forcejeaba con un ofuscado capitán para que no disparara. No terminó de ver la pelea. No era cuestión de quedarse mirando y siguió corriendo hasta que se pudo meter dentro de la bodega.
Fue la última vez que vimos al capitán hasta que yo supe de él muchos años más tarde. Y nunca supimos cómo acabó aquello. Es de suponer que el marinero hizo entrar en razón al capitán o bien le pudo reducir. El caso es que las cosas se quedaron como estaban. Para desembarcar, fue un grupo de marineros los que nos organizaron.
Estábamos en América. En el puerto permanecieron el barco y su capitán y en el viaje se quedó la familia de Ornella, a quién nos llevamos del Nebraska como una más de la familia. Hubo algo más que nos trajimos del Nebraska y que mi padre se encargaba por las noches de soltar para que nos durmiéramos: la bruja del cuarto oscuro.

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