Una noticia tiene la importancia que tú le quieras dar. Bobby Farrell lo decía a menudo. Argumentaba que si se produce un terremoto en Atlanta, te interesas porque tienes amigos o familia allí, pero si el mismo terremoto ocurre en Singapur te da lo mismo porque no sabes ni dónde está.
En Abril de 1917 los muchachos vociferaban vendiendo sus periódicos.
– “¡Extra, extra, América en guerra!” – pregonaban a los cuatro vientos.
Para los chicos del barrio, la noticia de un asesinato en la calle 44 por aquellos días, tenía más interés que lo que nos llegaba del otro lado del charco. Al parecer, un tipo había sorprendido a su mujer con otro y los había matado a tiros. Ocurrió frente a La taberna del ahorcado y los chicos pasábamos el día merodeando por los alrededores por si nos enterábamos o veíamos alguna cosa. El marido había huido después del crimen y nada se sabía de él.
Para mis padres, la noticia de que los Estados Unidos se habían unido a los Aliados en la Gran Guerra, no hacía más que aumentar su preocupación que ya se había hecho palpable tres años antes con el inicio del conflicto y las cartas a mis abuelos para que se vinieran a América. Ellos los tranquilizaban y les decían que los combates se libraban al norte, en el Isonzo. En Nápoles no se sabría que Italia estaba en guerra de no ser por algunos signos externos. El ejército patrullaba las calles más como prevención que como acto de guerra, algunos productos escaseaban y otros habían multiplicado su precio y se notaba una cierta calma tensa en el ambiente. La gente se ayudaba entre sí e intercambiaban cosas. Se cambiaba harina por gallinas, leche por tela o carbón por pan. Así solventaban la escasez temporal de alguna materia prima. Pero en líneas generales, Nápoles se mantenía al margen del conflicto.
– Se avecinan malos tiempos Isabella – le dijo mi padre, periódico en mano, el día que América entró en la guerra.
Pero un día antes el señor Brody, el panadero, se había cargado a su mujer y su amante en el mismo lecho en el que retozaban. El tipo había huido y eso era más interesante para la pandilla y tenía más encanto.
La policía, que nos veía con frecuencia por allí, nos hacía preguntas por si habíamos oído o visto algo. Aquello nos gustaba, era como jugar a policías y ladrones pero con personajes reales. Ninguno de nosotros tenía que representar el papel de policía ya que ellos mismos lo hacían. Los rumores no paraban de crecer en la zona y nosotros éramos la correa de transmisión de todos ellos. Los dejábamos caer con malicia y nos divertía cuando veíamos a algún policía ofuscado porque el rumor que oyó el día anterior había resultado del todo falso. Porque es curioso que nosotros de manera inconsciente habíamos tomado partido por el fugitivo. De algún modo a esas edades subyuga ese papel y, en el fondo, nos gustaba que el tipo no apareciera. Poco importaba el doble crimen cometido, entre otras cosas porque hasta la propia policía lo justificaba: crimen pasional, decían. Recuerdo a un grueso policía vestido de uniforme comentando con un compañero con el mayor de los desahogos mientras devoraba un perrito caliente, que si hubiese pillado a su mujer jodiendo con otro hubiera hecho lo mismo. Nosotros, sentados en unas escaleras cercanas, lo oíamos y nos cargábamos de razones para estar del lado del prófugo ¿A qué niño no le gusta ser el fugitivo en un juego de niños? Así que se podría decir que ese pequeño delincuente que todos llevamos dentro de pequeños, ese gusto por la transgresión, se activó en nosotros con ese caso. Bueno, no en todos pues Lewis Archibald, tan particular en tantas cosas desde pequeño, era el único que simpatizaba más con la policía. Aquello originó una discusión en el callejón de la 23 que derivó en una pelea. No me arrepiento de ninguna de las que tuve de niño, ni siquiera de aquéllas que me procuraron un buen castigo en casa. Creo que en aquellas calles te ayudaban a crecer y, de alguna manera, te posicionaban dentro de la manada, pero sí me duelen cada uno de los puñetazos que le di a mi amigo Lewis Archibald. Yo era más fuerte y estaba más acostumbrado a pelearme. Cuando comenzó a sangrar por la nariz se acabó la pelea, me asusté y de inmediato le pedí perdón y le di mi pañuelo para que se limpiará. A los quince minutos la cosa estaba olvidada y con el armisticio firmado, me devolvió el pañuelo. Lo guardé en mi caja de hojalata para acordarme que a un amigo no se le hace daño.
