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Toby, el saxofonista del Capri, solía decir que hay que elegir con cuidado la ropa que te pones a diario pues nunca sabes cuál va a ser tu último día. Por eso él, siempre iba hecho un pincel.
– Soy negro, feo y viejo pero algún día seré el cadáver más elegante de Chicago – comentaba a menudo, normalmente riendo con un vaso de bourbon en la mano.
Salí de la ducha con una toalla anudada en mi cintura. Al llegar a mi habitación, un par de trajes de mi padre me esperaban expuestos encima de mi cama, uno negro y otro ocre. Una camisa recién planchada, calcetines, un par de sombreros, zapatos relucientes y una fina corbata negra componían el resto del atuendo que Isabella me había dejado para que eligiera. Me decidí por el traje ocre. En la cama de enfrente, Ornella impaciente, esperaba que le contase las novedades sentada en su cama.
– ¿De verdad has pasado la noche con una mujer?
– ¿Qué más has oído hermanita?
Iba a vestirme cuando tronó la voz de mi madre desde la sala.
– ¡Ornella, sal del cuarto mientras se viste tu hermano!
– Mamá, dormimos en el mismo cuarto ¿lo olvidas? – protestó mi hermana que estaba como loca porque le contase mi historia.
– Porque no hay otro, pero no me gusta que os desvistáis juntos, no es decente.
Mientras mi hermana salía de la habitación a regañadientes, me pude desvestir y probarme uno de los trajes. En la sala, mi madre aún seguía su “Isabellina” particular con mi hermana, que podía escuchar debido al poco cuidado que ponía en hablar más bajo.
– Os lo he dicho mil veces. Ya no sois niños. Tú eres una mujer y tu hermano un hombre. Ya deberías saber que hay cosas en las que una mujer debe de poner cuidado, como por ejemplo estar en la misma habitación con un hombre cuando éste se viste. Eso sólo cuando Dios y la Santa Madre Iglesia te procuren un legítimo esposo.
Yo estaba dentro probando como me caía la chaqueta pero, aunque no la veía y sólo podía escucharla, juraría qué había dicho esto último persignándose y sonreí pensando en lo bien que conocía a mi madre y sus repetidos discursos. Ella mientras, continuaba.
– Y esto no lo voy a repetir más. Cuando él se desnude, tu estarás fuera y al contrario igual. ¡Eso va por ti también que sé que me oyes! – dijo alzando un poco más la voz lo que provocó que mi sonrisa se convirtiera en una risita sofocada.
Dicen que la visión de un fantasma hace enmudecer a cualquiera y algo de eso vi en los ojos de Isabella Marconi cuando salí fuera vestido. Se me quedó mirando de arriba abajo y respiró hondo antes de abrir la boca.
– Eres la viva imagen de tu padre – fue lo único que pudo decir vencida por la emoción.
– Estás muy guapo hermanito – agregó Ornella.
– Me tengo que ir madre.
– Lleva cuidado y ve con Dios.
Abajo esperaba el coche y los tres tipos con los que compartiría parte del resto de mi vida, aunque aún no lo sospechase.
No parece que celebrasen demasiado mi nuevo atuendo. Mike, que se rebeló como alguien muy supersticioso, tuvo que sospechar que el traje era de mi padre, pues a poco estuve a unos metros del Buick, comenzó a murmurar una letanía ininteligible mientras hacía todo tipo de gestos con las manos en su frente, componiendo una cruz final con sus dedos que besó para, a continuación, escupir al suelo.
– Da mala suerte ponerse el traje de un muerto – me dijo.
– No tenía otro – dije algo contrariado pues, de alguna forma yo sentía que honraba la memoria de mi padre llevándolo y aquél comentario no me gustó. Entré en el coche con el gesto cambiado por mor de las palabras de Mike. Y se me debió de notar, pues Bobby Farrell salió al paso.
– No te molestes chico, lleva razón con lo del traje. Habrá que solucionarlo. Somos de la misma altura. Prefiero que lleves uno mío. Te encargaremos un par de trajes a medida donde Pier Luigi, un marica de confianza con unas manos únicas para coser. Te llevaremos a que te tome medidas después de que hables con el jefe. Eso sí, no dejes que se emocioné tomándote medidas o terminará por medir lo que no quieras…
Las carcajadas de los tres ante el comentario de Bobby, fueron tan sonoras que terminaron por contagiarme también. Fue la primera vez que reímos juntos, la primera de muchas.
– Frank, pasa por mi casa de camino a la barbería – le indicó al conductor.
Bobby vivía en una imponente casa con garaje y un bonito jardín delante, con un césped bien cuidado y algunas flores que no supe identificar formando grupos dispersos. Mientras le acompañaba por el camino de baldosas que daba al porche de la casa decidí que quería ganar lo suficiente para comprar una casa como aquella y poder dar a mi madre y Ornella una vida mejor. Al entrar en su casa, Bobby, dio una voz llamando a su mujer.
– ¡Angie!