Años más tarde en el Capri habríamos de recordar aquél episodio. El ya era inspector y yo manejaba los negocios de La Familia pero siempre había un momento de tregua en el fondo de un vaso bourbon.
– Si no haces bien las cosas y encuentro pruebas contra ti tendré que detenerte, lo sabes bien Luca.
– ¿Quién mejor que tú amigo? Creo que eres un buen policía desde aquel día que te di una paliza de niños. Además, eres un gran tipo y el mejor amigo que se puede pedir – le decía yo.
– Cuídate Luca – acababa diciendo al despedirse.
Con el crimen de la calle 44 y la posterior huida del asesino, llevábamos un par de semanas sin jugar en el solar abandonado. Cuando las cosas se calmaron y los sabuesos de la pasma dejaron de merodear por La taberna del ahorcado buscando pistas, volvimos una tarde a nuestro solar. Hacía meses que habíamos dejado de buscar a la esposa del anciano y ahora utilizábamos el solar y el túnel como nuestro patio de recreo particular.
Cuando llegamos a la entrada supimos que algo andaba mal: para disimular el agujero y evitar que lo viera más gente lo cubríamos con una plancha de madera. Al llegar, alguien la había retirado y el agujero estaba al descubierto. Pensamos que otros niños podrían haber descubierto la entrada y cogimos palos para echarlos de allí.
Al otro lado no había nadie. Ningún niño usurpando nuestro espacio. Ese día éramos unos diez.
– Estarán dentro del túnel, la puerta del pasadizo está visible – dije convencido –. Iremos con cuidado y en silencio ¡Seguidme! – ordené.
Al llegar a la puerta del pasadizo, alguien la había dejado abierta. Nos miramos desconfiados pues comenzaba a picarnos ese cosquilleo que gobierna las tripas del miedo.
– Esto no me gusta – comentó alguien.
– Deberíamos volver a casa – terció alguno más.
– No sé quién habrá entrado en el túnel, pero con gallinas, mejor no entrar. Iremos Jota Jota, Lewis y yo – dije reprochando el temor de los demás –. Vosotros esperad aquí por si nos pasa algo.
Los chicos asintieron dócilmente. No parecía haber muchos resueltos a investigar el misterio. Incluso pude percibir que Jota Jota y Lewis lo hacían más por lealtad al juramento de sangre, que por suficiencia de arrestos.
– Entremos en silencio – ordené.
Íbamos a oscuras, pues no sabíamos qué nos encontraríamos dentro. Cuando meses antes habíamos buscado el cadáver de la esposa de nuestro anciano ferroviario, habíamos ideado un sistema de alumbrado dentro del túnel. Utilizábamos palos a los que enrollábamos trapos viejos y los untábamos con una grasa petroleada que contenían una decena de bidones olvidados en el solar. Después, los sumergíamos en queroseno que contenían otros bidones más pequeños que encontramos en una celda dentro del pasadizo. Confeccionamos así bastantes antorchas, algunas de las cuales, aún seguían junto a los bidones. En aquella ocasión intuí que era mejor ir a oscuras. Fuimos acostumbrando nuestros ojos a la oscuridad mientras avanzábamos con cuidado por el pasadizo que conectaba el exterior al túnel. Al llegar al mismo, algo de claridad se colaba por respiraderos que no habían sido enterrados en superficie y se podía ver algo mejor.
Al fondo del túnel se oían unos golpes como si aún trabajasen en el mismo. Fuimos andando por el túnel en dirección a aquellos golpes. El túnel viraba unos treinta grados a unos cien metros delante de nosotros y los golpes se hacían más nítidos conforme avanzábamos. Al llegar a la curva, vimos un resplandor al fondo del túnel y una figura humana difusa que parecía dar golpes con algún objeto a la luz de un candil. Nos quedamos paralizados sin saber qué hacer. ¿Quién sería ese hombre? Nos preguntamos con la mirada sin decir palabra. Decidimos acercarnos más para verlo mejor.
– Shhhh. Silencio total – susurré a mis dos amigos.
Nos pegamos a la pared con la adrenalina disparada.
– Solo puede ser un vagabundo – dijo Jota Jota.
A medida que nos acercábamos, la luz proyectada por la lámpara, nos dejaba ver con más claridad al tipo. Lo que hacía era cascar nueces con un martillo encima de un bidón para comérselas. Era alto, de complexión atlética y aparentaba unos treinta años. No obstante el tipo nos daba la espalda y no podíamos ver bien su rostro.
De pronto, al avanzar pisé una rata que salió huyendo junto con otras quince o veinte que no habíamos visto emitiendo un coro estridente de chillidos. El vagabundo se dio media vuelta y alumbró con el candil al lugar de donde procedía el ruido. Nos dio el tiempo justo para tirarnos al suelo y rogar que no nos viera. Algo en ese tipo daba miedo. El hombre cogió una de nuestras antorchas y la encendió acercándose más con una pistola en la mano libre.
– ¿Quién anda ahí? – gritó.
Se fue acercando adonde, cuerpo a tierra, permanecíamos inmóviles y muertos de miedo. Jota Jota a punto estuvo de emitir un suspiro de asombro cuando reconocimos al tipo. Le tapé la boca a tiempo haciéndole una seña con el dedo en los labios para que callara.
– ¿Hay alguien ahí? – volvió a preguntar.
El tipo disparó tres o cuatro tiros contra las ratas que huían de la luz. Alguna bala rebotada nos silbó a un palmo de la cabeza.Finalmente se acercó a unos cinco metros, cogió del suelo una rata abatida por un disparo y se volvió a su bidón.
– ¡ Malditas ratas, nada más que valéis para que no me muera de hambre aquí ! – le oímos exclamar mientras daba la vuelta.
El agua se filtraba por todos los lados en ese túnel haciendo que el suelo estuviera cubierto de lodo y hubiera agua estancada en gran parte del mismo. Estábamos acostumbrados a ese olor, pero el hedor del lodo pegado a nuestra ropa era verdaderamente asqueroso.
– ¡Vayámonos! – susurré apremiando.
Volvíamos despacio hasta que pudimos estar lo suficientemente lejos como para apretar el paso y llegar a la entrada del pasadizo a la carrera.
Salimos fuera con el rostro demudado por el horror vivido (sólo teníamos entre siete y ocho años), sin aliento y embadurnados de lodo pestilente. El resto de la pandilla aguardaba fuera.
– ¡El fugitivo, es el señor Brody! – gritamos al unísono al salir.
Cuando recuperamos el resuello, les conté a los chicos lo sucedido.
– Hay que avisar a la policía – dijo alguien.
– Si, apurémonos antes de que huya – secundaron varios de la pandilla.
– ¡Silencio! Nadie va a avisar a la policía – atajé –. Si lo hacemos descubrirán éste sitio y nos quedaremos sin poder jugar en él. Además, ¿Queréis contarle a vuestros padres que lleváis meses jugando en una propiedad privada, dentro de un túnel, utilizando antorchas y buscando un esqueleto enterrado hace cuarenta años? ¿Queréis eso? Hay que pensar bien lo que vamos a hacer.
Parece que ninguno hubiera pensado en las consecuencias a juzgar por el silencio que se adueñó del ambiente. Nadie me había señalado como jefe de la pandilla, simplemente tomé las riendas porque me vi capacitado en ese momento.
Salimos del solar y sentados en las escaleras de nuestro portal comenzamos a deliberar qué hacer. Después de muchas discusiones, se me ocurrió un plan, pero había que echarle mucho valor.
– ¿Entonces, lo que propones es que no colaboremos con la justicia? – preguntó Lewis Archibald – Eso es ilegal Luca.
– Al revés amigo, si todo sale como pienso, conservaremos éste lugar, cazarán al fugitivo y seremos los héroes del barrio. Aún no os lo he contado todo.
Y era cierto. Mi plan era muy osado y más para unos niños, pero aquéllas calles te empujaban a hacerlo para no ser devorado por ellas. Había que enfrentarse al peligro… pero eso es otra historia.

Comments

Deja un comentario