A los quince años es fácil quedar deslumbrado por algo y decidir qué eso lo quieres para ti mismo. Hay quien decide ser músico, jockey o dedicarse a la política. Yo decidí ser un ganador y poder vivir en una casa como aquella. Tenía un amplio recibidor, tan grande como nuestra sala de estar, un espejo enorme y un perchero del que colgaban varios sombreros, abrigos y estolas de piel. A ambos lados del vano de la puerta que daba al salón coronado por un imponente dintel de madera, había dos jarrones chinos casi tan altos como yo. A la izquierda se divisaba una cocina enorme con su mesa central, seis sillas y un suelo blanco y reluciente que invitaba a soñar con los manjares que seguramente se servían allí. A la derecha se abría el amplio salón del que partían unas escaleras hacía el primer piso en donde debían de estar los dormitorios.
De la parte de arriba asomó una negra enorme con los brazos como mis piernas, una amplia falda roja que le caía hasta los pies y una blusa blanca de manga corta. Todo ello abrazado por un delantal gris tormenta y un pañuelo verde anudado en la cabeza.
– La señora salió a ver a su madre señor Farrell. No creo que tarde.
– No importa Charlotte, vengo a por un traje para mí amigo. Prepara uno nuevo de los míos. No nos llevamos mucho en altura. Le estará bien.
Mientras Charlotte preparaba la ropa, Bobby me siguió poniendo al día de algunas cuestiones. Me actualizó a grandes rasgos en qué estado se encontraba el mapa de Chicago. Quién gobernaba qué zona y cómo se distribuían los pactos entre bandas.
Las cosas habían estado revueltas unos años antes. Cuando a todas las familias les estalló en las manos la ley seca, aquellas calles se convirtieron en una jungla. Las balas se multiplicaron día y noche y la funeraria parecía ser el negocio más próspero de Chicago. La locura se apoderó de unas calles locas ya de por sí y el único remanso de paz que parecían encontrar aquellos hombres eran un vaso de whisky o los brazos de una mujer. Aun así, a algunos les volaron la tapa de los sesos mientras tomaban una copa o fornicaban. Nada se respetaba y nadie parecía estar a salvo de morir ese día. Por eso, el cuidado con que se vestía Toby por si era su último día, parecía lo único sensato en un mundo enloquecido.
– Las cosas están mejor ahora Luca, pero no hay que descuidarse. Las nubes parecen volver, pero eso ya te lo contará el Patrone – concluyó Bobby.
– ¡Señor Farrell, el traje está listo! – dijo Charlotte a voz en grito desde arriba de la escalera cortando de raíz la charla con Bobby Farrell.
El traje, a grandes rasgos, no me quedaba mal. Algo amplio en algunas zonas ya que yo debía de pesar unos veinte kilos menos que Bobby, siendo de la misma altura. Era un traje gris ceniza con un brillo que yo no había visto en ninguno de los que mi padre tenía, que eran de colores apagados y sin esa luminosidad.
Mike pareció menos incómodo cuando me vio enfundado en él, al regresar al Buick.
– De todos modos habrá que hacer una visita a Pier Luigi, le queda un poco ancho – comentó Bobby mirando a Mike, antes de volver a entrar al coche.
A esas alturas de la mañana ya estaba deseando ver al Patrone y saber qué me tenía reservado pero aún había que hacer una visita a Floyd Newman en su barbería. Frank nos dejó en la puerta y se marchó con el Buick. Mike me contó que la oficina de Beppe Bartali estaba apenas a un minuto a pie de allí.
Estaba siendo una mañana de emociones intensas, pero lo más importante estaba por llegar. Fue Floyd quien se encargaría de terminar de retocarme para la ocasión.
– Chico, estás listo para el combate. Hemos de causar buena impresión al jefe, ¿no crees? – dijo el barbero cuando acabó conmigo.
Todo se había dispuesto para que me viese con Beppe Bartali… y tenía cosas importantes para mí, cosas que aún desconocía.

 

Comments

  1. Muchas gracias, Juan. Valoro aún más tus palabras cuando admites que el género negro no es tu favorito. En cuanto a no dejarlo, tranquilo. Di mi palabra y habrá calle 44 para rato. Aún no se ha empezado a desarrollar la historia. MI trabajo me cuesta y me absorbe mucho tiempo, sobre todo de documentación. Y no ya de hechos históricos (que también) sino de cuidar el lenguaje para que suene a “Chicago años 20”…en fin, al menos sé que está hecho con cariño.
    Por cierto, lo que es un placer…es leerte a ti.

     
    1. El trabajo de documentación está dando unos resultados excelentes. Pero es que además lo sazonas muy bien escogiendo las frases y añadiéndole pasión. Se nota ese cariño…

       
  2. Debo hacerte dos confesiones, Luisa. Una, que no me van las historias de gangsters; no es lo mío… Pero otra, que cada vez que leo una de estas Crónicas de la Calle 44, me quedo asombrado de lo magníficamente bien narradas que están y del talentazo que muestras con estas historias. Se nota que estás en tu salsa. Te felicito y te animo a que sigas adelante, que es un trabajo tremendo.

     

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